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Saturday, September 3, 2016

Un viaje en colectivo

El domingo 31 de agosto de 2014 publiqué el segundo relato que mezclaba ficción con realidad. Un viaje en un colectivo de la línea 105 y un montón de sensaciones que me acompañaron en mi recorrido. Les dejo el enlace con ese viejo relato de Archivo de autos:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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El primer relato de ficción

El domingo 24 de agosto de 2014, hace dos años, comencé a instancias de los seguidores de Archivo de autos a escribir relatos de ficción. Algunos basados en hechos reales y en otros solamente de ideas salidas de mi cabeza. Esta semana no tuve el tiempo, ni las ideas, para escribir algo nuevo que estuviera a la altura de los relatos que salen domingo por medio. Por eso me decidí a recordar el primer relato de ficción. Les dejo el enlace con esa narración:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos
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Saturday, August 20, 2016

Algo raro sucedió en la ciudad

El domingo 15 de marzo de 2015 publiqué un relato contado una rara historia en una mañana de un día cualquiera. Una historia que los atrapará hasta el final. Para aquellos que quieran leerla les dejo el enlace:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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¡No arranca!

Hacía varios días que intentábamos, con Beto, arrancar el Kaiser Carabela del año 1958 de los primeros que se fabricaron. Lo había encontrado en un garaje casi olvidado. Después de 45 años de estar sin funcionar tratábamos de ponerlo en marcha. “El Bote” como lo bautizó mi amigo Beto, mi mecánico de cabecera.



Nada de lo que habíamos hecho sirvió para arrancarlo y eso que mi amigo se da maña con los autos clásicos. Pero no había caso El Bote no quería marchar. Al menos no ese día. Ambos no lo sabíamos, como tantas cosas en la vida. Si supiéramos todo creo no nos levantaríamos por la mañana de nuestras camas.
Me levanté como todos los días a las ocho de la mañana para encarar mi día de trabajo. Por la tardecita pasaría por el taller de Beto para ver si El Bote había arrancado. Un día más en mi vida. Hasta ahí todo rutinario.

Al sentarme a desayunar por la radio dieron una noticia de un robo en un banco del microcentro porteño que me sonó conocida. ¡Qué raro, esa noticia ya la escuché! Pero rápidamente esa idea abandonó mi cabeza. Al robo no le di importancia. En el transcurso del día volvería a tener que cruzarme con la misma noticia, una y otra vez. En la noche ese robo parecería que fueron cien…

Salí de mi casa rumbo a mi trabajo en la oficina de hace años. Al caminar las cuadras que me separaban de la estación de subte. Noté algo raro. Un choque de un auto con una camioneta que me parecía conocido. Esto ya lo viví, pensé para mis adentros, pero nuevamente no le di importancia.

Cuando el subte se detuvo en la tercera estación y no arrancó. Algo dentro de mi mente me dijo que en unos instantes por los altavoces dirían que había un accidente fatal en la estación siguiente. Justo en la que me tenía que bajar. Bueno, tendría que caminar las seis cuadras que me faltaban más las cuatro que me separaban de mi oficina.

También sabía de antemano que al salir a la superficie pasaría junto a mí, cerca de la vereda, una Rambler Ambassador Cross Country como salida de una vieja publicidad. ¿Cómo sabía todo eso? ¿Lo habré soñado? No podía dilucidarlo y eso me estaba carcomiendo mi mente.

Seguí caminando disfrutando de la hermosa y templada mañana en un invierno que lentamente nos dejaba por este año. La primavera estaba a un tiro de piedra como dicen en el campo. Campo que estaría brotando por todas partes. Arrancando con el tiempo cálido y los días más largos. Arrancar esa era mi preocupación principal. Que arrancara El Bote era en ese momento de mi vida el tema crucial.

Lo demás me parecía sin mucha importancia. Estaba enamorado de ese Kaiser Carabela del año 1958. O mejor dicho apasionado. Pero más estaba mi amigo Beto que le metía mano y no lograba que el sonido de sus seis cilindros inundara su taller.

Al llegar a mi oficina, con el retraso por el accidente en el subte, me topé con mi jefe. Antes que me hablara sabía que me iba a pedir que lo acompañara a un almuerzo de trabajo. “De eso no va a salir nada en limpio”, le dije. Mi jefe me miró con sorpresa. La misma que tenía por dentro al pronunciar esas palabras sin pensarlas.

Algo dentro de mí me decía que ese almuerzo de trabajo no sería productivo en ningún aspecto. A esa altura de la mañana y solo dentro de mi oficina me puse a pensar qué estaba pasando. Eran muchas cosas que ya parecía que las había vivido de alguna forma y el almuerzo de trabajo fue la luz roja del tablero.

Había que parar y ver qué cuernos estaba pasando. Estaba en eso cuando los nudillos de Elvira, mi compañera de trabajo de la oficina lindera, golpearon la puerta. Sabía que me iba preguntar por el almuerzo de trabajo antes que abriera la boca. “No tengo idea que saldrá de esa reunión”, le dije casi en forma automática.

Ya era preocupante y no mejoró hasta la hora del almuerzo. Todo absolutamente todo me parecía que lo había vivido antes. En la comida de trabajo fue peor porque hasta me conocía los diálogos. Ajenos y propios. Necesitaba estar solo nuevamente en mi oficina para entender qué estaba pasando conmigo, o con el día.

Nada pude entender. Llegó la tardecita y enfilé para el taller de Beto. Al entrar le dije a mi amigo: “no me digas nada. No arrancó”. Este asintió con la cabeza como derrotado por El Bote. Literalmente había naufragado con ese auto sin encontrar una tabla de salvación. Y eso que le había hecho todo lo que tenía a su alcance.

“¿No será el carburador?”, le dije para sacarlo del pozo en que estaba. “Puede ser. Pero lo desarmé todo y está bien. No le falta nada”, me respondió completamente abatido. Le dije que no se preocupara, que trataría de  conseguir un carburador nuevo. Me respondió que costaría caro. Por dentro pensé que habría que afrontar el gasto.

Me fui a cenar al Bar La Amistad, que queda en el barrio del taller de Beto, ya que no tenía ganas de cocinarme. Ahí vi por la tele que había salido a la cabeza de la quiniela nacional el número 1958. Justamente el año de El Bote. ¡Qué coincidencia! Pero eso no lo recordaba. Lo que sí recordaba era el robo de la mañana en la radio. Por enésima vez en el día lo estaban difundiendo en el noticiero de la noche por la tele del bar.

