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Saturday, May 28, 2016

Cuando los autos hablan

Aquella tarde de otoño me dispuse a encontrar la bomba de nafta que necesitaba para mi rural Chevrolet Nomad del año 1958 que estaba a punto de terminar de restaurar. Me habían dado el dato que una persona llamada Gómez podía tener esa bomba de nafta. Tenía el apellido y el barrio, nada más.



Así que esa tarde de sábado me encaminé para el lugar con el tiempo necesario para localizar al tal Gómez. Buscándolo por el barrio me topé con el Bar La Amistad y entré a preguntar. De paso a tomarme un cafecito y ver cómo era el lugar.

Le pregunté al mozo por el local de este hombre buscado por mí y me contestó: “el que tiene que conocerlo es Don Juan”. Me indicó en qué mesa estaba y allí me dirigí, antes de que trajeran el café pedido. El anciano estaba hablando con otro parroquiano. Por lo poco que puede escuchar al acercarme a la mesa le estaba contando que tenía un Falcon desde cero kilómetro.

Me presenté y el dije que estaba buscado el local de Gómez. “Cómo no voy a conocer al Viejo Gómez. Somos los más ancianos del barrio. Todo esto era de tierra cuándo éramos unos pibes”. Lo invité a tomar un café conmigo y que me contara del tal Gómez.

Aceptó y no solo eso sino que me acompañaría hasta donde tenía el local el Viejo Gómez. Me contó de su vida con el Ford Falcon y de cómo lo había cuidado desde que lo trajo de la concesionaria. La verdad un tipo encantador Don Juan.

Nos fuimos caminando, “para estirar la piernas”, como me dijo Don Juan. Eran solo cinco cuadras las que separaban el bar del local de Gómez. Era cierto que se conocían de pibes. Se trataban como dos chicos los dos ancianos.

Luego de las presentaciones, Don Juan, me dejó a solas con el Viejo Gómez y se marchó para su casa, según nos dijo. “Viejo mentiroso, se va a jugar al truco por guita al club de acá a la vuelta”, me dijo Gómez. Realmente se conocían desde tiempos remotos.

Este hombre me recibió muy bien, pese a que tenía el dato que era un tanto arisco con las personas. A varios los había tratado bastante duro cuando se le aparecieron por este mismo local donde me encontraba ahora.

“¿Qué está buscando?”, me dijo y le conté que andaba detrás de la bomba de nafta de la Nomad. “Si no me falla la memoria, que últimamente lo hace con frecuencia, tengo una original”, me dijo Gómez. Me indicó que lo siguiera. El local a la calle era muy chico, pero al traspasar la puerta del fondo entramos en un depósito inmenso repleto de repuestos de autos de todas las épocas y especies.

Eran estanterías llenas de cajas y más cajas. La gran mayoría nuevas sin uso de épocas remotas. “¡Acá está!”, exclamó y bajó de un tercer estante una caja original con el logo de Chevrolet. Quién sabe cuántos años había descansado la caja en los estantes de una casa de repuestos.

Pensé que la bomba de nafta me saldría una fortuna, pero el precio que me dijo estaba más que acorde para lo que significaba ese repuesto para mi rural Nomad. “¿Necesita algo más?”, me preguntó el Viejo Gómez. No por ahora no necesitaba nada más, pero seguro que algo más me faltaría.

“Tengo muchos repuestos más de la Nomad. Si necesita algo me lo pide”, me dijo mientras me extendía su tarjeta personal. Que yo supiera nadie tenía esa tarjeta. Todos los conocían al Viejo Gómez, pero de mentas. Pocos lo habían tratado y él los había maltratado. No entendía el por qué de semejante trato para conmigo.

Estaba convencido que el salvoconducto fue Don Juan. Lo saludé y me despedí con la promesa de ver qué más necesitaba para mi rural en restauración. Salí del local del Viejo Gómez como flotando por la bomba de nafta encontrada, y encima nueva y original, y por el ofrecimiento de más repuestos.

En esa nube llegué hasta mi casa. Casi no pude dormir bien esa noche de sábado pensando que mañana le pondría la bomba de nafta a la Nomad. Temprano me desperté y me puse manos a la obra. Para la tarde la tenía en marcha y ronroneando como un gatito, en realidad gatita…

Al otro sábado me fui con la Nomad hasta el local del Viejo Gómez. Lo contento que se puso cuando la vio estacionada en la vereda. Hacia años que no veía una igual. Estaba tan alegre que se puso a mirar con detalle las cosas que le faltaban a la rural para estar en óptimas condiciones.

Se fue a adentro y me trajo una caja con todas las cosas que le faltaban a mi Nomad para dejarla como nueva. “Pero ahora no se lo puedo pagar”, balbuceé. “No importa. Me lo paga cuando puede. Un clásico como este tiene que estar en perfectas condiciones”, me dijo el anciano.

Le agradecí y lo invité a dar una vuelta manzana. Nunca había visto a una persona tan mayor con semejante alegría por la invitación a dar una vuelta. Parecía un chico con un juguete nuevo. Entró al local y le gritó a alguien, “¡voy a probar un auto con un cliente y vuelvo enseguida!”. Del local se oyó un susurro de aprobación.

No fue una vuelta manzana, fueron un par de kilómetros con la Nomad y el Viejo Gómez. La alegría era tan inmensa que una vuelta a manzana tenía sabor a poco. Lo dejé nuevamente frente a su local. Al bajar me agradeció mucho el paseo y me dijo, “cuando tengas los repuestos colocados traela de nuevo a la Nomad. Quiero ver cómo quedó”, me dijo, ya, tuteándome.

Pasaron tres semanas hasta que pude dejarla a nuevo con todos los repuestos que me había dado el Viejo Gómez. La verdad que había cambiado un montón en especial con los cromados que le faltaban. Parecía otra rural. Ahí terminé de entender que este tipo de auto sin los cromados parece ajado, deslucido, como si no tuvieran brillo.

Ese sábado me fui temprano para el local del Viejo Gómez para que viera cómo había quedado la Nomad y con la plata para pagarle los repuestos que me había dado fiado.

Estacioné la rural en la puerta del local y entré. El Viejo Gómez no estaba del otro lado del mostrador, en cambio, había una mujer de más o menos mi edad. Le pregunté por Gómez y me respondió, “ya viene mi papá”. Gómez tenía una hija de casi mi edad, que encima no estaba nada mal. Pero claro no era cuestión de hacerse el galán con la hija de mi repuestero benefactor.

Cuando el Viejo Gómez vio cómo había quedado la Nomad la llamó a su hija, Clara, para que saliera a verla. Ella también estaba encantada del estado de mi rural. Tan entusiasmado estaba el anciano que me invitó a almorzar a su casa, que quedaba detrás de su comercio.

