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Saturday, April 2, 2016

El Galleguito Rodríguez

La casa cuando la vimos con Marta, mi esposa, nos enamoramos de ella de inmediato. Cuando conocimos a los Pérez, sus dueños, enseguida entramos en sintonía. Lo que no entendíamos era porque la vendían a tan bajo precio. Nos dijeron que necesitaban mudarse por razones laborales. Les creímos. Yo enseguida vi que el garaje tenía lugar para dos autos, el de Marta y el clásico que pensaba comprarme. Pero lo barato tiene una razón de ser.



Compramos la casa con el dinero que teníamos ahorrado, que pensábamos, solo sería una parte del valor. Con lo cual no tuvimos que financiar nada. Estábamos libres de deudas, que en los tiempos que corren no es poco decir. Para mí la casa nueva era ideal. No solo porque era vieja, cómoda y linda. Sino que tenía espacio para mi escritorio donde escribía las notas para mi sitio de autos viejos. Eso que comenzó como un entretenimiento y se convirtió en un trabajo. Que gracias a la tecnología podía hacer desde mi casa para el mundo.

Así que luego de desayunar con Marta, y despedirla hacia su trabajo, me sentaba frente al monitor de la computadora a escribir alguna de las notas diarias que publico en mi sitio. En esa tarea estaba cuando lo escuché. El clásico sonido del motor de un auto de carreras, pero no nuevo sino con algunos años.

Pensé que en el barrio alguien estaba preparando algún viejo TC del Ayer o algo parecido. No estaba muy errado, pero no era del todo cierto. El auto pasó por delante de mi casa y se perdió en la tranquilidad de la calle. Debo decirles que la calle de mi casa tiene muy poco tránsito, tanto que si pasan 20 autos por día es mucho.

Es una calle apartada de las avenidas del barrio y los autos que se escuchan, en su gran mayoría son de vecinos que van a sus trabajos o a buscar a sus hijos a la escuela. Cuando no pasan autos se escuchan perfectamente los zorzales con sus cantos. En un principio tenía la radio encendida, como compañía, pero cuando descubrí los sonidos del barrio, opté por ellos.

Como a la media hora otra vez el auto de carrera. Pasó rápido por frente a mi casa. “Debe haber algún taller mecánico que prepara autos por el barrio”, pensé. Todavía no había salido a explorar el nuevo barrio. Ya lo haría. Por ahora las notas diarias me tenían clavado frente al teclado de mi computadora.

Habrán pasado unos 20 minutos y a lo lejos escucho el sonido del auto de carreras. Rápidamente me dirigí a la ventana de la sala de estar que da a una galería y se puede ver con claridad la calle. No llegué a tiempo y el auto ya se perdía por la esquina de mi casa. En algún momento lo voy a ver, pensé, y regresé a mi trabajo de escritura.

Pasó casi una semana y no volví a escuchar al auto de carreras. Incluso una noche, cenando, le conté a Marta. “Tal vez haya un preparador en el barrio”, me dijo con tino. Asentí y le dije que preguntaría en el Bar Madrid donde solía almorzar. Allí había un parroquiano que era el vecino más viejo del barrio: Don Humberto.

Al otro día escuché nuevamente el auto de carrera pero no pude verlo. En el almuerzo lo vi a Don Humberto sentado en su mesa de siempre. Al lado de la ventana que daba a la esquina del Bar Madrid. Era una especia de fonda de barrio donde se podía comer comida casera a muy buen precio. Algunas veces cenábamos con Marta. A mi esposa le encantaba como preparaban las pastas.

Me acerqué a la mesa de Don Humberto mientras tenía la vista perdida en la calle y con la mano derecha revolvía su taza de café. “¿Cómo le va?”, le pregunté para iniciar la conversación. Ya lo habíamos hecho antes. “Muy bien mi hijo”, me respondió. Siempre me decía mi hijo, pero no me tuteaba. Era de otro tiempo.

“¿Le puedo hacer una pregunta?”, le tiré. “Mientras no sea mi edad, cualquier cosa”, me dijo riéndose. Don Humberto tenía un manejo del humor espectacular. Y la ironía parecía que había nacido con él. Le pregunté si sabía de algún taller mecánico en el barrio que preparara autos de carrera. Me respondió que no. Que ahora no.