Cuando regresé a la paz de mi hogar me puse a buscar en Internet el valor del dichoso carburador. Antes de encontrarlo sabía el precio. ¿Cómo podía ser? Todo el día me estuve preguntado porqué tengo la sensación de haber vivido todo lo que me sucede.

Con ese pensamiento me dormí hasta el otro día. Al despertarme sabía de antemano que la noticia repetitiva a lo largo del día sería el robo en el banco. El choque en la calle. Sabía que el subte me dejaría a una estación antes de mi descenso. La Cross Country pasaría a mi lado.  El almuerzo sería de trabajo y que una vez más El Bote no arrancaría. Todo absolutamente, todo, lo conocía de antemano. Como la cabeza de Elvira asomándose y preguntándome sobre el almuerzo que iría.

Lo que no sabía era que pasaba, pero recordaba que ya lo había vivido. En la noche cuando buscaba por Internet, una vez más el precio del carburador me acordé de algo que había visto. Unos 20 años antes una película me resultó curiosa: “Hechizo del tiempo”. Ese estancamiento en el tiempo parecía estar pasándome a mí y solo yo me estaba dando cuenta de lo que sucedía.

Ni siquiera podía contar con mi amigo de toda la vida, Beto, que no recordaba nada del día anterior. Que por supuesto era igual a este y a los que vendrían por el resto de nuestras vidas. Y lo peor de todo: El Bote que no arrancaba. Eso creo que me preocupaba más que nada en el mundo. Locura fierrera diagnosticaría mi doctora de cabecera.

Pero si pedía un turno y hablaba de este rulo en el tiempo terminaría ingresado en un hospital psiquiátrico. Y sin poder cambiar el tiempo, no solo para mí sino para el resto del mundo que me rodeaba. Que parecía estar en el más completo desconocimiento de esta rara situación.

Al cuarto día de repetir, y recordar, los mismos acontecimientos decidí modificar algo para que todo cambie. No se bien porque me desperté con una frase del Einstein en la cabeza: “es inútil pretender cambiar algo si siempre hacemos lo mismo”. O algo parecido. Pero había comprendido el mensaje de mi mente o vaya a saber de quién.

Tomé cartas en el asunto y no encendí la radio para escuchar el robo en el banco. Tampoco me tomé el subte. Saqué mi bicicleta verde que suelo usar los fines de semana. Iría al trabajo pedaleando y hasta llegaría antes de hora. Tanto que llegué temprano y esperé a mi jefe con la noticia del almuerzo de trabajo.

En la comida le hice una pregunta a mi interlocutor que lo puso en alerta y mi jefe se dio cuenta que nada bueno saldría en ese mediodía. ¡Vamos que lo tenemos pensé por adentro! No por el acuerdo comercial de mi jefe sino para cambiar algo en el rulo temporal.

El resto del día siguió como lo esperado y a la tardecita en el taller de Beto le dije que le compraría el carburador nuevo. Ya había visto uno en un sitio on line de ventas y tenía el valor, algo caro, pero tenía un as en la manga. O algo parecido. Lo invité a mi amigo a cenar en el bar del barrio. En la tele apareció nuevamente el año de El Bote a la cabeza.

“¡Mirá!”, gritó Beto al ver en la pantalla el número 1958. Yo me hice el sorprendido con una risa socarrona. Tenía la solución para mi carburador. En realidad el carburador para El Bote. Ya tenía decidido que haría en el mediodía del otro día, el quinto del rulo temporal.

En la mañana siguiente en la radio dieron la noticia del robo al banco. Para mis adentros pensé que todo estaba en orden. Al almuerzo de trabajo no fui le dije a mi jefe que tenía que ir al médico. Mentira me fui a la agencia de quiniela a jugar a la cabeza, en el sorteo nocturno de la nacional, el 1958. Sabía de antemano que ganaría. Solo jugué un peso. Si haría una trampa temporal no quería abusar.

Con 3.500 pesos tenía suficiente para comprar ese carburador nuevo que había visto en Internet para El Bote. Salí de la agencia con mi boleta y la puse a buen resguardo. Quería encontrarla en la mañana siguiente dentro de la mesita de luz. Si eso pasaba el rulo temporal habría desaparecido y tendría el dinero para comprar el carburador.

En la tardecita todo se repitió y en la noche en el Bar La Amistad el 1958 salió a la cabeza y me gané los 3.500 pesos. Mañana los cobraría y El Bote tendría un carburador nuevo. Eso siempre y cuando la boleta de la quiniela estuviera dentro del cajón de mi mesita de luz.

Un nuevo día llegó y todo fue más claro. Lo primero que hice fue abrir el cajón de la mesita de luz y buscar la boleta de la quiniela. Ahí estaba. Con el 1958 jugado a la cabeza de la nacional. Tenía la plata para comprar el nuevo carburador de El Bote. Salté de la cama y cerré la compra en Internet.

Arreglé que al mediodía lo iría a buscar. Tendría que inventar una excusa para no ir al almuerzo de trabajo. Al menos eso pensaba mientras encendía la radio para conocer la temperatura y atormentarme un poco con las noticias de la mañana. Nadie habló de un robo en un banco. Algo comenzaba a cambiar. Al menos eso deseaba en lo más profundo de mí ser.

El subte llegó a horario sin inconvenientes. Ningún accidente fatal que lamentar, como dicen en las noticias. Mi jefe entró junto conmigo al ascensor del edificio y no mencionó ningún almuerzo de trabajo. Mejor tengo el tiempo para cobrar mi premio.

Así fue, cobré el premio al mediodía y me fui a buscar el carburador para El Bote. Regresé justo a la hora para recomenzar las tareas durante la tarde. A la tardecita le di la sorpresa a Beto. Largó todo lo que estaba haciendo y se dedicó a colocarle el nuevo corazón a El Bote.

Hicimos la cuenta regresiva y le di arranque. Los seis cilindros del Continental inundaron el taller de mi amigo. Él saltaba como un endemoniado alrededor del Kaiser Carabela como si se tratara de una danza aborigen. Había arrancado luego de mucho, pero mucho tiempo. Al menos a mí me pareció más de una semana.