El almuerzo fue como si estuviera en la casa de mi abuelo. Tan bien le había caído a este viejo repuestero. Pero estaba por conocer algo más de la vida de este hombre y su hija. “Vení quiero mostrarte algo”, me dijo después de almorzar.

Me llevó detrás del enorme depósito de su casa de repuestos y en una puertita me encontré con la mayor sorpresa de mi vida. Ahí detrás había casi un museo de autos antiguos y clásicos. Eran treinta para ser exactos. Todos eran del Viejo Gómez y los había ido comprando a lo largo de su vida.

Cada uno tenía una historia para ser contada. Porque conocía sus dueños o porque los había salvado de la destrucción. Amaba a esos autos. Pero me dijo algo más esa tarde de sábado. “Sin la ayuda de mi hija esto no hubiera sido posible de realizar”, me dijo este hombre que había dedicado su vida a preservar estos autos.

También me dijo que cuando él muriera quería que su hija convirtiera en museo el lugar. Además que se siguiera preservando autos antiguos y clásicos. “Cómo vos hiciste, y haces con un tu rural Nomad”, me dijo el Viejo Gómez.

Ahí entendí porque me había ayudado a terminar de armar mi rural. Entendió que no quería lucrar con mi auto, sino preservarlo del paso del tiempo. No me quiso cobrar los repuestos que me había dado para terminar de poner en condiciones mi rural. No hubo forma que me quisiera aceptar el dinero.

En un momento dado me quedé a solas con Clara, su hija. “Te debe querer mucho mi viejo para mostrarte sus autos. Son muy pocas las personas que saben de su existencia”, me dijo mirándome a los ojos. No supe que decirle. No quería que pensara que me estaba ganando la amistad de su padre para sacar ventaja.

El tiempo siguiente le demostró cuáles eran mis intenciones con su padre. Terminamos siendo amigos con Gómez, y Clara comprendió que no había segundas intenciones de mi parte. Tanto que salíamos los tres de paseo en mi Nomad. A ambos los llevé a varios encuentros de autos donde la Nomad solía ser la atracción.

Eso lo ponía muy contento al Viejo Gómez y su hija no dejaba de agradecerme lo feliz que hacía a su padre. Fueron un par de años hermosos que jamás olvidaré. Pero la vida continúa y el tiempo es insobornable con nosotros.

Por cuestiones laborales tuve que ausentarme algo más de un mes y en ese tiempo no vi a Gómez y a Clara. Al volver a casa tenía un mensaje de Clara. El Viejo Gómez había muerto. Un paro cardíaco hizo que no se despertara más de un siesta sabatina…

Fui a verla a Clara. Estaba muy triste no solo por la muerte de su padre, sino porque no me había podido despedir de él. “Te quería tanto”, me dijo con lágrimas en los ojos. “Tampoco pudo despedirse de vos”, le respondí. “Antes de acostarse la siesta me dijo ‘ya nos veremos’. Era como si presintiera que se iba a morir”, me contó entre sollozos.

Me contó que su padre siempre tenía premoniciones todo el tiempo. Y casi siempre acertaba sobre situaciones o personas. Me contó que le dijo, el primer día que me vio, que era un buen tipo. Eso había sido cuando fui a buscar la bomba de nafta. Había pasado tanto tiempo de eso.

Clara me contó que su padre quería que fuera parte del armado del museo. Me llevó al fondo donde estaban todos los autos y me dijo que me quedara un rato ahí pensando cómo podíamos, dijo podíamos, armar el museo.

Ella tenía que ir a comprar algunas cosas y en una hora volvía. Así que me dejó solo rodeado de 30 autos hermosos y una enorme cantidad de repuestos. La verdad que no tenía la menor idea de cómo encarar un museo de esas características. Me senté dentro de un viejo Oldsmobile Golden Rocket del año 1957, que había sido contemporáneo de mi rural Chevrolet Nomad. No había podido dormir en el viaje de regreso por unos bulliciosos estudiantes que venían en el mismo micro.

Me senté al volante del Oldsmobile para descansar un rato hasta que volviera Clara de sus tareas. No sé cuanto tiempo pasó cuando veo que se abre la puerta del acompañante. Pensé que era Clara que había regresado, pero no era ella.

Era el Viejo Gómez. Sí, el anciano estaba sentándose al lado mío. Mientras yo pensaba que estaba muerto y hacía tiempo. Me miró y me saludó como lo solía hacer. También me dijo que en el armario amarillo en el tercer estante había un sobre de papel madera para mí.

Que no me lo había podido dar antes de morirse. Me lo daría a mi regreso, pero antes se murió. Estaba tan cansado que me había dormido sobre el volante y el sonido de la bocina del Golden Rocket me sacó del sueño.

¿Había soñado o imaginado el encuentro con el Viejo Gómez? Estaba en eso cuando veo que Clara estaba de vuelta. Un poco conmocionado por lo sucedido se lo comenté a ella. Me miró a los ojos y me dijo que la siguiera.

Fuimos hasta donde estaba el armario amarillo y lo abrió. En el tercer estante estaba el sobre de papel madera a mi nombre. Me lo dio en la mano esperando que lo abriese. Temblando lo hice y adentro había unas hojas. En lo que leí pude comprender que quería que me hiciera cargo del museo junto a su hija Clara.

Nos nombraba a ambos los dueños de todo lo que estaba en ese lugar. Nos miramos a los ojos. Fue ahí que me dijo, “mi viejo se me apareció en un sueño y me contó que quería que vos me ayudaras en el armado del museo. Además me pidió que te llamara cuanto antes”. Le pregunté cuando había hizo eso y me respondió: “antenoche”.

Nos quedamos un largo momento en silencio. Hasta que Clara rompió el silencio, “mi viejo quiere unirnos de todas formas. Ahora somos socios en ese museo que él quería que armara. ¿Lo hacemos juntos?”, me dijo con una sonrisa irresistible.

Desde ese momento nos abocamos a armar el Museo Viejo Gómez. Estamos a punto de inaugurarlo. Creo que sería del agrado del padre de Clara. Todavía estamos esperando que se nos aparezca en algún sueño. Seguro que lo hará…

A la memoria del Viejo Pardo

Mauricio Uldane

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Saturday, April 30, 2016

Mi vida con el Falcon

Lo conocí a Don Juan de casualidad. Hace tiempo que me pregunto si realmente fue una casualidad. Esa tarde en el bar de la esquina tomando un café me crucé con él. Desde ese momento mi vida cambió para siempre. No creo que fuera una casualidad.



El Bar La Amistad era mi punto de reunión a diario y mi base de operaciones, por así decirlo. Usaba la mesa del bar como un apéndice de mi oficina, aunque oficina no tenía y atendía mis negocios en mi casa a la vuelta de la esquina.