“¿Ahora no?”, fue la pregunta que me asaltó a la boca. Por adentro pensé que antes sí había existido algo parecido. “En la época del autódromo había varios talleres”, me dijo mirándome a los ojos. Notó mi sorpresa y enseguida agregó: “usted es nuevo en el barrio y no lo sabe, pero acá hubo un autódromo”, me dijo y tomó un sorbo de su café humeante.

Me tuve que sentar en su mesa. No podía creer que había ido a parar a un barrio que tenía un pasado fierrero. Era como un destino marcado en alguna parte. “Usted vive en la calle de la Recta”, me dijo. “¿No se preguntó por qué tiene ese nombre?”, me lanzó como un cachetazo verbal. “Es en homenaje a la recta principal del autódromo de las Flores”, me dijo.

Entonces como si se abriera un libro de hojas amarillentas por el paso del tiempo comenzó a contarme la historia del autódromo de las Flores. Que el nombre lo recibió porque el predio antes había sido un vivero de claveles para el cementerio de la ciudad. Y que se habían corrido muchas carreras, algunas muy importantes.

No podía salir de mi asombro, menos cuando me dijo que mi casa, esa que acababa de comprar, con Marta, era el lugar donde se levantaban las tribunas, justamente en la recta principal. También me dio el dato, por si me interesaba, que en la biblioteca del barrio encontraría diarios y revistas de la época que hablaban del autódromo de las Flores. “Le va a servir para las notas que escribe”, me dijo Don Humberto. En las charlas que había tenido, cafecito mediante, le había contado de mí trabajo.

Luego que me saqué las notas que tenía para publicar, dos días después, me fui a la biblioteca en búsqueda de datos sobre el autódromo del barrio. Y encontré material. Bastante para escribir una nota. Mucho más que eso. Me topé con algo que Don Humberto no me había contado. Por omisión, o para que lo descubriera investigando. Me sentía del otro lado del mostrador como los seguidores de mi sitio cuando les hago una pregunta jodida.

Lo que encontré fue el motivo por el cual el autódromo de las Flores fue cerrado definitivamente: un trágico accidente el domingo 27 de septiembre de 1925. Es decir casi 90 años atrás, en ese momento de los acontecimientos. Según las crónicas se hablaba de 20 muertos por un incendio provocado por un auto de carrera, una bacquet para ser exactos, que literalmente se incrustó en la tribuna. Justo donde estaba ahora mi casa recién adquirida.

Cuando regresó Marta, por la noche, mientras cenábamos le conté de la historia del autódromo de las Flores. No podía creerlo. Pero menos entendía porqué había llegado a ese dato histórico del barrio. “¿Te acordás del auto de carrera que escuché la semana pasada?”, le dije. Entonces le conté de mi charla con Don Humberto y que fue él quien me dijo dónde encontrar más información de la pista de carrera.

“¿Vas a escribir algo sobre el asunto?”, me preguntó mi esposa. Debo decirles que es mi primera lectora y crítica de lo que escribo. Suele dar en el clavo con críticas y elogios. Para mí es una palabra valiosa a la hora de producir nuevos textos de mi autoría. Su opinión pesa y cuando no le hice caso tuve que reconocer mi error. Aunque alguna que otra vez también ella falló. Como la vida misma.

Le dije que todavía no y que quería indagar más con Don Humberto. Cosa que hice a la mañana siguiente. Lo encontré en la mesa de siempre del Bar Madrid del Gallego García. Otra institución en el barrio. Casi más importante que la Parroquia de la Santa Piedad.

Luego del saludo le dije al anciano del accidente y el posterior cierre de la pista. “Sí, lo sabía. Estuve presente ese domingo”, me dijo con una tranquilidad pasmosa mientras mojaba la media luna de grasa en su café con leche. “Tenía 13 años. ¿Sabe que significa en la quiniela?”, me dijo. Lo sabía de sobra mi papá jugaba seguido a la quiniela. El número 13 es la yeta.

“Esa yeta motivó el domingo 27 de septiembre de 1925 una tragedia con mayúsculas”, me contestó Don Humberto. Me contó que el Galleguito Rodríguez fue el causante del incendio y de las posteriores muertes. Pero no eran 20 como dijeron los diarios. “Fueron más de 40”, me dijo. Él había estado en el momento del accidente en los boxes y por eso se salvó de morir en el incendio.