Nunca, pero nunca, nadie se dio cuenta de mi trampa temporal con la quiniela. Al menos hasta el momento de escribir estas líneas. Espero que no me juzguen por esta trampita que hice. Al menos logré que el rulo temporal se enderezara como si se tratara de un alisamiento definitivo para el cabello…

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

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Saturday, August 6, 2016

Un viejo relato

El domingo 9 de noviembre de 2014 publiqué un relato de ficción contando una historia de vida a bordo de un auto clásico argentino. Un emocionante relato llamado “Toda una vida”. Les dejo el enlace para que lo puedan leer:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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El auto que no murió

Aquella mañana cuando estaba escribiendo en la computadora, como todas las mañanas, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea estaba mi amigo de toda la vida, Beto. “Quiero que veas un auto que seguro te va a interesar”, me dijo. Ahí comenzó una historia que no estaba en mis planes vivir.



“No puedo tengo mucho para escribir y el tiempo me corre”, le respondí, cosa que era cierta y me pasaba todo el tiempo. Siempre estaba corriendo tras las notas diarias que se publican en mi sitio. Trabajo solo y eso es una gran carga.

“Venite esta tarde después del almuerzo y vamos a verlo”, sentenció mi amigo del otro lado del teléfono. Conozco a Beto desde la infancia, para ser exacto desde el jardín de infantes “Las Palomitas”. El primer día que me vio su pregunta fue: ¿qué auto te gusta? Como ven estamos marcados a fuego desde los 3 o 4 años. Somos incurables, apasionados por los autos. Aquellos autos de nuestra infancia.

Cuando a Beto se le cruza una idea en la cabeza no hay forma de extirpársela. Si no le decía que iba a ver el bendito auto lo tendría toda la mañana torturándome por el teléfono. En parte para sacármelo de encima y poder escribir tranquilo le dije que iría.

Luego, pensé ingenuamente, que se me ocurriría una excusa. Soy el rey de las excusas. Algún día, cuando tenga tiempo, escribiré un libro que se llamará “Mil y una excusas”. Creo que tengo más, pero con 1.001 está bien para empezar.

Corté y Beto se quedó tranquilo que pasaría a las 2 de la tarde por su casa. Iríamos juntos a ver ese auto tan especial que me contaba vía telefónica. Volví a mi escritura que estaba más que atrasada. Eran recién las 9 y media y tenía que apurarme si me decidía ir a la casa de mi amigo.

El tiempo pasó volando como si estuviera de vacaciones. El tiempo tiene unos parámetros de medición que no siempre se ajustan a nuestras necesidades. A veces pienso que las horas son de goma, por como se pueden estirar más de 60 minutos…

Almorcé algo a las apuradas porque ya el reloj marcaba la 1 y cuarto. Por suerte la casa de Beto solo queda a unos 15 minutos de caminata de mi casa. No pensaba sacar mi auto, que me lleve él si está tan interesado en que vea el dichoso auto. Comí y salí a las disparadas. Ya eran un poco más de las 2 menos cuarto.

Casi al trote llegué a la casa de Beto y toqué su timbre cuando mi reloj marcaba las 2 de la tarde. De un invierno que era invierno en mucho tiempo. Otra vez el tiempo. Siempre es un tic tac. Si no es climático, es horario. Pero siempre algo nos marca el paso. A veces pienso que estamos caminando sobre un viejo LP de vinilo negro y nunca llegamos a ninguna parte. Pero no se preocupen son ideas que se me ocurren cuando estoy algo alterado, como en esta tarde de invierno frente a la puerta de la casa de mi amigo.

“¡Llegaste puntual! ¡Como siempre!, gritó Beto con la puerta entreabierta. “Ya veo que no trajiste tu auto. Tendremos que ir en el mío”, refunfuñó mi amigo. “Es que me gusta ir en un Di Tella”, le respondí en broma. No le gusta sacarlo si no es un fin de semana. Tiene sus mañas, como todos las tenemos, pero somos hábiles escondedores.

“Esperame en la vereda que ahora lo saco del garaje”, me dijo Beto todavía algo enojado. Esperé un rato a que lo destapara, lo pusiera en marcha y templara el motor. Conocía a mi amigo desde chico, ¿se los dije, ya? Es muy bueno pero algo mañoso como caballo tuerto, como dirían en el campo.

Al rato salió con su Di Tella que está impecable como si lo hubiera traído del concesionario el día anterior. “Me parece que la pintura está un poco opaca”, le dije serio. Beto me fusiló con la mirada y me dijo: “siempre jodiendo vos”. Puso primera y nos encaminamos a conocer el bendito auto que me había dicho por la mañana.

Como siempre fuimos charlando de las pavadas que hablan dos tipos que se conocen desde el jardín de infantes. La primera: de autos. Creo que los autos nos unieron desde que nos conocimos en la tierna infancia. Con la pregunta que me hizo Beto, apenas, nos conocimos.

Después hablamos de todo lo demás incluidas las mujeres propias y ajenas. En esos menesteres estábamos cuando frena mi amigo y me dice: “llegamos”. La casa no me decía nada. Un barrio más en la ciudad y una cuadra que no tenía la menor particularidad para llamar la atención de nadie.

Estacionó el Di Tella justo enfrente de la puerta de la casa a la que nos dirigíamos. Eso porque en parte era un barrio alejado del centro, sino estacionar es una tarea titánica. Cerró su Di Tella y se encaminó a tocar el timbre. Yo detrás como perrito faldero. Ahora me tocaba ser el segundón en esto.

“Hola buenas tardes. ¿Está Don Cosme?”, le dijo a la señora mayor que se asomó por el vidrio de la puerta. “Sí, ya se lo llamo”, respondió la señora. Y se vino el grito, “¡Cosmeeee, te buscan!”. En pocos instantes se oyeron los pasos de un anciano acercándose a la puerta. “¡Pero si es Beto!”, gritó Don Cosme. Ya me daba cuenta que mi amigo tenía cierta fama con este anciano.

“Pasen, pasen”, dijo el hombre y nos introdujo en su hogar. Beto me presentó como mi amigo e interesado en su auto. Lo miré a mi amigo con un interrogante en la cara. ¿Yo interesado en el auto de Don Cosme? Ni siquiera sabía que marca de auto tenía este hombre, ni en qué estado lo podría encontrar.