Todo quedaba circunscripto a una manzana. La manzana de mi vida, se podría decir. Esa tarde vino Don Juan a tomarse un cafecito y nos conocimos. Él no me buscaba y yo tampoco quería comprar un auto clásico. Pero una cosa lleva a la otra y pasó.

Pero no avancemos en la historia tan rápido que tiene sus bemoles. Para empezar Don Juan se enteró de mi pasión por los autos antiguos y clásicos. Estuvimos más de dos horas hablando de autos del pasado. Hasta que me soltó la bomba.

“¿Sabe qué tengo un Falcon desde cero kilómetro?, me dijo con una sonrisa pícara. La verdad que no tenía tanto tiempo de vivir en ese barrio para conocer su historia. Me había mudado no hacía más de tres meses, harto del anterior barrio más céntrico, ruidoso y multitudinario.

Amaba este nuevo barrio por muchas cosas. Por sus vecinos, sus veredas, sus sonidos y sus pájaros. Había perdido de la memoria el canto de los zorzales temprano por las mañanas. Ahora los tenía frente a mi ventana y eso ya era un buen síntoma para encarar el nuevo día.

Me interesó conocer un poco más del Falcon de Don Juan. Así que le fui haciendo preguntas para saber en qué estado se encontraba. “Si quiere verlo arreglamos un día y se viene para mi casa”, fue la invitación de este hombre ya anciano que parecía estar buscándolo un nuevo dueño a su Falcon.

Le dije que le avisaba cuando iría a verlo. En ese momento no pensaba comprar un auto clásico. No porque no tuviera el dinero, ni el lugar para guardarlo. Tenía ambas cosas. La casa que había comprado con la venta de mi departamento era bastante grande y con garaje.

Pero lo mejor de todo era que me había sobrado un resto de guita de la venta y no la había tocado, ni pensaba tocarla en ese momento de mi vida. Ya aparecerá algo en que invertirla. Pensé. No sabía dónde terminaría ese dinero, ni cómo cambiaría mi vida en un futuro no tan lejano.

Uno traza planes que la vida desbarata con una facilidad increíble. A veces me pregunto para qué carajos programamos con antelación ciertas cosas. Si suelen salir al revés de cómo pensábamos que saldrán. Por eso la vida me hizo entender cómo navegar en sus aguas, sin esforzarme tanto por salirme de la corriente.

No quiere decir que hiciera cualquier cosa, sino a tener una mejor predisposición para los cambios que nos tiene reservados la vida. Contra eso es casi imposible luchar. Mejor dejar que las cosas fluyan como dicen nuestros hermanos del Caribe. Si dejamos correr la vida, las cosas suelen encaminarse.

Una mañana que estaba en casa, luego de desayunar en el Bar La Amistad, suena el teléfono. Atendí pensando que era un cliente de los que llamaba para averiguar los precios y luego desaparecen como por arte de magia. Eran Don Juan preguntándome porqué no había ido a visitarlo.

“Mañana paso sin falta”, le respondí. “De ninguna manera. Después a la tarde, a la hora del mate, se viene para mi casa. Quiero mostrarle el Falcon”, casi me ordenó desde el otro lado del teléfono. No me quedó alternativa que cumplir su mandato. Era un anciano y con ellos nunca se saben si estarán mañana.

A la tarde con unos bizcochos de grasa, que compré en la Panadería La Ideal, caminé las casi cinco cuadras que me separaban de la casa de Don Juan. Me recibió con alegría y mate. Además de presentarme a su esposa, Doña Esther. Un encanto de señora que más de uno la hubiéramos querido de abuela.

Don Juan me contó la historia del Falcon de cuándo lo había comprado en el año 1966 y lo trajo por primera vez a esa casa donde mateábamos tranquilos. Por dentro me preguntaba porqué me contaba esta historia. Algo dentro de mí había descubierto las intenciones del anciano. Pero era prematuro formularme una teoría.

Luego que me contó la historia de su vida con el Falcon, Don Juan, me dijo: “Ahora quiero que lo vea y me diga que le parece”. Acepté y caminamos hasta el garaje donde descansaba su amado Ford Falcon modelo 1966. Estaba totalmente tapado con un excelente cobertor de plástico. Tranquilamente podría haber estado a la intemperie con semejante protección.

Encendió la luz del garaje y corrió la funda. Ante mí apareció un auto como salido de la concesionaria, no el día anterior, sino unos segundos más tarde. Estaba en un estado de conservación increíble. Todo parecía nuevo y sin uso. Pero en realidad estaba usado y tenía unos 90.000 kilómetros caminados.

Para un auto de 1966 era nada por la cantidad de años transcurridos. Casi, casi 50 años. Esto que les cuento ocurrió hace muy poco tiempo. He perdido un poco la noción de lo sucedido. Fueron muchos cambios en mi vida en pocos, poquísimos meses desde que conocí al Falcon de Don Juan.

Esa no fue la última visita a la casa donde vivía el Falcon. El anciano me hizo ir más de cinco veces para entrenarme, luego me di cuenta, para ser el nuevo propietario del Falcon. Un vendedor de una concesionaria diría: “segunda mano”. Así fue, Don Juan, quería que fuera el dueño de su Falcon.

Todavía no entiendo porqué me eligió a mí. Que ni siquiera era del barrio. Era un forastero si se quiere en ese lugar tranquilo. Me terminó vendiendo el Falcon y lo pagué con la guita que me sobró de la venta del departamento. Era el feliz poseedor de un auto clásico argentino. Uno de los más amados y  vendidos en el país.

Pero me lo vendió con la condición que todas las semanas lo llevara a dar una vuelta con su querido Falcon. Por supuesto que acepté. No le quedaba mucho tiempo de vida. Aunque yo no lo sabía en ese momento. Tenía una enfermedad terminal y antes de irse de este mundo quería que “su” Falcon estuviera en buenas manos.

Un día le pregunté porqué no se los dejaba a algunos de sus tres hijos, dos varones y una mujer. “Son tres pelotudos que lo van a cagar vendiendo a cualquiera”, me contestó. Comprendí que sus hijos no entendían el valor del Falcon para Don Juan. Yo que era un extraño de la familia tenía ese honor.

Los paseos semanales fueron muy interesantes para conocer la historia de ese anciano con el auto. El auto de su vida, que ahora empezaba a ser la mía de a poquito como quien no quiere la cosa. Yo no quería en un principio y ahora tenía casa con auto en un barrio periférico de la gran ciudad.

Llegó el día. Una mañana temprano recibí el llamado de Doña Esther: “Murió Juan”, simplemente me dijo del otro lado de la línea. Era de esperar. En el último tiempo había empeorado mucho y tuvimos que suspender los paseos en el Falcon. “Cuente conmigo para lo que necesite”, le dije a la ahora viuda.