Al parecer el auto del Galleguito Rodríguez, una bacquet de color rojo, como el fuego mismo, se montó sobre las ruedas de otros de los competidores y eso lo hizo, literalmente, volar contra la tribuna principal. Fue chocar y prenderse fuego. Nunca lograron encontrar el cadáver del Galleguito Rodríguez. Los bomberos llegaron a la conclusión que se incineró. Aquella mañana fue recibir un baldazo de agua fría tirado desde 90 años atrás.

“Cerraron el autódromo luego del accidente y nunca más lo abrieron”, me dijo Don Humberto. Fue el fin de la pista y todo su entorno. Para poder recuperar la inversión el propietario de las tierras comenzó con el loteo y así nació el barrio. El único recuerdo era la calle de la Recta y la memoria viviente del anciano, solo él sobrevivía de aquella época con sus 103 años de edad. Se le estaba por vencer la garantía del Magiclick…

Volví a mi casa y las notas diarias para mi sitio. Eso me mantuvo alejado del recuerdo de la tragedia en el barrio en el pasado. Estaba en eso cuando nuevamente escucho el auto de carrera. Recordé que ese sonido me había llevado a todo el descubrimiento del autódromo de las Flores. Salí corriendo para la ventana, pero no vi nada. Un presentimiento me golpeó el pecho.

Busqué un almanaque, a veces no sé en qué día vivo. Era 24 de septiembre, hacía tres días que había comenzado la primavera y faltaban otros tres para que se conmemoraran los 90 años de la tragedia del autódromo de las Flores…

Me cayó la ficha. Y decidí realizar una acción algo loca. No le dije nada de mi teoría ni a Marta, ni a Don Humberto. Al otro día por la mañana luego de despedir a mi esposa para su trabajo me preparé el equipo fotográfico con trípode y todo. Había bastante neblina, pero igual me aposté en la galería de mi casa que da a calle de la Recta.

Tenía que esperar. Esperar ¿qué? Al auto de carrera que casi toda esa semana, previa al día de la tragedia, pasaba por mi casa sin verlo. Ya pensaba que era un pelotudo perdiendo el tiempo, pero, lo escuché. Era el auto de carrera que venía desde la avenida del barrio. No podía creerlo pero el sonido se hacía más fuerte y la neblina no me dejaba ver nada.

Acomodé la cámara en disparo seriado. No me quería perder detalle. El bramido del auto se hizo más fuerte y entre la bruma matinal apareció una bacquet de color rojo furioso. Disparé la cámara y seguí la trayectoria del auto. Fueron escasos segundos. Mi corazón parecía desbocado. Las manos me temblaban y recién ahí me di cuenta de sacar el dedo del disparador.

No podía accionar el botón para ver las imágenes tomadas de cómo me temblaban las manos. Cuando logré apretar el botón la bacquet roja con el número 2 de color blanco, pintado en su radiador, apareció con toda nitidez en mi cámara. No podía creer lo que veía. Estaba viendo un fantasma y lo tenía documentado.

Recogí todo el equipo y pronto estaba enfrente de la computadora descargando las fotos recién tomadas. En la pantalla del monitor se apreciaban detalles increíbles como el casco de cuero marrón del piloto y su pañuelo de seda de color azul. Era ver a un piloto de otra época que encima estaba muerto. Todo indicaba que estaba viendo al Galleguito Rodríguez.

Imprimí dos copias de la foto. Una en colores y la otra la pasé a color sepia en papel fotográfico. Avejenté la foto tal que parecía sacada de un álbum de tiempos idos. Al mediodía me fui a comer al Bar Madrid con las dos fotos. Como era de esperar Don Humberto estaba sentado en su mesa.

“Mire lo que conseguí”, le dije mientras le deslicé sobre la mesa la foto avejentada. “¡El Galleguito Rodríguez!”, gritó. “¿De dónde sacaste la foto pibe”?, me dijo tuteándome por primera vez desde que nos conocíamos. Le sonreí y le dije: “tengo una mejor”. Le pasé la foto real a colores y la cara del anciano se iluminó. “¡Qué buena foto!”, de dónde la sacaste.

“No es de ‘dónde’ la saqué, sino ‘cuándo’ la saqué”, le respondí de manera enigmática. En la cara de Don Humberto se dibujó la sorpresa. “Fue esta mañana”, le dije. Sacó un almanaque de su billetera y se golpeó la cabeza. “Estamos a tres días de la tragedia”, me dijo. Claro le dije y por eso está probando el auto en la recta principal que es la calle en donde vivo.