Pero la vida nos da sorpresa como dice la canción de Rubén Blades. Y vaya sorpresa que me llevé esa tarde de invierno en un viejo barrio de la ciudad. En ese momento quería terminar con este asunto de la visita a la casa de este hombre. Y retornar detrás del teclado de mi computadora para concluir con mi trabajo en la nota que había dejado a medio camino.

La nota quedaría sin terminar, al menos ese día. No lo sabía en ese momento y menos me lo imaginaba. Y eso que imaginación me sobra. ¿Les dije que suelo escribir relatos de ficción para el sitio que administro? Pero una vez más la realidad me pasó por arriba. Como digo algunas veces, cualquier parecido con la ficción es pura realidad…

Don Cosme nos llevó hasta el garaje de su casa, que estaba pegado al comedor. Ahí totalmente tapado estaba la silueta de un Siam Di Tella. Para un conocedor de autos clásicos no era nada difícil deducir el auto debajo de esa tela que lo cubría.

En parte pensé que no debía estar en tan mal estado si lo tenía cubierto dentro del garaje. “Es para que no se llene de tierra”, dijo el anciano a modo de escusa. “Si sabía que venían a verlo lo destapaba temprano y lo limpiaba. Algo de tierra siempre le queda por el color”, dijo Don Cosme.

Cuando el anciano descorrió el velo que cubría el auto lo primero que vi ya me indicó que estaba delante de una verdadera maravilla. Ese trozo de pintura me dio la pauta en qué estado se encontraba ese Di Tella en ese garaje de un barrio de la ciudad.

Al terminar de descorrer esa tela no podía salir del asombro. Detrás la voz de Beto diciéndome “¿¡Y qué te dije!?”. Nada podía responderle porque todavía no me recuperaba del asombro. Estaba delante de un auto que ni siguiera parecía que lo hubieran sacado de la concesionaria.

Pero faltaban más detalles para completar el cuadro en ese garaje. Al abrir la puerta de lado del conductor un olor a tapizado nuevo inundó mis narinas y mis ojos se embelesaron con las texturas. Era como viajar 50 años atrás. Como si Don Cosme fuera un vendedor de una agencia de la marca Di Tella y estuviéramos viendo con Beto un auto que nos interesara comprar.

Esa fugaz escena en mi cabeza ha estado dándome vueltas por mucho tiempo y por eso me animé a contarles esta historia. Porque ese auto se merece una historia por cómo ese hombre, ya anciano, dedicó parte de su vida a cuidarlo para que llegara hasta el siglo XXI en ese estado. Es una joya sobre ruedas.

Luego de reponerme de la emoción de encontrarme con semejante pedazo de la historia de los autos que supimos conocer en el pasado. Le pregunté a Don Cosme si lo quería vender. A lo que el anciano me respondió que sí, pero que lo haría solo a alguien que demostrara que lo iba a cuidar como lo cuidó él desde que lo compró en el siglo pasado.

Lo miré a Beto y él que ya tenía su Di Tella conocía a personas que podían estar interesadas en adquirirlo. Por mi parte me imaginaba que Don Cosme pediría una fortuna por ese auto. Pero no fue así el precio que puso era acorde y racional. Lo que ese hombre buscaba era alguien que cuidara “su auto” más que un comprador.

Quedamos en contestarle en la semana y nos fuimos con mi amigo. No paramos de hablar del auto. No había manera de hacerlo. Era inevitable. Lo analizamos. Ambos no teníamos por nuestra cuenta el dinero para comprarlo, pero si juntábamos los ahorros de ambos llegábamos al precio.

Nos tomamos dos días para pensarlo. Y le contestamos a Don Cosme. El hombre quedó muy contento que su Di Tella, ahora, tuviera dos personas que lo cuidarían. Nuevamente los autos nos habían unidos, si es que alguna vez estuvimos separados.

“Me gusta el Di Tella”, le dije a Beto. “¿Qué me decís?”, me respondió con un interrogante en su cara, cuando ya lo habíamos acomodado en mi casa que tiene lugar de sobra. “Lo que me preguntaste cuando nos conocimos en Las Palomitas: me gusta el Di Tella”. Beto comenzó a reírse y me dio un abrazo que casi me quiebra.

Lo que puede hacer un auto clásico en una amistad, eso es pasión por los fierros viejos. Solo eso y nada más que eso. El resto es historia que hacemos los amigos fierreros y los ancianos que cuidan autos por más de 30 años…

Mauricio Uldane

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Thursday, July 28, 2016

Historias con autos

El título hace referencia a la nueva sección de la revista digital Autohistoria donde gracias al ofrecimiento de Gustavo Feder, editor de la mencionada publicación, encontrarán un relato de ficción de mi autoría en el último número, 21, de julio de 2016. Les dejo el enlace para que lo puedan leer:



También les dejo el enlace para que puedan leer todas las notas publicadas en el número 21, de julio de 2016, de la revista digital Autohistoria:


Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


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Saturday, July 23, 2016

La carrera del Bambi

Hubo, hace mucho tiempo, una carrera en la que participó un Bambi. Para ubicarnos en espacio y tiempo tendremos que volver a los primeros años de la década del ’60. El lugar fue en los bosques de Palermo en la ciudad de Buenos Aires. Ahora ubicados en el lugar y en la época podremos recorrer el camino del Bambi.


Desventuras en una casa rodante

Durante el verano de 1976 realicé mi primer viaje en casa rodante. Algo totalmente nuevo para mi familia y para mí. Mi padre aceptó el ofrecimiento de mi Tío Alberto, que le prestó una casa rodante que había construido.


Saturday, July 16, 2016

La Ruta 11

Hace muchos años la ruta provincial 11, que nos llevaba a la Costa Atlántica, era de tierra, en realidad era una ruta consolidada con conchilla que extraían de la bahía de Samboronbón.



La Bolita del Tío Pedro

El Tío Pedro se compró un Fiat 600, 0 kilómetro en el año 1970 y lo hizo en la concesionaria Pedro Rullo de Lomas de Zamora, él vivía, por entonces, en la localidad de Turdera, en la provincia de Buenos Aires.