Así fue como el Falcon estuvo presente en el velorio de Don Juan y el posterior cortejo fúnebre. Llevé a los deudos. Doña Esther con sus tres hijos, todos a bordo del Falcon, el último viaje para su antiguo dueño. Creo que en el camino al cementerio uno de los hijos comprendió el valor que tenía el Falcon para su padre.

“Por suerte el viejo te lo vendió a vos. Va a estar en buenas manos”, dijo desde el asiento de atrás. Lo miré por el espejo retrovisor y asentí con la cabeza. A mi lado Doña Esther me sonreía. Parecía como que la última voluntad de Don Juan se cumplía al pie de la letra. Como si él hubiera escrito el guión de una película.

Todo terminó por la tardecita con un fuerte abrazo de Doña Esther y la promesa que fuera a tomar mate una de esas tardes. Debía reponerme de la muerte de Don Juan. Sabía que pasaría, pero me costaba asumirlo. Los días siguientes fueron como nebulosos y poco recuerdo de lo que pasó.

Hasta que un sábado a la tarde que salí con el Falcon, como hacía con Don Juan, una mujer morocha, muy linda, me saludó desde la vereda. Le respondí el saludo, pero la verdad que no la había visto en mi vida. Una lástima porque la morocha, ya madura, merecía más que una mirada.

Pasaron los días y seguía nebulosa mi mente. En el medio un estudio por la mañana que me obligó a estar en ayunas y de regreso paré en el Bar La Amistad a desayunar. Serían más de las diez y media y la morocha que entra al bar.

No solo entra sino que me sonríe y se encamina hacia mi mesa. “Hola. ¿No es un poco tarde para desayunar?”, me dice. Pero qué le pasa a esta mina. Entró para retarme. La sonrisa la delata y rápidamente me di cuenta que me está tomado el pelo.

Lo único que falta que ahora las minas del barrio me tomen para el churrete. “Lo que pasa es que me tuve que hacer un estudio en ayunas y recién pude desayunar”, le respondí. Una sombra oscureció la sonrisa de la morocha. “¿Algo grave?”, me preguntó en un susurro y con un tono de voz que hizo que varias alarmas hormonales se sacudieran en algunas partes de mi cuerpo.

Le conté que era un examen de rutina nada más. Eso la tranquilizó y arremetió con: “Me enteré que le compraste el Falcon a Don Juan”. Le respondí que sí que antes de morir me lo vendió. “Sí, los hijos son unos pelotudos”, me dijo suelta de cuerpo. Hay algo dentro de mí que se sacude cada vez que una mujer hermosa putea.

No sé, pero las veo más hermosas. Se que estoy un poco tocado y no tiene arreglo, pero bueno, así me armaron de fábrica. “¿No querés tomar un café? Yo invito”, le dije. No quería quedarme solo con un saludo y un par de preguntas. La morocha bien valía la pena para una larga charla, café de por medio.

“Me llamo Susana”, me dijo dándome un beso en la mejilla. Luego de recuperarme de su calidez y su perfume le dije mi nombre. Estuvimos más de una hora charlando y le conté de mi relación con Don Juan y el Falcon. También ella me contó algo de su vida.

Para empezar no estaba en el país sino en México. Resultó que era antropóloga y había pasado los últimos seis meses conviviendo con una tribu en un trabajo de campo. Me acordé de la esposa de un compañero de trabajo, cuando los tenía, hace años que no pasa. También era antropóloga y en uno de sus viajes trajo una foto de un rancho que era la vivienda de unos tobas.

Instintivamente me salió decirle que parecía un country. Esto fue hace casi 30 años atrás cuando ese tipo de emprendimiento inmobiliario se estaba poniendo de moda en los alrededores de la gran ciudad. Lo que se rió Susana con mi ocurrencia de la juventud no tiene nombre. Bien a mi favor, un punto en humorismo.

No fue la única anotación. Fueron varias. Como las salidas con el Falcon o las visitas a la casa de Doña Esther. Resultó que Susana era vecina y conocía el Falcon desde chica. Además Don Juan la llevaba de paseo junto con sus hijos. Para Susana, el anciano muerto, era como un tío. Y lamentó mucho no poder estar presente para el funeral.

Comenzamos a salir más seguido, incluso fuimos a varios encuentros de auto con Susana y el Falcon. Hasta la dejé que lo manejara. Tendrían que ver cómo maneja. Es tan buena que en un viaje la dejé que manejara ella sola y yo dormí todo el trayecto de lo cansado que estaba por mi laburo.

A esta altura del partido debo decirles que el nuevo barrio no solo me dio una nueva casa, sino un auto clásico, amigos que parecen de toda la vida y lo más importante a Susana. Mi compañera de ruta. Todo porque Don Juan se sentó en mi mesa a tomar un cafecito en el Bar La Amistad. Recién ahora me di cuenta porqué se llama así.

Mauricio Uldane

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Saturday, March 19, 2016

“A vos te lo vendo”

A Don Pedro lo conocía desde siempre. Del barrio y de pibe. Vi con mis propios ojos cuando trajo de la concesionaria al 504. Era una belleza y me enamoré desde ese primer momento que lo vi. Un día le dije a Don Pedro: “cuando sea grande me voy a comprar un auto como el suyo”. Don Pedro me sonrió. Nunca me imaginé la historia que vendría detrás.



Pasaron los años y fui creciendo. Pero siempre veía al 504 de Don Pedro impecable como el primer día que lo trajo al barrio. Los años habían pasado para todos, menos, para el 504. Porque siempre fue 504. Ni Yeyo o Peugeot o 54, siempre, para todos los pibes del barrio fue el 504. Y decir El 504 hacía inmediata referencia al auto de Don Pedro. No había otro. Ni lo habrá.

Claro eso lo sé ahora que conozco toda la historia pero no en esa época de juegos en las calles del barrio. Se podía jugar a la pelota, al poliladron o a la bolita. La calle era el patio de nuestras casas. Barrio periférico de la ciudad alejado del mundanal ruido. Ahora todo cambió, pero El 504 sigue igual que cuando aquella tarde Don Pedro dio vuelta en la esquina de su casa.

Un día me fui para la casa de Don Pedro y le dije que le compraba el auto. Me miró y me dijo que pasara. Ya era un hombre grande, anciano, diríamos. Pero lúcido como cualquiera de nosotros. Me dijo que me sentara en una de las sillas de su mesa diaria en la cocina, donde él se sentía más cómodo. “El living es para las visitas, vos sos como de la casa”, me dijo mirándome a los ojos y ofreciéndome un mate recién cebado y espumoso.

Ahí fue cuando me sentí un hombre maduro. Y eso que apenas tenía 20 años de edad. “Pibe, a vos te lo vendo”, fueron las palabras de Don Pedro. Siempre me había dicho pibe desde que comencé a ir los sábados a ayudarle a lavar El 504. Era la excusa para que más tarde me llevara a dar una vuelta por el barrio.