Ya lo había comprendido cuando me senté a esperar en la galería de mi casa. Era un alma vagando en este mundo sin poder abandonarlo. Un fantasma que busca su descanso con auto y todo. Con bacquet y todo, en este caso. “¿Qué hacemos?”, le pregunté al ser más viejo del barrio y testigo presencial de aquella horrible tragedia.

“Conozco a alguien que nos puede ayudar: el padre Eduardo, es el cura de la Parroquia de la Santa Piedad”, me dijo Don Humberto. Al parecer el padre Eduardo, pese a sus cuarenta y tantos años, era un exorcista reconocido. Por esas cosas de la vida había ido a parar a la parroquia de mi barrio. “Don Humberto en mi casa gracias a Dios somos todos ateos”, le dije. Cómo se rió ese hombre con mi ocurrencia. “Pibe, yo también soy ateo. Pero el cura nos va ayudar a que el Galleguito descanse en paz”, me dijo todavía con carcajadas.

Así fue como el anciano lo fue a ver al padre Eduardo y este se comprometió en pasar por mi casa para charlar del tema. Vino el 26 de septiembre, un día antes de cumplirse los 90 años de accidente. Le conté todo y le mostré las fotos. Me dijo que al otro día vendría hacer el exorcismo. Nada le dije a Marta, no quería que se atemorizara por toda esta situación paranormal.

El padre Eduardo resultó ser una persona encantadora que me enteré jugaba los viernes a la noche, en el club del barrio, al truco con Don Humberto. “Gran mentiroso el curita”, me dijo el viejo. A la mañana temprano y luego que se fuera Marta apareció el padre Eduardo. Vino preparado para hacer su exorcismo. Lo estaba saludando cuando lo veo a Don Humberto, que bastón en mano se acercaba a mi casa.

“No me quise perder el espectáculo”, nos dijo. Mientras yo le acercaba una silla para que se ubicara en la galería de casa. Por un instante se volvería a convertir en la tribuna del autódromo de las Flores. Esperamos un rato en silencio que pareció un siglo cuando el sonido de la bacquet del Galleguito Rodríguez se escuchó en toda su intensidad.

El padre Eduardo se preparó de inmediato y todos nos tensamos esperando la aparición del auto de carrera rojo. Ahí estaba como en su esplendor. Tal como lo había fotografiada tres días atrás. Nada más que ahora era la carrera de verdad y no meras pruebas de entrenamiento. Comenzaron los rezos del cura y el auto se hizo visible para los tres.

Justo cuando pasaba por delante nuestro Don Humberto gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: “¡Vamos Galleguito carajo”! Lo increíble fue ver al piloto de la bacquet roja levantar la mano derecha a modo de saludo. Me heló la sangre. Un fantasma nos estaba saludando. O agradeciendo lo que estábamos haciendo para que dejara este mundo.

Y resultó que lentamente el auto pareció elevarse en parte y en parte desvanecerse delante nuestro también se apagaba el sonido del motor. Se convirtió en una estela de humo que se fue elevando hasta desaparecer por completo. Don Humberto lloraba como un chico y yo no estaba muy lejos de eso. Hasta el padre Eduardo, ya curtido, se secó lágrimas de sus ojos.

Ahora el Galleguito Rodríguez descansaba en paz. Lo iba extrañar por las mañanas mientras escribo las notas para mi sitio de autos viejos. Pero estaba contento de darle un descanso al alma de ese piloto pionero del automovilismo.

Con el padre Eduardo nos hicimos amigos, él no me convenció de sus creencias y yo no le inculqué mis descreencias. Nos reunimos a charlar, con Don Humberto, de autos viejos, que a esta altura comienzo a creer que es inmortal, ya cumplió 104 años. Muy fierrero resultó el padre Eduardo. Hasta le enseñamos a usar una computadora a Don Humberto para que pueda leer las notas que publico.

Tanto se entusiasmó que con el padre Eduardo le regalamos una notebook para cuando cumplió los 104 años. No nos aguantamos y le hicimos el chiste del Magiclick, nos puteó toda la mañana de su cumpleaños.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

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Saturday, March 26, 2016

El autódromo de San Martín

Algunos habrán oído hablar del autódromo General San Martín ubicado a cuatro cuadras de la estación del mismo nombre del Ferrocarril Mitre. Claro que esto ocurrió a finales de la década del veinte y ni rastros quedan de esa pista. Hoy conoceremos algo de la historia de ese circuito en la provincia de Buenos Aires, para aquellos que ignoraban de su existencia.