Saturday, July 9, 2016

Hora de jugar

Había llegado la tarde y luego de hacer los deberes de la escuela primaria tenía mi tiempo libre para jugar. Era la hora indicada para imaginar mundos con cuatro ruedas sobre la mesa del comedor. Esa que era apta para todos los usos, comer, estudiar y jugar…



Primero había que preparar el terreno que se inventaba con la colcha de planchar. Servía para hacer caminos de montaña o de llanura. Ahí en esa superficie es donde los queridos Matchbox entrarían en acción en breves instantes.

Antes había elegido a los participantes del juego de la tarde. Ese camión Mercedes Benz con acoplado sería ideal para transportar las mercaderías al otro pueblo pasando la sierra gris de la colcha.

En el camino nos cruzaríamos con un Mercury Cougar que arrastraba un tráiler con dos caballos que seguro iban al campo de trote que vimos hace un par de kilómetros atrás. Antes nos había tocado bocina el ómnibus de larga distancia, ese que tiene un galgo pintado en sus laterales.

A poco de andar con el Mercedes nos encontramos con un Unimog esperando en un camino de tierra intransitable para cruzar la ruta y seguir su viaje, vaya a saber dónde. También nos saludó con la bocina y agitando las manos.

Al llegar a la vieja estación de servicio vimos como llegaba una grúa Dodge tirando un flamante BMC que seguro tuvo algún percance en la ruta de la montaña. ¡Es un trayecto difícil de recorrer! Pero no se lo ve golpeado por ningún lado.

Cuando esperábamos que llenaran el tanque de gasoil oímos un bramido en la ruta. “¿Lo vio?”, me dijo el playero. “¿Qué auto era?”, le pregunté. “Un Lamborghini Miura”, me respondió. “El otro día vino a cargar nafta. No tiene idea del motor que tiene. ¡Son 12 cilindros! ¡Una máquina infernal!”, me contó extasiado el playero.

Un joven veinteañero que hace un tiempo trabaja en la Estación Paso Tranquilo. Lo veo periódicamente por mis constantes viajes con el camión Mercedes y el acoplado cargado de bolsas de papa. Hoy son papas pero otros días llevo cebollas o zanahorias. Todos productos de la Quinta La Amistad que está a unos 10 kilómetros al sur del primer pueblo.

Esto de viajar en camión me hace ver cada cosa en el camino. Como ese nuevo BMC que algo se le rompió. En eso, alguien se acerca. Era el dueño del auto averiado y traído por la grúa Dodge. “¿Para dónde va?”, me pregunta. “Voy para el pueblo siguiente”, le respondo.

“Perfecto me puede dejar de paso en la terminal de ómnibus. Tengo que llegar a mi trabajo para la tarde”, me dice el tipo del BMC. Le digo que no hay problema que cuando termine de cargar el gasoil salimos. Le aclaro que no voy muy rápido porque llevo carga completa y que a más de 80 kilómetros por hora no viajo.

“No hay problema. Yo a gatas venía a 70 con mi auto y no podía acelerar más. Algo se rompió, pero no tengo la menor idea de lo que puede ser”, me dijo el tipo que se llamaba Horacio.

Partimos ni bien se llenó el tanque de combustible del Mercedes verde. Enfilamos para la ruta nuevamente y ahí de frente nos cruzamos con el Miura que venía a toda velocidad. “¡Este se va a matar con el auto!”, dijo en un grito Horacio.

Y me contó que lo había pasado unas cuantas veces por la ruta de la montaña con el Miura a toda velocidad. “¿No le estará haciendo un road test para alguna revista?”, le pregunté. “Es un auto nuevo y tal vez lo están testeando para publicar una nota. Leí hace poco una en la revista Automundo donde un periodista probó el prototipo del Miura.

En eso estábamos hablando cuando vimos que el Unimog aparecía nuevamente por un camino de tierra y subía a la ruta asfaltada delante de nosotros. “¡Qué camionazo!”, me dijo Horacio señalando al Unimog de color verde agua. Sí, señor flor de camión de doble tracción.

También nos pasó otro ómnibus con un galgo pintado en su lateral. “Ese es el micro que tengo que tomar”, me dijo Horacio. Apuré la marcha para no separarme mucho del ómnibus y así llegar casi juntos a la terminal. Por suerte había mucha gente esperándolo para subir y no arrancó enseguida.

Horacio se bajó a la corrida y se metió en la terminal de ómnibus para comprar su boleto y poder viajar hasta la ciudad. Yo tenía que seguir mi camino hacia el pueblo vecino a descargar mis bolsas de papa. En eso veo que la grúa Dodge de la Estación Paso Tranquilo entraba a la terminal en busca de otro auto descompuesto.

Una vez en marcha me crucé con el Mercury Cougar que volvía sin el tráiler con los caballos. Era evidente que lo había dejado en el campo de trote que está detrás de la sierra gris. Esa que forma la colcha de planchar que está sobre la mesa donde comemos todos los días. La misma mesa en que hago los deberes y después juego un rato con mis autitos Matchbox.

Esos autitos que atesoro, y cuido, por mandato paterno. Hasta las cajas de cartón están todas alineaditas dentro de una gran caja de cartón. Algún día voy a contarles a todo el mundo que tengo unos cuantos guardados desde que era chico. Algún día, cuando exista un medio electrónico, como en las películas de ciencia ficción, armaré un sitio para mostrarle al mundo mis autitos Matchbox. Pero eso será, algún día…

Mauricio Uldane

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Saturday, June 25, 2016

“¡Un pasito al fondo!”

Aquella mañana de invierno esperaba el colectivo en la parada, como todos los días. El frío se hacía sentir a la sombra y por el chiflete que corría en la calle. Parecía que el 60 estaba más demorado que de costumbre. Seguro que vendría repleto.



Ya éramos varios los que esperábamos la llegada del 60 en aquella esquina porteña. La cola era de más de cinco personas paraditas, una detrás de la otra, frente a esa parada de madera pintada de color blanco. Algún día las modernizarán pensaba para mis adentros mientras daba pataditas sobre la vereda.

Llegó el 60 y como era de esperar repleto de pasajeros. Fuimos subiendo y cada uno pidió su boleto. “¿De cuánto?”, decía el chofer mientras miraba por el espejo al único pasajero que descendió en la parada por la puerta de atrás.

“No tengo monedas. Cuando bajas me pedís el vuelto”, le dijo a un muchacho que subió adelante mío. Por suerte esa mañana tenía el valor justo del boleto. No me cagaría con el vuelto como el otro día.

