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Sunday, August 21, 2016

El primer Ford Falcon

El lunes 10 de febrero de 2014 publiqué una nota sobre la primera versión del Ford Falcon que conocimos los argentinos. Fue a principios del año 1962 y fue armado en la planta del barrio de La Boca de la empresa Ford Motor Argentina. Les dejo el enlace con la nota:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Sunday, June 12, 2016

Cuadro Clínico del Ford Falcon

La revista Parabrisas publicó varios Cuadros Clínicos de automóviles de producción nacional. Entre ellos se encuentra el Ford Falcon. Claro que los modelos que figuran en la nota son de los años 1963 a 1966. Ya que la publicación es de diciembre de 1966.

Cuadro Clínico del Ford Falcon de la revista Parabrisas del año 1966.


Ya para mediados de la década del sesenta se sabía que el Ford Falcon era un automóvil duro y robusto. Se terminaría consolidando como uno de los grandes clásicos de la industria automotriz argentina. Eso es innegable con las décadas trascurridas.

Tanto éxito tuvo que es el segundo automóvil más producido, durante casi 30 años, de la industria automotriz local. Se lo fabricó entre 1963 y 1991. Los modelos del año 1962 fueron importados y armados en la planta del barrio La Boca en la ciudad de Buenos Aires.

A partir de mediados del año 1963 y con cambio de línea mediante se lo comenzó a fabricar en la planta de la empresa Ford Motor Argentina ubicada en la localidad de General Pacheco en la provincia de Buenos Aires.


Mecánicamente no era un automóvil con problemas serios. Al menos en esos tres primeros años que abarca el Cuadro Clínico de la revista Parabrisas, que lo publico en forma completa. De esta forma muchos usuarios de los Ford Falcon tendrán un mejor conocimientos de sus autos clásicos.

Una forma sencilla y rápida de saber la cilindrada del motor, en caso que este estuviera en estado original, es que las tapas de válvulas de color rojo corresponden a los motores chicos del Falcon. Los motores CID 170, este número por las pulgadas cúbicas de la cilindrada. Cilindrada que era de 2.786 centímetros cúbicos.


En cambio los motores CID 187 que comenzaron a traer los Falcon Futura, y con una cilindrada de 3.064 centímetros cúbicos, tenían las tapas de válvulas pintadas de color dorado. Lejos estaba el motor 221 de mayor cilindrada y potencia.

En un principio el motor de 187 pulgadas cúbicas solo venía en los Falcon Futura. Pero a partir del año 1966 se lo pudo usar, en forma opcional, en los modelos Standard y Taxi. El otro modelo que lo comenzó a montar fue el De Luxe. Recién en el año 1964 se fabricó localmente el motor CID 187. Antes de ese año los motores eran los importados desde Estados Unidos y correspondían al CID 170.

En esta nota hay un cuadro con las especificaciones técnicas de los dos motores de aquella época. También en la misma publicación hay una guía de lubricantes para los distintos órganos mecánicos con las marcas recomendadas y las especificaciones de cada pieza.


Durante el año 1964 se nacionalizó la caja de velocidades y el eje trasero que lo comenzó a producir la empresa Transax. Incluso cambiaron las relaciones de las diferentes velocidades y la del diferencial trasero. Los Falcon hasta ese momento tenían estas piezas originales de Ford de Estados Unidos.

Una manera rápida de visualizar las trasmisiones importadas de las nacionales es muy sencilla: las ruedas de los modelos traídos desde Estados Unidos tienen cuatro agujeros, mientras que las argentinas son de cinco agujeros. Aunque durante los años 1965 y 1966 se produjeron unas 900 unidades con las trasmisiones importadas de cuatro agujeros.

Hacia el final de la nota se encontrarán con un listado, con el kilometraje indicado, de las manutenciones que corresponde realizarse a los Ford Falcon producidos por la empresa Ford Motor Argentina.

El Cuadro Clínico del Ford Falcon fue publicado en la revista Parabrisas número 72 de diciembre de 1966, que es de donde lo tomé, para publicarlo completo para todos los seguidores/lectores de Archivo de autos, el sitio de los viejos autos que supimos conseguir.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Thursday, May 19, 2016

Un Falcon diferente

A principios del año 1965 se presenta la nueva línea del Ford Falcon entre los cuales estaba el Falcon Futura. El primero de los Falcon en traer butacas delanteras y consola de metal. A diferencia de sus hermanos con asiento enterizo en la parte delantera.

Publicidad de la revista Selecciones del Reader’s Digest del año 1966.


Esta vieja publicidad del año 1966 nos enseña cómo era aquella versión de Falcon Futura a través de un dibujo. Algo muy habitual por aquellos años en la publicidad de Argentina. Salvo la fotografía mostrando las dos butacas delanteras.