Vista de las tribunas del autódromo General San Martín en la carrera
inaugural. En primer plano Eduardo Estanguet, segundo Domingo Bucci
y tercero Víctor Pángaro. La fotografía fue tomada de
Historia Deportiva del Automovilismo Argentino de Alfredo Parga.


El autódromo General San Martín fue la iniciativa de un grupo privado donde se encontraban un ex concejal, Rodolfo Travers, y el ingeniero J. Marchessotti. La construcción se realizó en el año 1927 y según sus proyectistas en las curvas, los automóviles, podrían alcanzar los 190 kilómetros por hora.

Lógicamente el anuncio de la construcción de este autódromo, en el partido de San Martín en la provincia de Buenos Aires, causó cierta conmoción. La pista tenía una longitud estimada en los 3.000 metros con un ancho que sería de más de 10 metros.

Para realizar la obra del autódromo General San Martín se necesitaron 460 obreros. El piso del circuito era de tierra que estaba apisonada y con una “abundante capa de petróleo” según los dichos de sus constructores. El predio fue cercado con un paredón alto. En algunas de las fotografías de época se aprecia dicho muro.

El muro perimetral del autódromo General San Martín.
En la arcada de la entrada se puede leer el nombre del circuito.
La fotografía fue tomada de Historia Deportiva del Automovilismo
Argentino de Alfredo Parga.
.

Las curvas estarían peraltadas con la posibilidad de circular, en la parte superior, a 170 kilómetros por hora. La ubicación no era mala para la época, finales de la década del veinte. Se ubicó a cuatro cuadras de la estación San Martín del actual Ferrocarril Mitre y a tan solo una cuadra del Hipódromo de San Martín.

Ambos lugares, hoy en pleno siglo XXI, cuesta ubicarlos en el mapa. Y eso que contamos con mapas satelitales a la mano en Internet. La zona es totalmente urbana y sin un vestigio de esas dos pistas: una para automóviles y la otra para caballos. Dentro de las ilustraciones hay un plano que nos ubica ambas pistas para tener una idea de dónde estaban en el año 1927.

El costo total de la obra fue estimado en 1.200.000 pesos de la época. Para los primeros días del mes de junio de 1927 las obras estaban listas y el ingeniero Máximo Tardieu estuvo a cargo de la fiscalización. Era un dirigente deportivo de la época que estaba capacitado para la tarea.

El estacionamiento de automóviles frente a las tribunas del autódromo
de San Martín. La fotografía fue tomada de Historia Deportiva del
Automovilismo Argentino de Alfredo Parga.

Su opinión, expresada en la revista del Automóvil Club Argentino (ACA) fue lapidaria. “Con su pista de tierra más que mediocre, sus perfiles defectuosos, sus pésimas curvas, el autódromo de San Martín, deficiente bajo cualquier punto de vista, resultará un proyecto fracasado”, dijo Tardieu.

Con esa opinión tan desfavorable, igualmente, se realizó su inauguración el domingo 3 de julio de 1927. Como un presagio del futuro del autódromo General San Martín, ese día llovió. Parece que hasta el cielo lloraba por esa inauguración. Pese al clima adverso muchas personas se acercaron al circuito.

En automóviles, en ómnibus o en tren llegó el público que quería presenciar la carrera inaugural. Fue en vano. Las autoridades de la pista anunciaron que no se correría y que la competencia se pasaba para el domingo siguiente. Por suerte el domingo 10 de julio el clima fue favorable para la carrera.

El frío reinante en un día luminoso fue el marco de la primera carrera del autódromo General San Martín. Los autos de carrera largaron con diez metros de distancia entre ellos. Pronto Eduardo Estanguet tomó la punta seguido por Domingo Bucci y en el tercer puesto Víctor Pángaro. Todo iba bien hasta que el Delage de Estanguet volcó.

Vista de la pista del autódromo General San Martín. La fotografía fue
tomada de Historia Deportiva del Automovilismo Argentino de Alfredo Parga.

“¡Volcó el 4!”, era el grito del público en las tribunas. Pero por suerte para Estanguet y su acompañante no pasó de un susto. Pronto, al final de la curva, y con los brazos alzados demostraron a los concurrentes que estaban sanos y salvos. Las sospechas comenzaron a rondar por el autódromo de San Martín.

Domingo Bucci se lanzó con el primer puesto en la carrera inicial y su acompañante fue Eleuterio Donzino, que era su cuñado y más tarde un famoso corredor del pasado deportivo de Argentina. También se comentó que Eduardo Estanguet había recibido su auto de carrera 48 horas antes de la competición y que terminó volcándolo en la carrera inaugural.