Nos fuimos apretando en el pasillo. Los vidrios estaban empañados por el calor del interior y el extremo frío de la calle. Iba a ser difícil saber por dónde estábamos. Si algún pasajero no limpiaba con la mano el vidrio me iba a pasar de parada.

En la siguiente parada era mucha más gente la que esperaba para subir. No tardó en aparecer la famosa frase: “¡Un pasito al fondo que hay lugar!”, dijo el chofer mientras miraba por el espejo de arriba de él que había un hueco en el medio del pasillo.

“¿A dónde querés que nos metamos?”, gritó un muchacho que estaba en el medio del colectivo. “Se desciende por atrás”, le respondió el chofer. Desde que pusieron los colectivos con puerta atrás la gente todavía no se acostumbró a descender por ese lado.

Algunos dicen porque el colectivo arranca antes que bajen, otros por comodidad porque se sentaron cerca de la puerta delantera. No la del lado del conductor. Esa, en el hueco, suelen ir otros choferes de la línea, amigos, o la novia del chofer. Que por supuesto viajan gratis dándole charla al chofer.

Caso omiso del cartelito que prohíbe expresamente hacerlo. Como fumar por parte del chofer o escuchar la radio. Radio que esa mañana estaba sintonizada en el “Fontana Show” a un volumen alto. Para que todos los pasajeros tuviéramos la oportunidad de oír…

En ese apretuje estábamos cuando una fragancia invadió nuestras narinas. Eso era sin dudas: un pedo. Algún hijo de puta lo había soltado en medio del hacinamiento del colectivo. Las caras de todos los pasajeros manifestaban el fétido olor.

“¡Métanle nariz que se acaba rápido!”, gritó alguien del fondo y hasta el chofer se cagó de risa por la ocurrencia. Por suerte, y pese a la prohibición, de abrir las ventanillas en época invernal, algunos pasajeros dejaron renovar el enviciado aire del colectivo.

Mientras el chofer seguía repitiendo “un pasito al fondo que hay lugar”. Y alguien del fondo que decía “¿a dónde los querés meter?”. Todo parte del folclore urbano de los colectivos que ahora tienen puerta atrás y todo.

En eso el chofer comienza a parar, donde no había parada, y se arrima a la vereda. “Voy a parar a cargar gasoil”, dice mientras detenía el colectivo. Efectivamente se apeó para encarar el surtidor de YPF que estaba ubicado en la vereda. Solo el surtidor junto a la persona que lo atiende en esa plaza del barrio de Recoleta. Hasta tiene un asientito de madera y espera junto al surtidor con su guardapolvo gris y su gorra negra con visera.

Llenado el tanque reanudamos la marcha hacia nuestras ocupaciones en el centro de la ciudad. Esa que a estas horas matinales ya desborda de autos, taxis y colectivos por doquier. Un día más en la Buenos Aires de toda la vida y por donde parece que pasa todo en este bendito país.

“¡Chofer! ¡Parada!”, gritó una mujer desde la puerta de atrás. “¡Tiene que tocar antes! ¡No encima de la parada!”, le dice el chofer con un carácter de mierda. Llevando hasta la otra parada a la mujer. Y ésta la bajarse se viene caminando por la vereda hasta la puerta delantera.

“Con ese carácter te vas a quedar soltero como tu mamá”, le dice la mujer y pega media vuelta rumbo a su destino. El chofer no dice nada y arranca haciendo un gesto de que se vaya esta loca. Luego de dos cuadras grita: “¡Me dijo hijo de puta!”. El pasaje estalla en una gran carcajada. Parece que él solo no se había dado cuenta del sutil insulto de la mujer.

Cuando se fueron bajando la mayor parte de los pasajeros en el microcentro me pude sentar. Me faltaba trayecto antes de descender del colectivo. En eso subió un vendedor ambulante y comenzó a ofrecernos biromes de color azul documento. Como oferta las dos biromes venían con un anotador.

Algunos pasajeros le compraron las biromes con el anotador. Seguro que las biromes funcionarían un tiempo para luego, el comprador, darse cuenta que estaban secas de lo viejas que eran. El anotador sería el descarte de alguna imprenta. Pero el tipo se las rebuscaba para vivir. Un “busca” que le dicen.

Unas paradas antes de que me bajara subió el “chancho”. El mote que reciben los inspectores que controlan a los choferes en determinadas paradas y cuando suben, como en este caso, a picarnos los boletos. A los que tuvimos la decencia de sacarlos al subir. Otros, en el amontonamiento, viajan de colados.

Lástima que el boleto amarillo que me tocó no era capicúa, porque los colecciono. Algún día voy armar una gran carpeta con todos los boletos que tengo sacados a lo largo de mi vida. Incluso con los que me regaló mi padre del tranvía.

De ese que tengo un vago recuerdo de cuando era muy chico. De ese tiempo tengo el sonido del motor eléctrico y el característico zumbido. Muy diferente al sonido del Mercedes Benz 911 con su motor gasolero y su estruendosa bocina de aire. Claro que la municipalidad las tiene prohibidas, pero hay tantas cosas prohibidas en esta ciudad que son de uso corriente.

Al bajarme una idea surcó mi mente: el colectivo porteño es un mundo de 20 asientos. Creo que es la mejor definición para este transporte público de la ciudad de Buenos Aires en estos años que nos tocan vivir…

Mauricio Uldane

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Saturday, June 11, 2016

Llegada tarde

Aquella mañana de otoño era igual a cualquier otra de mi vida. En especial de un día laboral. Así que me encaminé para el garaje donde estaba guardado mi auto nuevo. Al accionar el control remoto pasó lo peor. En realidad no pasó nada. Nada porque la batería había dejado de prestar sus útiles servicios. Por lo cual mi auto nuevo se había convertido, de la noche a la mañana, en inservible.



Pero por suerte al lado de mi inútil auto moderno, en esa mañana otoñal, estaba ubicado, como siempre, mi amado Milqui naranja. Ese Dodge 1500 del año 1972 sería mi salvo conducto a mi trabajo. Volví a buscar las llaves del Naranjita, como había bautizado a mi Dodge, y la alegría apareció en mi mente.

Al menos sería un día diferente a bordo de mi auto clásico. ¡Vaya que fue diferente! Lo puse en marcha y lo saqué fuera del garaje. Estaba cerrando la puerta cuando veo a Marisa, mi vecina madura, que viene corriendo.