A ningún otro pibe del barrio lo llevó nunca en El 504. Siempre tuve ese privilegio. Por eso pibe era yo, y solo yo. Me sentía como un elegido. En realidad lo era pero no lo sabía. Nunca lo supe hasta mucho tiempo más tarde. Pero, antes, hay más historia para contar.

Esa tarde tomando mates con Don Pedro acordamos el precio y cómo pagárselo. Yo no tenía el dinero al contado. Así que fijamos un plan de pago que con la última cuota El 504 sería mío. Durante ese tiempo de pago en mensualidades, como se decía antes, fue un entrenamiento sobre los cuidados de El 504. Me preparaba sin que yo lo supiera.

Llegó el día que completé el total de la suma del valor El 504, luego de muchos meses. No solo me dio las llaves sino que me acompañó para hacer la transferencia. “Todo tiene que ser legal”, me dijo Don Pedro. Y así fue. Pero puso una condición. “Ahora que El 504 es tuyo lo que te pido es que los sábados me vengas a buscar para dar una vuelta. Yo ya estoy viejo para manejar y otro auto no voy a comprar”, fue la petición de Don Pedro.

No me podía negar. Fueron muchos años donde muchas personas quisieron comprarle El 504. Por el estado de originalidad y porque parecía que el tiempo no le hacía mella. Hasta vino un coleccionista de Francia que se enteró de la existencia El 504. Le ofreció una suma increíble para rechazar. Pero Don Pedro se negó a venderlo y menos aún que se fuera del país. Así que sin saberlo era el elegido. Pero durante muchos años no lo supe.

Todos los sábados por la mañana, ya que ese día no trabajaba, lo pasaba a buscar a Don Pedro por su casa y salíamos a pasear. Nos íbamos lejos de la ciudad para regresar al caer la tarde. De nochecita volvíamos al barrio con El 504. Fueron días inolvidables. Hasta que un sábado me lo dijo.

“Pibe me queda poco tiempo de vida. Tengo cáncer y con suerte puedo tirar un año más”, me dijo Don Pedro. El alma se me vino a los pies. Una profunda tristeza se apoderó de mí. Don Pedro se dio cuenta y me dijo: “Pibe no te pongas triste yo te voy a acompañar siempre. Además tenés al El 504 que te hará compañía”, dijo para calmarme.

Pero pensaba que una parte de mi vida se iría con Don Pedro. Para mí era como mi abuelo. Ese que no tuve para que me contara cuentos o me llevara a la calesita de la plaza del barrio. Cierto que me había dejado comprar a El 504 y eso me hacía sentir muy feliz.

“Pibe tenés que saber todo sobre El 504”, me dijo muy serio Don Pedro. Le dije que ya me lo había dicho todo. En especial a lo largo de los años cuando iba a su casa a ayudarlo a lavarlo. “No pibe, no sabes nada sobre El 504”, me dijo. En ese momento pensé que el cáncer lo hacía desvariar. Pero no era así.

“Te lo voy a contar de a poco para que lo puedas entender. A mí me llevó algún tiempo terminar de entenderlo. Pero lo que te diga no podes decírselo a nadie. Salvo la persona que elijas para que cuide El 504 cuando vos te vayas de este mundo”, dijo Don Pedro en una forma enigmática que no entendí ese sábado de otoño.

Vino el invierno con su crudo clima. Antes hacía frío en los inviernos, ¿se acuerdan de eso? Seguimos saliendo los sábados pero con cierta tristeza de mi parte. Saber que Don Pedro no estaría para el próximo invierno me estrujaba el corazón. Pero la vida tiene esas cosas. A veces alegre, y otras no. Una tarde de finales del invierno me dijo algo que fue trascendente.

“Pibe hoy te voy a contar la verdad de El 504”, me dijo muy serio mientras comíamos unos ricos sándwiches de salame y queso. “Habrás notado que El 504 está como el primer día que lo traje al barrio”, me dijo entre bocado y bocado de salame y queso. Le respondí que sí que era mérito suyo por cuidarlo muy bien.

La revelación que oí ese día jamás la olvidaré mientras viva. Entonces comenzó a contarme una historia, pero antes me prohibió que lo interrumpiera. “Me llevó mucho tiempo asimilarla y sino te lo digo de corrido creo que nunca se lo contaré a otro ser humano”, me dijo Don Pedro. No me tranquilizó para nada porque inmediatamente pensé que había hecho un pacto con el diablo o algo parecido.

Pero no era eso sino algo mucho más complejo y raro, muy pero, muy raro. En uno de esos paseos que solía hacer solo, porque Don Pedro enviudó muy joven, de hecho nunca conocí a su esposa, solo por las fotos de su casa, vivió una situación paranormal o de otro mundo.

Estando alejado en el campo una tormenta se perfiló en el horizonte y antes que atinara a subirse a El 504 y salir corriendo al asfalto. Un rayo cayó sobre El 504. Don Pedro creyó que era un rayo y pensó “adiós Peugeot”. Pero no fue un rayo lo que le cayó de ese cielo negro, ni siquiera una gota de agua cayó de arriba.

Lo que le cayó al El 504 nunca lo supo. Pero si que fue una descarga de algún tipo que no afectó en lo más mínimo al auto, sino que lo preservó del tiempo. Sí, lo congeló a unos meses de haberlo comprado. Tres para ser exactos. Lo único que seguía marcando los kilómetros, pero el motor no sufría el paso del tiempo. Ni los tapizados se estropeaban o la pintura se rayaba.

Nunca Don Pedro se pudo explicar lo que pasó aquella tarde en el campo. Lo que sí sabía era que El 504 no era un auto común y normal. Nunca, pero nunca envejecería. Siempre sería un auto como salido de la concesionaria. Por eso no se lo podía vender a cualquiera. Me eligió a mí porque notó que tenía un especial cariño por el auto.

Además me dijo “hay algo más. Dame las llaves”. En forma automática se las di. Abrió la puerta y se sentó para manejar. “Vení”, me invitó a que subiera junto a él. Lo puso en marcha, primera, segunda y suelta el volante. Pensé, se volvió loco y nos vamos a matar. Nada de eso pasó El 504 siguió por el camino como si lo conociera. Dobló en la curva y tomó por el otro camino.

Dimos toda la vuelta al campo para regresar a donde estábamos comiendo los sándwiches de salame y queso. No podía creer lo que había vivido: El 504 andaba solo sin necesidad de manejarlo. “Y si lo pones en la ruta podes dormir mientras el se maneja solo. Encima sabe a dónde vas. No me preguntes cómo lo hace nunca lo supe y ya estoy viejo para averiguarlo”, me dijo con una sonrisa en los labios.