Encima de males Tardieu volvió con sus críticas sobre el autódromo General San Martín. “Los hechos nos dieron la razón. Por un lado, el accidente de Estanguet que felizmente no resultó grave, en uno de los puntos señalados como peligrosos. Por el otro, los bajos promedios alcanzados. Sépase que la misma Bugatti 4 cilindros desarrolló en Montlhéry (Francia), una velocidad de 160 kilómetros por hora. Aquí hizo 30 kilómetro menos”, dijo el ingeniero Máximo Tardieu.

No era bueno el futuro de este circuito y parece que el error estaba en la construcción de la pista. El tipo de suelo de tierra apisonada que tenía un recubrimiento con un agente bituminoso fue lo que provocó los constantes riesgos. Además implicó múltiples reparaciones. Al parece gran parte del dinero se usó para el muro perimetral. Si ese dinero si hubiera utilizado para la construcción adecuada de la pista otra hubiera sido la historia del autódromo de San Martín.

Plano con la ubicación, en el año 1927, del autódromo General San Martín.
El plano fue tomado de Historia Deportiva del Automovilismo
 Argentino de Alfredo Parga

Lo cierto que ese defecto en la construcción del autódromo General San Martín fue su propia tumba. En el libro “Medio siglo de automovilismo argentino” de Ricardo Lorenzo, conocido con el apodo de Borocotó, escribió lo siguiente: “Lo cierto es que al irse hundiendo las curvas, porque la tierra cedía, se fue hundiendo el autódromo”. Ese fue el fin del circuito.

Cómo hubiera sido si ese autódromo de San Martín hubiera tenido una mejor base de su pista. ¿Tal vez no hubiera existido el Autódromo Juan y Oscar Gálvez actual? No lo sé. Pero sí que el emplazamiento no era malo y hoy estaría metido en el corazón de la periferia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Lo interesante de esta historia es que hoy en día es imposible saber que estuvo emplazado un autódromo en esa zona del Gran Buenos Aires. Si bien hay grandes espacios verdes cerca. No tenemos la menor referencia de su existencia. Incluso los habitantes de las casas, ubicadas en el lugar, no creo que sepan que casi 90 años atrás se corrieron carreras donde ellos viven ahora.

Si creemos en los fantasmas, tal vez y solo tal vez, en algunos días de la semana se escuchen los rugidos de los viejos bólidos tomando las malas curvas del autódromo General San Martín. O solo es parte de mi imaginación, como los relatos que salen este mismo día, pero cada dos semanas.

Las imágenes que ilustran esta nota fueron tomadas de la Historia Deportiva del Automovilismo Argentino de Alfredo Parga editada por La Nación en el año 1995 y que saliera como fascículo acompañando al diario.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, January 30, 2016

Nacimiento del autódromo de Monza

Muchos fierreros que les gustan las carreras de automóviles conocen de sobra el autódromo de Monza en Italia. Pero, ¿cuántos de ellos conocen cómo nació el trazado? ¿Y por qué se lo construyó a principios de los años veinte? Hoy veremos cómo nació el autódromo de Monza y cuáles fueron las primeras competencias disputadas.

El primer afiche del Circuito de Milán en septiembre de 1922,
cuando todavía no era el autódromo de Monza.


Las primeras carreras de automóviles se comenzaron a desarrollar a finales del siglo XIX y se realizaron en rutas abiertas. Todavía no existían los circuitos donde corrieran los autos de carrera. Estos lo hacían en rutas. Fueron varios los accidentes mortales que se produjeron en esas rutas en las primeras carreras. Carreras que eran de una ciudad a otra en distintos países de Europa.

En Gran Bretaña los accidentes ruteros obligaron al gobierno inglés a dictar una ley que prohibió las carreras de autos en ruta. Había nacido el circuito o pista de carreras. Es así como nace el circuito de Brooklands famoso por pruebas de resistencia e intentos de batir récords. De toda Europa continental iban a Brooklands a correr. El circuito había sido inaugurado en junio de 1907. Vean que temprano ya había una pista muy importante en un país europeo.

Largada del Gran Premio de Italia el domingo 10 de septiembre de 1922.
Con el número 18, Bordino, al mando de un F.I.A.T.