“Clara está por dar a luz”, me gritó y agregó “Federico no puede llegar porque está bloqueado del otro lado de la ciudad por un piquete de los taxistas”. Tiempos en que los señores taxistas se dedicaban a bloquear las calles protestando contra Uber. Seguro que lo vieron en las noticias.

Clara era otra de mis vecinas y Federico su pareja. Ambos estaban a punto de ser padres por primera vez. Sabemos que las madres primerizas suelen parir en cualquier momento, menos en el indicado.

Marisa es un tema aparte. Estamos tratando de tener una relación más allá de la vecindad de casas. Salimos algunas veces y hasta me acompañó al negocio del Viejo Gómez cuando necesité un repuesto para el Naranjita.

Nos tomamos un cafecito en el Bar La Amistad y ahí conocimos a otro de los parroquianos del lugar, Don Juan, que tenía un Ford Falcon inmaculado. Hasta nos llevó a su casa para que lo viéramos. Pero el local del Viejo Gómez era increíble. Lamentablemente ya falleció, pero ahora hicieron un museo en su honor. Tenemos que ir con Marisa a verlo.

“Vamos a la clínica. Las llevo a las dos. Avisale a Federico que vamos para allá”, le dije a Marisa mientras terminaba de cerrar el portón del garaje. Inmediatamente me fui para la casa de Clara que estaba al lado de la de Marisa. Llegué justo cuando salían las dos por la puerta.

Subimos a Clara en el asiento de atrás y Marisa se sentó adelante, a mi lado. Partimos a toda marcha hacia la clínica. Teníamos que llegar antes que naciera Jazmín, sí una nena, que ya todos esperábamos y en parte éramos como los tíos del barrio.

En el viaje a la clínica ni tiempo de pensar en que iba a llegar tarde al trabajo. El nacimiento de Jazmín era más importante. Lo que iban en aumento eran las contracciones más seguidas de Clara en el asiento trasero del Naranjita. Así que comencé a tocar la bocina para poder avanzar más rápido. Marisa agitaba un pañuelo blanco, qué no sé de dónde sacó, por la ventanilla de su lado.

Desde un patrullero me preguntaron cuál era la urgencia y les conté de la parturienta que llevaba en el asiento trasero. Nos abrieron camino hasta la clínica donde Clara iba a traer a este mundo a su hija. Ni bien paré Marisa salió lanzada a buscar al personal de guardia mientras yo trababa de calmar a Clara que tenía contracciones más seguidas y mucho dolor.

En menos de un minuto estaban con una camilla para trasladar a Clara. No fue posible, el trabajo de parto había comenzado y tuvieron que llamar al obstetra. Así que Jazmín nació en el asiento trasero de mi Dodge 1500. Lo que se dice una cuna fierrera. Veremos cuáles serán sus gustos de esta nueva vecinita del barrio.

Marisa se quedó con Clara y luego de saludarla con un beso me encaminé a mi trabajo. Ya estaba llegando tarde, pero todavía no había llegado y me faltaba camino por recorrer y mañana otoñal, fría, muy fría, por andar.

Arranqué y tomé la avenida para poder llegar más rápido a mi laburo. Pero al hacer dos cuadras el embotellamiento era espantoso. Esperando que los autos se movieran alguien desde una camioneta me dice: “¿Qué modelo es?”. “Es modelo 72”, le respondí. “¿Qué pasa que no se mueven los autos?”, le pregunto la tipo de la camioneta.

“Está cortado por los taxistas que protestan contra Uber”, me lanzó desde la cabina de la camioneta. Otra vez los taxistas pensé para adentro y recordando el árbol genealógico de sus ancestros. Y no en los mejores términos.

Apenas avanzábamos cuando llegamos a la primera calle donde podía girar a la derecha y me mandé. Al menos no había tránsito y podía circular. Claro que lo hice por tres cuadras. La calle estaba cortada. Y ahora qué pasa pensé.

Un tipo me hace señas que está cortado. Me acerco y le pregunto qué pasa. “Está cortada la calle porque están haciendo una filmación”, me dice el tipo que tenía un handy en la mano. Le cuento toda mi situación y el bloqueo fenomenal de la avenida.

Se comunica con alguien. Escucho una parte de la conversación pero cortada y sin sentido. “¿Qué modelo es el Dodge?”, me dice el tipo. “Del año 72”, le respondo resignado. Parece que todo el mundo está empecinado en preguntarme por el modelo esta mañana fría de otoño.

“Pasá que te van a filmar. Es una película de época y tu auto encaja perfecto para simular tránsito”, me dice el tipo mientras se acerca a correr la valla de color blanco y rojo. Lo miro incrédulo como si se tratara de una cámara oculta. Pero no lo era.

Ni bien comienzo a marchar por la cuadra veo el despliegue de los equipos de filmación con cables, tachos de luz, cámara y demás desparramados por doquier. Corriendo viene una rubia y por la ventanilla me dice: “Hola. Circulá despacio y derecho por el medio de la calle. Estamos filmando una película y tu auto nos viene como anillo al dedo”.

Le cuento mi situación y que estoy llegando tarde al trabajo. “No te preocupes son 10 minutos, no más”, me dice la rubia. “Esperame en la otra esquina cuando termines de pasar”, me agrega. Hice lo que me indicaron y parece que algo salió mal porque el director por un altoparlante me pidió que diera marcha atrás.

Otra vez a repetir la acción y el reloj que implacablemente hacía correr los minutos. En mi mente se reflejaba la cara de mi jefe ante mi llegada tarde. Mientras esperaba la orden de arrancar logré comunicarme con la oficina desde mi celular y avisar que estaba atorado en el tránsito.

Celina, la secretaría de mi jefe, que está más buena que el dulce de leche con manteca, me dijo: “No te preocupes que a todos les pasa lo mismo hoy. Están en medio de la protesta de los taxistas”. Esto me tranquilizó un poco y me puse a disfrutar de mi actuación en esta película, que no sé ni cómo se llama.

Me dieron la orden y repetí la acción. No fue la única vez. Fueron diez veces exactamente las que tuve que pasar por esa cuadra. Hasta que la escena quedó como quería el director. “Gracias al conductor del Dodge naranja. Está espectacular. Marina arreglá con el muchacho”, gritó a través del altoparlante.