Uno de los ornamentos que traía el Falcon Futura era un remedo del movimiento de las capotas de los viejos autos sobre el parante trasero. Además tenía el techo vinílico negro. Algo que se puso de moda por varios años, en Argentina, en los automóviles de origen estadounidense.

También las tazas con rayos, opcionales, nos remitían a las viejas llantas de rayos de alambre con una tuerca central. Eso que aquellos autos deportivos de los años treinta tenían entre su equipamiento de serie. El resto, mecánicamente hablando, era similar a sus otros hermanos de línea.

También tenía cinturones de seguridad de cintura. Algo que para la época estaba más orientado a darle un toque deportivo que a la seguridad pasiva de un automóvil. Tenían que pasar varias décadas para que el cinturón de seguridad fuera mirado como medio para salvar una vida.

Aunque con el correr de los años aparecería el Ford Falcon Sprint, que para los papeles no dejaba de ser un Ford Falcon Futura. Y así figuraba en la cédula verde para poder circular por todo el país.

Está de más decir que el Ford Falcon, en todas sus versiones, fue uno de los automóviles argentinos más vendido en el mercado interno. Se ganó la fama por resistente y duro. Durable y confiable. Además que le robó el corazón a muchos argentinos, y tenía con qué.

La vieja publicidad salió publicada en la revista Selecciones del Reader’s Digest de mayo de 1966, es decir que está cumpliendo 50 años de vida, esta es otra de las piezas gráficas que salen de ese archivo personal que nutre de imágenes a las notas diarias. Esas que salen publicadas en Archivo de autos, el sitio de los viejos autos que supimos conseguir.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, April 30, 2016

Mi vida con el Falcon

Lo conocí a Don Juan de casualidad. Hace tiempo que me pregunto si realmente fue una casualidad. Esa tarde en el bar de la esquina tomando un café me crucé con él. Desde ese momento mi vida cambió para siempre. No creo que fuera una casualidad.



El Bar La Amistad era mi punto de reunión a diario y mi base de operaciones, por así decirlo. Usaba la mesa del bar como un apéndice de mi oficina, aunque oficina no tenía y atendía mis negocios en mi casa a la vuelta de la esquina.

Todo quedaba circunscripto a una manzana. La manzana de mi vida, se podría decir. Esa tarde vino Don Juan a tomarse un cafecito y nos conocimos. Él no me buscaba y yo tampoco quería comprar un auto clásico. Pero una cosa lleva a la otra y pasó.

Pero no avancemos en la historia tan rápido que tiene sus bemoles. Para empezar Don Juan se enteró de mi pasión por los autos antiguos y clásicos. Estuvimos más de dos horas hablando de autos del pasado. Hasta que me soltó la bomba.

“¿Sabe qué tengo un Falcon desde cero kilómetro?, me dijo con una sonrisa pícara. La verdad que no tenía tanto tiempo de vivir en ese barrio para conocer su historia. Me había mudado no hacía más de tres meses, harto del anterior barrio más céntrico, ruidoso y multitudinario.

Amaba este nuevo barrio por muchas cosas. Por sus vecinos, sus veredas, sus sonidos y sus pájaros. Había perdido de la memoria el canto de los zorzales temprano por las mañanas. Ahora los tenía frente a mi ventana y eso ya era un buen síntoma para encarar el nuevo día.

Me interesó conocer un poco más del Falcon de Don Juan. Así que le fui haciendo preguntas para saber en qué estado se encontraba. “Si quiere verlo arreglamos un día y se viene para mi casa”, fue la invitación de este hombre ya anciano que parecía estar buscándolo un nuevo dueño a su Falcon.

Le dije que le avisaba cuando iría a verlo. En ese momento no pensaba comprar un auto clásico. No porque no tuviera el dinero, ni el lugar para guardarlo. Tenía ambas cosas. La casa que había comprado con la venta de mi departamento era bastante grande y con garaje.

Pero lo mejor de todo era que me había sobrado un resto de guita de la venta y no la había tocado, ni pensaba tocarla en ese momento de mi vida. Ya aparecerá algo en que invertirla. Pensé. No sabía dónde terminaría ese dinero, ni cómo cambiaría mi vida en un futuro no tan lejano.

Uno traza planes que la vida desbarata con una facilidad increíble. A veces me pregunto para qué carajos programamos con antelación ciertas cosas. Si suelen salir al revés de cómo pensábamos que saldrán. Por eso la vida me hizo entender cómo navegar en sus aguas, sin esforzarme tanto por salirme de la corriente.