Aunque en el continente las carreras en ruta siguieron por muchos años más. Desde el nacimiento mismo de la industria automotriz se tomó a las carreras de autos como una manera de publicitar los autos fabricados. No solo para mostrarlos y venderlos, sino para darlos a conocer a la opinión pública. También los diarios de la época jugaron un papel importante en muchas carreras entre ciudades. Las financiaban y les servía para vender más ejemplares en los kioscos.

Como se ve nada es nuevo en el mundo de los negocios de autos, publicidad y medios de difusión. Claro que la tecnología, y los autos, han cambiado, y mucho, en los últimos 130 años. Esto lo digo porque el viernes 29 de enero de 1886, Karl Benz, obtenía la patente de su triciclo con motor de combustión interna. Esta fecha es considerada el nacimiento del automóvil. Aunque por aquellos años se les decía carruajes sin caballos.

En la foto el inicio simbólico de las obras del autódromo de Monza.
Felice Nazzaro, Vincenzo Lancia y Eugenio Silvani fueron los pilotos
que, en representación de los demás corredores italianos,
iniciaron simbólicamente las obras de construcción. 

En Italia las cosas habían cambiado mucho, en la industria automotriz, luego de finalizada la Primera Guerra Mundial. Al producirse el estallido bélico en Europa la industria automotriz, instalada en el norte de Italia, estaba a la cabeza en materia de vehículos de uso militar. Una de las empresas líderes en la materia era la F.I.A.T. (Fabbrica Italiana Automobili Torino), así como sigla con puntos, como era conocida la marca turinesa en un principio.

Antes que estallara la guerra la F.I.A.T. había estado vendiendo sus camiones 18 BL a los gobiernos de Grecia y Rusia. Por eso cuando estalla la guerra era la empresa automotriz que mejor posicionada estaba, de toda Europa, para fabricar equipos bélicos. Esto le significó una expansión notable durante los cuatro años que duró la guerra. Pero no solo le fue bien a F.I.A.T., sino que también arrastró a las demás empresas automotrices italianas.

El plano del autódromo de Monza con sus dos trazados: el circuito rutero
y la pista peraltada. Se aprecia la cantidad de caminos adyacentes
a lo que era el parque de Monza
 
La F.I.A.T. fue una de las pioneras en entender que las carreras de autos eran una excelente publicidad para vender sus autos. Aunque estos solo fueran taxis para una ciudad europea. Eso hizo crecer mucho a la industria italiana en el norte del país. Las ciudades de Milán y Turín fueron las sedes para el mayor desarrollo de la industria automotriz italiana. Ese es uno de los porqués el circuito de Monza se construyó en Lombardía.

Para el año 1922 la situación política y social de Italia era complicada y que terminó con la llegada al poder del fascismo. Ya conocemos que pasó con los fascistas, Italia y la Segunda Guerra Mundial. Volvamos al año 1922 y las condiciones de las rutas en Italia. Estaban destrozadas y seguir corriendo en ruta abierta era un grave problema.

En las dos fotos vemos la construcción de las curvas peraltadas.
Arriba: la estructura metálica del peralte. Abajo: la construcción de la
curva sur de la pista ovalada del autódromo de Monza.

La situación económica no era la mejor por la que pasaba Italia, pero al director del Automóvil Club de Milán, Arturo Mercanti, se le ocurrió la idea de construir un autódromo. Contó con el apoyo de Silvio Crespi, presidente de la misma institución. Claro que para eso se pusieron de acuerdo con la Obra Nacional de Combatientes. Ellos habían sido la institución a la que se le había asignado el parque real de Monza.

La idea de usar este predio era que estaba cerca de la capital de Lombardía: Milán. El primer nombre que tuvo el circuito fue: Circuito de Milán (Milano). Así reza en el primer afiche que fuera diseñado por Aldo Mazza para las carreras que se corrieron en septiembre de 1922.

El trencito en plena construcción del circuito rutero del Circuito de Milán,
luego conocido como autódromo de Monza.

Para realizar la construcción del circuito-pista fue constituida la Società Incremento Automobilismo e Sport con capital de bienes privados en su totalidad. El encargado del proyecto fue el arquitecto Alfredo Rosselli. Él diseñó, por indicación de los promotores el autódromo de dos trazados. Uno era una pista en forma de óvalo con dos curvas peraltadas y largas rectas. Mientras el otro circuito era rutero. La pista medía 4.500 metros de largo y el circuito rutero era de 5.500 metros de distancia. Sumando los dos circuitos se llegaba a los 10 kilómetros exactos por vuelta.