Ahora es donde viene la mejor parte. Marina vino corriendo hasta la esquina, donde me dijo que la esperara, con un cheque en la mano. “Disculpá las repeticiones de la toma. El director es un hincha pelotas. Un perfeccionista de mierda. Tomá este cheque es por las molestias”, me dijo y me alcanzó el cheque con beso de despedida incluido.

Cuando desdoblo el cheque veo que la actuación del Naranjita costó 2.000 pesos a la producción de la película. “Dame tus datos por si te llegamos a necesitar en otra ocasión”, me dijo la rubia. Acto seguido me dio su tarjeta y me despidió con otro beso.

Al menos la pérdida de tiempo tuvo su recompensa y el Naranjita está en el cine. Puse primera y saludando a Marina, la rubia, me encaminé a mi trabajo. Hice dos cuadras más y doblé a la izquierda en busca de mi trabajo. Pero todavía faltaba camino, y situaciones, por recorrer.

No habré hecho más que cinco o seis cuadras cuando la calle estaba cortada nuevamente. ¿No seré yo el de la mala suerte? Esta vez un policía me hace señas que me detenga. “Buenos días. Estamos haciendo un procedimiento y necesitamos que salga de testigo”, me dice el uniformado con gesto serio.

Le explico mi llegada tarde, pero me recuerda mi deber como ciudadano a salir de testigo de un procedimiento en conjunto con Gendarmería Nacional. ¡Drogas! Es lo primero que pensé. Y acerté. La Policía Federal y Gendarmería Nacional, en conjunto, había secuestrado un camión con una tonelada de cocaína. Otra vez en la picota el Naranjita y yo. Ahora la demora fue de casi una hora. Y esta vez no me iban a dar un cheque por dos mil pesos. Las gracias y nada más. Ni siquiera un beso del oficial que me paró en la calle…

Le dije al jefe a cargo del operativo conjunto que estaba llegando tarde, tardísimo, a mi trabajo y como estaba la ciudad no iba llegar en seguida. “¡Estos taxistas de mierda que me tienen harto!”, dijo expresando un malestar acumulado por mucho tiempo. “¡González, ábrale paso a este muchacho para llegue a su trabajo y vuelva para acá!”, dijo a los gritos y ordenando al oficial mencionado. La sorpresa fue que González no era él, sino ella. Una morocha que valía varios cafés en el Bar La Amistad, claro sino estuviera en tratativas con Marisa…

“Vamos que te abro paso”, me dijo González montándose en su moto patrulla. La verdad que González de atrás estaba muy buena. Pero no me podía distraer tenía que llegar al trabajo. Ahora, tarde, más que tarde. Rogando llegar antes que mi jefe que vendría con un carácter de mierda por el puto embotellamiento de los putos taxistas.

En un pedo llegamos al trabajo. Cuando tomamos la avenida con la sirena de la moto González se abrió paso y nosotros, el Naranjita y yo, detrás. Cuando miré el velocímetro estaba clavado en 100. Volábamos por la avenida, creo que nunca anduve tan rápido por ahí.

Llegamos a la entrada de la playa de estacionamiento de mi oficina y me acerqué a agradecerle a González la escolta. “No fue nada. Está muy lindo tu Milqui. Un día me tendrías que llevar a dar una vuelta”, me dijo muy suelta de cuerpo la morocha. Espero que no me cree conflicto con Marisa…

Estacioné en la playa y me percaté que muchos compañeros de laburo todavía no habían llegado. El auto de mi jefe todavía no estaba. Un alivio me recorrió todo el cuerpo. Estacioné el Naranjita. Me encaminé a la puerta de entrada y justo se abre. ¡Sorpresa! El que salía era el director general de la empresa. Literalmente un perro de caza. No hablaba, mordía.

“¡Estamos llegando tarde!”, me dice a los gritos y con una mueca de sorna dibujada en la cara. “Sí”, atiné a responderle, lo cual era verdad. Si le contaba todo lo sucedido desde que fui a buscar mi auto al garaje, no me iba a creer. Además de ser kilométrico de explicar.

Cuando me corro para entrar al cadalso, perdón la oficina, noto un gesto de sorpresa en la cara del director general. “¿Vino en ese Dodge 1500?”, me pregunta y añade, “porque los demás autos hace rato que están estacionados”. “Si, vine en el Naranjita porque la batería de mi auto se agotó en la noche. Y no tuve más remedio que usarlo para venir a la oficina. Solo lo uso los fines de semana”, le respondí. Ahora la gran sorpresa de la mañana enquilombada de otoño: “Fue mi primer auto. Igual que el tuyo”, me dijo el tipo tuteándome. Algo se había quebrado y no era yo.

“Vamos a dar una vuelta ahora”, me dijo. Le recordé que estaba llegando tarde y que mi jefe se iba a enojar. “¿Quién es el jefe de tu jefe?”, me dijo. Entendí todo y fuimos a dar una vuelta con el Naranjita. Hasta lo vi tan entusiasmado que lo dejé que lo manejara de vuelta a la playa de estacionamiento de la oficina.

 Justo que terminamos de estacionar llegó mi jefe. Al bajar del Naranjita lo veo a que se viene directo a mí. Seguro que a increparme por mí llegada tarde. “¿Le parece que estás son horas de llegar?”, me pregunta. Por dentro le estaba haciendo la misma me pregunta, pero no se la podía formular.

“Eso mismo me pregunto yo”, le respondió el director general que en ese momento emergía del Naranjita. Empalideció en un segundo mi jefe. Comenzó a tartamudear una respuesta que nunca terminó de salir de su boca. “Su hombre me pasó a buscar porque se me rompió el auto y no conseguía un taxi porque todos están protestando contra Uber”, le dijo el director general a mi jefe.

No podía creer que el capo máximo me estaba cubriendo frente a mi jefe. A este no le quedó más remedio que agachar la cabeza y marchar hacia la puerta de entrada. No sin antes dedicarme una mirada de odio. El director general se rió a sus espaldas y me guiñó un ojo.

“Quedate tranquilo que no te va hacer nada. Yo no lo voy a dejar. En especial desde que me dejaste manejar el Naranjita”, mi cara de asombro no la pude simular frente a las palabras del director general. Me había ganado un amigo fierrero y todo por el Naranjita, hasta él, el capo máximo de la empresa, lo llamaba por su nombre familiar.

Mauricio Uldane

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