Los demás sábados con Don Pedro fueron los mejores, aunque su destino final estaba cada vez más cerca. La pasamos muy bien y logramos conectarnos de una manera increíble. Incluso sabiendo que él moriría. Eso no había forma de evitarlo. Tal vez si hubiera estado dentro de El 504 cuando cayó ese rayo…

El último pedido de Don Pedro fue que llevara sus cenizas, no quería ni velorio, ni cortejo de ninguna clase, en El 504. Le dije que sería un honor para mí hacerlo. Quería que sus cenizas  las esparciera en el campo donde le cayó el rayo a El 504. Fuimos un día a conocer el lugar y volvimos muchas veces más. Ahora vuelvo seguido a ese lugar.

Cuando Don Pedro murió cumplí la promesa de llevar sus cenizas al campo para esparcirlas. Me creerían que cuando fuimos con El 504 a llevar las cenizas de Don Pedro, el auto hizo sonar la bocina a modo de despedida. Tengo ese sonido dándome vueltas por la cabeza pese a los años que han pasado.

Por supuesto que El 504 sigue igual que el primer día que lo compré y son varios los que andan atrás de él. Pero a todos les digo lo mismo: “no se vende”. Ahora ya tengo algunos años y me doy el lujo de ir a encuentros de autos con El 504. Por supuesto casi siempre es el mejor auto expuesto. Pero no lo hago por eso sino para despejarme un poco de mis obligaciones. A veces extraño a Don Pedro.

No puedo olvidarme de lo que me dijo una vez, varias veces en realidad: “tenés que encontrarle un nuevo dueño a El 504. No lo puede tener cualquier persona”. Cada día que pasa pienso en ello y me acuerdo de cómo me eligió Don Pedro entre todos los pibes del barrio.

Ahora las cosas cambiaron y mucho en este siglo XXI que nos toca vivir. Así que he visto una pibita en el barrio, creo que es nueva, que le encantan los autos clásicos. Cada vez que lavo El 504, los sábados, se aparece para hacerme preguntas. No debe tener más de 11 años. Los tiempos cambian. Me parece que la próxima dueña de El 504 vive cerca de casa. Espero que Don Pedro no se enoje, esté donde esté.

Mauricio Uldane

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Saturday, January 23, 2016

Dos mujeres y un auto

Mi almuerzo estaba por finalizar. La verdad estaba por empezar a pelar una manzana, que sería mi postre. Cuando por la radio escucho que una novelista de policiales negros había escrito una novela sobre el amor de dos mujeres. Claro que escribió la novela con un seudónimo no eran tiempos de hablar de amores lésbicos. ¿Lo es ahora? No lo sé. Pero lo que sí se que antes que terminara mi almuerzo una historia estaba dando vueltas en mi cabeza.



Y cuando pasa eso tengo que escribir, esa historia, porque sino seguirá rebotando dentro de mi cráneo. Como una obsesión por darle forma a ese relato y contándolo desde distintas variantes. La compulsión por escribirlo no se hace esperar y los dedos vuelan sobre el teclado de la computadora.

Imaginé que esas dos mujeres, que hablaba el libro, se encontrarían en una estación de servicio. Una de ellas estaría al mando de un Pontiac rojo convertible del año 1966. Y que llegaba justo a una estación de servicio donde la atendía una playera. Como pasa en buena parte del conurbano bonaerense.

Pero en mi mente la playera no estaba enfundada en una calza que le dibujaba sus redondeces y hendiduras. No nada de esa provocación gratuita. Sino que tendría un uniforme cómodo y de acuerdo a su trabajo de despachar combustibles líquidos.

La conductora se que llamaba Elsa y la playera Andrea. Lo sé, porque lo imaginé. Así de sencillo. Elsa le dice a Andrea que le llene el tanque, sin intenciones secundarias. Andrea le elogia el inmenso Pontiac rojo. Elsa agradece y se sonríe. En ese preciso momento una corriente eléctrica las atraviesa. Se les nota en las miradas. En lo encendido de sus ojos y los párpados que los acompañan.

Algo acaba de nacer algo y ni ellas lo saben. Elsa paga y se va. Pero volverá dos o tres veces por semana a la misma estación de servicio y buscará que la atienda Andrea. Incluso la esperará a que la atienda. Andrea lo sabe. Sabe que Elsa viene por ella y eso le da cierto halago. Aunque sea una mujer algo más madura que ella. Pero no importa. Algo crece entre ellas y ambas lo saben. Lo están dejando que crezca sano y fuerte.

Un día Elsa la invita a Andrea a tomar un café a la salida de su trabajo. La pasará a buscar en el imponente Pontiac rojo ante la mirada atónita de sus compañeros de trabajo. A Andrea poco le importa. Hace tiempo que le importa muy poco lo que piensen de ellas y sus sentimientos. Simplemente los deja fluir. Como un sentimiento incontenible y sin deseos de contener.

Así saludando a sus compañeros que la observan sube al auto de Elsa. Ambas mujeres saludan con las manos y la bocina del Pontiac rojo. Se van y no será la primera vez. Elsa y Andrea comenzaron a salir, o a noviar como decía mi abuelita. Aunque mi abuelita usaba otro término: “arrastrar el ala”. Lo que pasa que ella se había criado en el campo y conservaba esos dichos de su infancia.

La relación iba en serio. Aunque como siempre hay un pero. El pero era Alberto, el esposo de Elsa. Andrea no tenía compromiso alguno y era libre como un pájaro. ¿Los pájaros son verdaderamente libres o solo lo son para los poetas? Viéndolos a diario, en mi casa, creo que son tan esclavos de la vida como cualquiera de nosotros. En lo único que nos aventajan es que pueden volar. Claro que para ir a buscar el alimento diario para ellos o sus crías. O migrar a tierras más cálidas.

Andrea pese a todo era libre. Libre de amar a quien quisiera y de ir donde más le gustara. Si bien estaba en una estación de servicio despachando combustible tenía un título universitario en Letras. ¿Qué hacía ahí? Creo que la esperaba a Elsa, que estaba un poco perdida en su vida. Vida tradicional con un marido con un excelente empleo en una multinacional y ahora funcionario público. Alberto no podía pedirle más a la vida, tenía la vaca atada, como diría mi abuelita.

Elsa en cambio lo tenía todo y no tenía nada. Tenía un imponente Pontiac rojo del año 1966 que Alberto había importado desde Estados Unidos para satisfacer el capricho de Elsa. Y le había salido muy caro el capricho de su amada esposa. Pero por ella todo. Aunque Elsa nunca le había dado un hijo. Para eso tenían a Freddy un gran danés. Como se ve en la pareja todo era a lo grande. Pero Freddy era el mimado de Alberto. A Elsa le gustaban los gatos.

La relación entre Elsa y Andrea avanzaba. Del primer cafecito a la salida del trabajo. Pasaron a ir a un autocine. Ahora que algunos están de moda en un enero caliente en la ciudad. Vieron películas y algo más. Como sucede en los autocine en la noche y en verano. Más tarde cenaron juntas y más de una vez. Siempre, pero siempre el Pontiac rojo estaba presente.