En teoría la pista con las curvas peraltadas permitía encararlas a unos 190 kilómetros por hora. Entre las imágenes hay un plano con el trazado de los dos circuitos, tanto la pista como el circuito rutero. También se aprecia la cantidad de caminos que tenía el parque de Monza. Eso facilitaba el acceso del público para presenciar las carreras disputadas en el lugar.

La playa de estacionamiento del autódromo de Monza el domingo 3 de 
septiembre de 1922 cuando se inauguro el trazado con 
el Gran Premio de Vetturettes. 

Las obras se iniciaron con la presencia simbólica de los grandes corredores de la época como Felice Nazzaro, Vincenzo Lancia y Eugenio Silvani. Estos en representación de los corredores italianos dieron, simbólicamente, el inicio a la construcción del autódromo de Monza en la primavera del año 1922. En tan solo 100 días los dos trazados estuvieron finalizados, lo que fue un tiempo récord para semejante obra emprendida. Fue la primera vez en el mundo que se encaraba la construcción de un circuito-pista.

La primera carrera disputada fue el Gran Premio de Vetturettes (autos ligeros) el domingo 3 de septiembre de 1922. En esta primera carrera del Circuito de Milán se impusieron por mayoría los Fiat 803 que era máquinas de 1.500 centímetros cúbicos de cilindrada. Los pilotos italianos que llegaron en los primeros cuatro puestos fueron Bordino, Giaccone, Lampiane y Salamano.

Bordino logró una media de 134,006 kilómetros por hora y alcanzó más de 145 kilómetros por hora en su vuelta más rápida. Pero la frutilla del postre se correría al domingo siguiente: 10 de septiembre. Cuando se disputó el Gran Premio de Italia con participantes de otros países europeos. Para esta ocasión se usó la suma de la pista peraltada más el circuito rutero. De esta forma la vuelta tenía una distancia de 10 kilómetros y la carrera se disputó a lo largo de 80 vueltas.

En la fotografía vemos a los mecánicos de la F.I.A.T.: Bruno, Mercante,
Bazzi, Carignano y Ferretti durante las sesiones de
entrenamiento en el autódromo de Monza.

La cantidad de público que asistió a la carrera fue de más de 100.000 espectadores, pese a que una fuerte lluvia cayó ese domingo 10 de septiembre. Solo ocho máquinas largaron la carrera. Los pilotos eran Nazzaro, Bordino y Giaccone con F.I.A.T.; Meregalli y Alfieri Maserati con Diatto; De Vizcaya con Bugatti; Heim y Sihal con Heim, una marca alemana aparecida en el año 1921.
Bordino fue el puntero de toda la carrera con un Fiat y seguido por Nazzaro. La audiencia se deliró con la actuación de Bordino que con ese apoyo logró un promedio de 139,855 kilómetros por hora.

El récord de vuelta lo tuvo a 146,938 kilómetros por hora y tardó 4 minutos y 5 segundos en completar el trazado de 10 kilómetros. En segundo lugar llegó Nazzaro a casi ocho minutos de distancia y el tercero en arribar a la meta fue De Vizcaya con tres vueltas menos. Los F.I.A.T. tuvieron el total liderazgo de la carrera, la segunda en disputarse en el autódromo de Monza.

Al otro día el diario francés “Le Petit Parisien” publicó el siguiente texto: “Las últimas competencias han demostrado que nada se puede hacer contra las máquinas de la F.I.A.T., cuyo diseño, según los técnicos más autorizados, está adelantado por lo menos un año al de todos los autos rivales”.

El trencito del autódromo de Monza que transportaba a los
espectadores de una parte a otra del circuito lombardo.

Entre las cosas que tenía el autódromo de Monza estaba un trencito que transportaba a los espectadores de una parte a otra del circuito lombardo. Hay dos fotografías donde se puede ver ese pequeño tren. En una en plena construcción del circuito rutero y otra donde se ve cómo transportaba los espectadores del autódromo de Monza.

Ahora conocen cómo fue la construcción del autódromo de Monza. También porqué se lo creó y sus primeras dos carreras disputadas a tan solo 100 días de haberse comenzado su construcción. Luego las décadas harían famoso al circuito que fue conocido inicialmente como Circuito de Milán. Las fotografías que ilustran esta nota fueron tomadas de la Enciclopedia Autorama publicada en Argentina en el año 1968.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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