No quiere decir que hiciera cualquier cosa, sino a tener una mejor predisposición para los cambios que nos tiene reservados la vida. Contra eso es casi imposible luchar. Mejor dejar que las cosas fluyan como dicen nuestros hermanos del Caribe. Si dejamos correr la vida, las cosas suelen encaminarse.

Una mañana que estaba en casa, luego de desayunar en el Bar La Amistad, suena el teléfono. Atendí pensando que era un cliente de los que llamaba para averiguar los precios y luego desaparecen como por arte de magia. Eran Don Juan preguntándome porqué no había ido a visitarlo.

“Mañana paso sin falta”, le respondí. “De ninguna manera. Después a la tarde, a la hora del mate, se viene para mi casa. Quiero mostrarle el Falcon”, casi me ordenó desde el otro lado del teléfono. No me quedó alternativa que cumplir su mandato. Era un anciano y con ellos nunca se saben si estarán mañana.

A la tarde con unos bizcochos de grasa, que compré en la Panadería La Ideal, caminé las casi cinco cuadras que me separaban de la casa de Don Juan. Me recibió con alegría y mate. Además de presentarme a su esposa, Doña Esther. Un encanto de señora que más de uno la hubiéramos querido de abuela.

Don Juan me contó la historia del Falcon de cuándo lo había comprado en el año 1966 y lo trajo por primera vez a esa casa donde mateábamos tranquilos. Por dentro me preguntaba porqué me contaba esta historia. Algo dentro de mí había descubierto las intenciones del anciano. Pero era prematuro formularme una teoría.

Luego que me contó la historia de su vida con el Falcon, Don Juan, me dijo: “Ahora quiero que lo vea y me diga que le parece”. Acepté y caminamos hasta el garaje donde descansaba su amado Ford Falcon modelo 1966. Estaba totalmente tapado con un excelente cobertor de plástico. Tranquilamente podría haber estado a la intemperie con semejante protección.

Encendió la luz del garaje y corrió la funda. Ante mí apareció un auto como salido de la concesionaria, no el día anterior, sino unos segundos más tarde. Estaba en un estado de conservación increíble. Todo parecía nuevo y sin uso. Pero en realidad estaba usado y tenía unos 90.000 kilómetros caminados.

Para un auto de 1966 era nada por la cantidad de años transcurridos. Casi, casi 50 años. Esto que les cuento ocurrió hace muy poco tiempo. He perdido un poco la noción de lo sucedido. Fueron muchos cambios en mi vida en pocos, poquísimos meses desde que conocí al Falcon de Don Juan.

Esa no fue la última visita a la casa donde vivía el Falcon. El anciano me hizo ir más de cinco veces para entrenarme, luego me di cuenta, para ser el nuevo propietario del Falcon. Un vendedor de una concesionaria diría: “segunda mano”. Así fue, Don Juan, quería que fuera el dueño de su Falcon.

Todavía no entiendo porqué me eligió a mí. Que ni siquiera era del barrio. Era un forastero si se quiere en ese lugar tranquilo. Me terminó vendiendo el Falcon y lo pagué con la guita que me sobró de la venta del departamento. Era el feliz poseedor de un auto clásico argentino. Uno de los más amados y  vendidos en el país.

Pero me lo vendió con la condición que todas las semanas lo llevara a dar una vuelta con su querido Falcon. Por supuesto que acepté. No le quedaba mucho tiempo de vida. Aunque yo no lo sabía en ese momento. Tenía una enfermedad terminal y antes de irse de este mundo quería que “su” Falcon estuviera en buenas manos.

Un día le pregunté porqué no se los dejaba a algunos de sus tres hijos, dos varones y una mujer. “Son tres pelotudos que lo van a cagar vendiendo a cualquiera”, me contestó. Comprendí que sus hijos no entendían el valor del Falcon para Don Juan. Yo que era un extraño de la familia tenía ese honor.

Los paseos semanales fueron muy interesantes para conocer la historia de ese anciano con el auto. El auto de su vida, que ahora empezaba a ser la mía de a poquito como quien no quiere la cosa. Yo no quería en un principio y ahora tenía casa con auto en un barrio periférico de la gran ciudad.

Llegó el día. Una mañana temprano recibí el llamado de Doña Esther: “Murió Juan”, simplemente me dijo del otro lado de la línea. Era de esperar. En el último tiempo había empeorado mucho y tuvimos que suspender los paseos en el Falcon. “Cuente conmigo para lo que necesite”, le dije a la ahora viuda.

Así fue como el Falcon estuvo presente en el velorio de Don Juan y el posterior cortejo fúnebre. Llevé a los deudos. Doña Esther con sus tres hijos, todos a bordo del Falcon, el último viaje para su antiguo dueño. Creo que en el camino al cementerio uno de los hijos comprendió el valor que tenía el Falcon para su padre.