Ya sea estacionado enfrente del restaurante o con ellas en el autocine. Hasta estuvo cerca cuando Elsa fue a cenar a casa de Andrea. Y no fue comida de reparto a domicilio. Nada de eso. Fue comida casera preparada por las manos de Andrea. Esas manos que le despachaban nafta, dos o tres veces por semana, en el Pontiac rojo de Elsa.

Andrea le leyó poemas de su autoría que nunca se habían publicado. Elsa se comprometió a ayudarla en la impresión de su primer libro de poemas. Lo hizo, claro que el que lo pagó fue Alberto. A esta altura Alberto no quería ver el hipopótamo que se bañaba en su pileta de atrás. Simplemente hacía la vista gorda. Pero como un globo todo explotó un día.

Ese día fue cuando un domingo, Elsa y Andrea, se fueron de paseo al río. Lejos de la ciudad y su bullicio. Alberto sabía que Elsa se iba con Andrea. Pero seguía mintiéndose que solo eran amigas. Como dicen la vedetongas en la tele, en esos miserables programas de chimentos en la tarde calurosa de verano.

El día fue espectacular y las dos mujeres sellaron su amor para siempre. Ya nadie, ni nada, las podría separar. Menos un marido que no atinaba ver más allá de sus narices y negocios. El amor entre Elsa y Andrea tuvo un único testigo, el Pontiac rojo. Rojo como la pasión que desataron sobre sus cuerpos las dos mujeres. Todo estaba dicho y se pasó a la acción. El regreso a casa fue victorioso para esas dos enamoradas.

Luego de dejar en su casa a Andrea y luego de innumerables besos, Elsa, volvió al hogar junto a su marido. Le contó todo. Alberto no salía de su asombro y no podía entender porque Elsa le hacía eso. “¿Qué te hago qué?, le dijo Elsa. Ahí se dio cuenta que a su marido poco le importaban sus sentimientos sino las apariencias de empresario exitoso y funcionario público encumbrado.

Elsa le pidió el divorcio. Alberto se lo negó. A Elsa poco le importó y le dijo que tarde o temprano se iría para siempre de al lado de él. Claro que llevándose el Pontiac rojo, que además estaba a su nombre. Alberto lo había hecho así en parte como regalo, pero la verdad que lo hizo para evadir impuestos. ¿Le suena conocido?

Elsa le contó lo sucedido con Alberto a Andrea. Entre ambas armaron un plan para irse juntas sin importarles nada de nada. Hubo una película de los años noventa con una historia parecida y no termina nada bien. Muchas veces las sociedades no logran entender al amor verdadero entre dos personas sin importar clases sociales, colores de pieles y sexo. Esta historia no escapaba a eso. El mal final se veía venir. Más con un marido poderoso.

Un día Elsa preparó la valija, una sola, con pocas cosas adentro para iniciar una nueva vida con Andrea. Por su parte Andrea había renunciado a su trabajo de playera. Con sus pocos ahorros tenía para arrancar de nuevo en otra parte. Le jugaba a favor su título en Letras y en que era unos quince años más joven que Elsa. Pero Elsa tenía un dinero guardado que su marido desconocía.
Siempre una mujer es hábil para lograrse un dinero extra sin por eso faltar a la moral y las buenas costumbres, como diría una tía vieja.

Luego que su marido se fuera al trabajo Elsa se subió al Pontiac y se encaminó a la casa de Andrea. La levantó y ambas empezaron su viaje juntas en una nueva vida. Hasta ahí el fin feliz. Pero la vida no siempre es como nos las cuentan en las películas, ni en mi imaginación tampoco.

El Pontiac estaba siendo rastreado a distancia. En realidad era el rastreo satelital para evitar el robo del auto. Pero Alberto lo había activado para saber dónde estaba su mujer luego que le contara de su relación con Andrea. Se obsesionó con esa relación entre ambas mujeres y quería que terminara. Sin importar si ese final implicaba que su mujer muriera. A ese grado de locura había llegado. No podía entender porque su mujer se había enamorado de una playera de una estación de servicio de mala muerte.

Quería venganza, o revancha. Ninguna de las dos es buena consejera. En nombre de ellas se hacen las peores atrocidades del mundo. Pero en parte el mundo es así porque somos los seres humanos los que lo habitamos. Esos animales incorregibles llamados personas.

Las dos mujeres salieron a la ruta con un destino incierto. Sabían que querían estar juntas para siempre pero no les importaba el destino final. Alberto si quería un destino final para ellas. En el peor de los sentidos. Por eso había contratado a personas, por llamarlas de alguna forma, para que Elsa y Andrea “tuvieran un accidente” en la ruta.

Gracias al rastreo satelital los seguidores, y asesinos a sueldo, sabían dónde estaba exactamente el Pontiac rojo con las dos mujeres que debían eliminar. Todo era cuestión de tiempo y encontrar el lugar adecuado. Una curva, un recodo del camino, a solas, sería perfecto para que la Ford Ranger hiciera el resto y el Pontiac rojo “tuviera un accidente”.

Todo llega y todo pasa. Y así sucedió. Al llegar a un tramo desierto de la ruta la Ranger se lanzó a sacar del camino al Pontiac con las dos mujeres fugadas de su miserable vida anterior. Pero, Elsa los madrugó por el espejo retrovisor, como si los estuviera esperando. “Agarrate que comienza la diversión”, le dijo a Andrea que la miró con cara de asombro.

Elsa pisó a fondo el acelerador el Pontiac salió disparado cual rayo en una tormenta. Creo que los asesinos de la Ranger no se la esperaban. El Pontiac les sacó mucha ventaja. Ahora volver a acercase nos le iba a ser fácil. Además las mujeres estaban sobre aviso.

“¿Qué pasa?”, preguntó Andrea. “Seguro que Alberto contrató matones para liquidarnos”, dijo serenamente Elsa. Andrea no podía salir de su asombro. Elsa le dijo que no era la primera vez que hacía algo parecido con un competidor molesto. Simplemente lo sacaba del camino. “Pero a nosotras no nos sacará del camino. Y si lo hace le resultará muy caro”, dijo enfáticamente Elsa a Andrea.

Lo que Andrea no sabía de Elsa era que había sido piloto de competición cuando era muy joven. Ni siquiera lo sabía Alberto. La pasión por los autos americanos le venía de muy joven cuando le robaba el auto a su padre para ir a correr picadas. Y siempre, pero siempre ganaba. Ese pasado se lo había mantenido oculto a su marido. No sabía bien porqué lo había hecho. Ahora ella misma entendía que sería la diferencia entre estar viva o muerta.