“Por suerte el viejo te lo vendió a vos. Va a estar en buenas manos”, dijo desde el asiento de atrás. Lo miré por el espejo retrovisor y asentí con la cabeza. A mi lado Doña Esther me sonreía. Parecía como que la última voluntad de Don Juan se cumplía al pie de la letra. Como si él hubiera escrito el guión de una película.

Todo terminó por la tardecita con un fuerte abrazo de Doña Esther y la promesa que fuera a tomar mate una de esas tardes. Debía reponerme de la muerte de Don Juan. Sabía que pasaría, pero me costaba asumirlo. Los días siguientes fueron como nebulosos y poco recuerdo de lo que pasó.

Hasta que un sábado a la tarde que salí con el Falcon, como hacía con Don Juan, una mujer morocha, muy linda, me saludó desde la vereda. Le respondí el saludo, pero la verdad que no la había visto en mi vida. Una lástima porque la morocha, ya madura, merecía más que una mirada.

Pasaron los días y seguía nebulosa mi mente. En el medio un estudio por la mañana que me obligó a estar en ayunas y de regreso paré en el Bar La Amistad a desayunar. Serían más de las diez y media y la morocha que entra al bar.

No solo entra sino que me sonríe y se encamina hacia mi mesa. “Hola. ¿No es un poco tarde para desayunar?”, me dice. Pero qué le pasa a esta mina. Entró para retarme. La sonrisa la delata y rápidamente me di cuenta que me está tomado el pelo.

Lo único que falta que ahora las minas del barrio me tomen para el churrete. “Lo que pasa es que me tuve que hacer un estudio en ayunas y recién pude desayunar”, le respondí. Una sombra oscureció la sonrisa de la morocha. “¿Algo grave?”, me preguntó en un susurro y con un tono de voz que hizo que varias alarmas hormonales se sacudieran en algunas partes de mi cuerpo.

Le conté que era un examen de rutina nada más. Eso la tranquilizó y arremetió con: “Me enteré que le compraste el Falcon a Don Juan”. Le respondí que sí que antes de morir me lo vendió. “Sí, los hijos son unos pelotudos”, me dijo suelta de cuerpo. Hay algo dentro de mí que se sacude cada vez que una mujer hermosa putea.

No sé, pero las veo más hermosas. Se que estoy un poco tocado y no tiene arreglo, pero bueno, así me armaron de fábrica. “¿No querés tomar un café? Yo invito”, le dije. No quería quedarme solo con un saludo y un par de preguntas. La morocha bien valía la pena para una larga charla, café de por medio.

“Me llamo Susana”, me dijo dándome un beso en la mejilla. Luego de recuperarme de su calidez y su perfume le dije mi nombre. Estuvimos más de una hora charlando y le conté de mi relación con Don Juan y el Falcon. También ella me contó algo de su vida.

Para empezar no estaba en el país sino en México. Resultó que era antropóloga y había pasado los últimos seis meses conviviendo con una tribu en un trabajo de campo. Me acordé de la esposa de un compañero de trabajo, cuando los tenía, hace años que no pasa. También era antropóloga y en uno de sus viajes trajo una foto de un rancho que era la vivienda de unos tobas.

Instintivamente me salió decirle que parecía un country. Esto fue hace casi 30 años atrás cuando ese tipo de emprendimiento inmobiliario se estaba poniendo de moda en los alrededores de la gran ciudad. Lo que se rió Susana con mi ocurrencia de la juventud no tiene nombre. Bien a mi favor, un punto en humorismo.

No fue la única anotación. Fueron varias. Como las salidas con el Falcon o las visitas a la casa de Doña Esther. Resultó que Susana era vecina y conocía el Falcon desde chica. Además Don Juan la llevaba de paseo junto con sus hijos. Para Susana, el anciano muerto, era como un tío. Y lamentó mucho no poder estar presente para el funeral.

Comenzamos a salir más seguido, incluso fuimos a varios encuentros de auto con Susana y el Falcon. Hasta la dejé que lo manejara. Tendrían que ver cómo maneja. Es tan buena que en un viaje la dejé que manejara ella sola y yo dormí todo el trayecto de lo cansado que estaba por mi laburo.

A esta altura del partido debo decirles que el nuevo barrio no solo me dio una nueva casa, sino un auto clásico, amigos que parecen de toda la vida y lo más importante a Susana. Mi compañera de ruta. Todo porque Don Juan se sentó en mi mesa a tomar un cafecito en el Bar La Amistad. Recién ahora me di cuenta porqué se llama así.

Mauricio Uldane

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