La carrera del Pontiac duró muchos kilómetros y los asesinos de la Ranger no podían acercarse. Lo veían al Pontiac, pero a varios metros por delante. Alberto no sabía otra cosa del Pontiac. Elsa lo había preparado para correr en picadas y cada tanto le asaltaba la idea de correrlo. Pero nunca se había animado a realizarlo. Ahora ese anhelo se estaba concretando para salvarle la vida a las dos.

En eso el Pontiac comienza a perder velocidad. “¿Qué haces, por qué frenas?, le dijo Andrea a Elsa. “Por que vamos a estar todo el día de esta forma. Nunca nos van a alcanzar. ¿Tenes tu celular?”, dijo Elsa. Andrea le respondió que sí. Era de esos smart phone que hacen de todo, hasta pienso que te pueden planchar la ropa.

“Cuando te diga, comenza a grabar”, le dijo la conductora del Pontiac. Aminoró aún más la marcha para que la Ranger se acercara como las moscas a la miel. Derecho como un tren venía la Ranger. “¡Ahora! Comenza a grabar y no te detengas”, gritó Elsa. La Ranger venía directo al topetazo y Elsa pegó una acelerada para evitarlo. Repitió la maniobra como cinco veces.

“Ahora preparate para grabarlos de costado”, dijo Elsa. Y acto seguido cambió a la mano contraria de la ruta. Era una larga recta y nadie venía de frente. Bajó tanto la velocidad que la Ranger se quedó al lado. Justo para que Andrea filmara las caras de los dos asesinos de la Ranger. Uno atinó a sacar una pistola de sus ropas. Pero Elsa era más rápida y el Pontiac ya no estaba al lado sino cincuenta metros más adelante.

“¿Le grabaste las caras a esos hijos de puta?”, le grito Elsa a Andrea. “¡Si!”, respondió en una exclamación Andrea. Eso era lo que quería Elsa. Le dijo que los siguiera filmando mientras los perseguían. También le dijo que se preparara porque iban a salirse de la ruta para perderlos. Cómo se preguntaba Andrea porque no había nadie a la vista, ni camino transversal.

Lo que Andrea no sabía era que la ruta se convertía en autovía dentro de dos kilómetros más adelante. Esa sería la escapatoria. Cómo se preguntarán. No se adelanten a los hechos y piensen que todo esto está pasando por mi imaginación después de saborear una rica manzana como postre. En la radio ya no hablan de la escritora de policiales y su novela de amor entre dos mujeres. Pero yo ya tengo la película en la cabeza y el celuloide corre. Cierto, ahora no hay más celuloide. Me estoy poniendo viejo.

Elsa conocía la ruta y su posterior cambio a autovía. También sabía que un empalme con la ruta troncal traía muchos camiones a la autovía. Esa sería el escape perfecto. Un camión de pantalla. Y así fue. Mientras tanto a lo lejos la Ranger seguía en el espejo retrovisor. De pronto la autovía y un poco más adelante un camión brasileño que parecía no tener final.

“Este camión es nuestro escape”, le dijo Elsa a Andrea. Se adelantó al camión pero sin cambiar de carril para que los asesinos de la Ranger las vieran. Puso la luz de giro indicando que cambiaba de carril, al mismo del camión. Si mordían el azuelo la cosa sería muy sencilla, sino habría que trabar un poco más.

Elsa se puso delante del camión brasileño y bajó la velocidad a la misma del camión lentamente fue desacelerando la marcha hasta acercarse a la trompa del camión. Este hizo sonar la bocina. Elsa le hizo un ademán al camionero para que viera por el espejo retrovisor. Rápidamente entendió que la Ranger las estaban persiguiendo, o jugando con ellas. Habrá pensado que estaban jugando a las escondidas. Mejor. Si era así participaría del juego. Y lo hizo después de todo.

Cuando Elsa vio que la Ranger estaba a la altura de la cola del camión pegó un volantazo y puso al Pontiac sobre la banquina. Se acomodó a la par del camión y esperó que la Ranger estuviera a más de la mitad del largo del remolque. Lentamente desaceleró la marcha dejando que el remolque tapara al Pontiac. Para esto la Ranger estaba llegando a la altura del camión.

En eso Elsa hizo la maniobra que le había ganado la fama de corredora marcha atrás. Colocó la marcha atrás sin problemas y el Pontiac salió despedido en sentido inverso al camión que se alejaba y la Ranger que ya estaba lejos sin entender que había pasado. Un camino de tierra fue la vía de escape de Elsa y Andrea.

Pararon a la sombra de un árbol para abrazarse y besarse. Habían nacido de nuevo y ambas lo sabían. Ahora venía el turno de poner las cosas en su lugar. Antes de seguir Elsa se bajó del Pontiac y se tiró debajo de la carrocería. Apareció con algo en la mano. “¿Qué es eso?”, preguntó Andrea. “El rastreador satelital”, le dijo Elsa. Ella sabía donde estaba porque un día lo descubrió de casualidad cuando estaba preparando el Pontiac para las picadas.

Pero nunca quiso anularlo sabía que algún día le sería de utilidad. Ahora lo era. Dejaron el rastreador a la sombra del árbol y siguieron su camino por el sendero de tierra donde llegaron a un pueblito casi perdido. Ahora venía la revancha o mejor dicho poner las cosas en su lugar.

Llamó a Alberto desde un teléfono público en la estación de servicio. Parece que una estación de servicio siempre está presente entre estas dos mujeres. Le dijo que seguía viva. Además que acaba de subir a las redes sociales el video de la Ranger tratando de sacarlas del camino. El auto era conocido porque había sido visto en la asunción de las nuevas autoridades gubernamentales. Como era convertible Alberto lo había prestado.

También sabían que el auto era de la esposa de Alberto el funcionario del nuevo gobierno que venía de una multinacional. También sabían que Elsa era la esposa de Alberto. Lo que no sabían los seguidores de las redes sociales era que Elsa había presentado en sociedad a Andrea, su nueva pareja. Y a continuación el video con la persecución de los asesinos de la Ranger.

Rápidamente el video dio la vuelta al mundo, como sucede con estas cosas. Se viralizó como se dice. Elsa y Andrea están en algún lugar del país. Alberto no es más funcionario público y todavía está tratando de explicar a sus jefes de la multinacional que relación tiene con los dos hombres armados de la camioneta Ford Ranger. De esos tipos nada se sabe, parece que la tierra se los tragó.

Como terminé de tragar el último pedazo de la manzana rica, dulce y jugosa. Como esas dos mujeres, Elsa y Andrea, que seguramente estarán disfrutando de su amor en alguna parte. Tal vez solo sea que lo imaginé todo. Eso me pasa por dejar volar la imaginación con total libertad y sin ataduras. Como el amor de Elsa y Andrea arriba del Pontiac de color rojo pasión.

Mauricio Uldane

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