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Wednesday, August 31, 2016

Peugeot de carrera

El automóvil que veremos es un Peugeot L 76 del año 1912 y su piloto Georges Boillot. Hablaremos un poco de ambos en esta nota de la sección “Auto antiguo”.

Peugeot L 76 del año 1912.

Georges Boillot está considerado como una figura del automovilismo deportivo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial. Tanto de Francia, su tierra natal, como toda Europa. Había nacido en el año 1885 y desde muy joven integró el equipo Lion-Peugeot de voiturettes, autos livianos de carrera.

Su primera victoria le llegó en el año 1909 en la Copa de Normandía que se corrió en la localidad de Caen. Para el año 1911 sus triunfos eran cada vez iban en aumento, pero su consagración le llegaría un año más tarde.

Fue en el año 1912 que ganó el Gran Premio del Automóvil Club de Francia al mando de un Peugeot L 76 de ese año. Dicho auto de carrera tenía un motor de 7.598 centímetros cúbicos con doble árbol de levas a la cabeza. A principios de 1912 el equipo Lion-Peugeot se fusionó con la empresa Peugeot.

Es así como Boillot pasa a correr con automóviles de la marca francesa. Boillot integró el equipo de carrera con los pilotos Zucarelli, Henry y Goux. El Gran Premio de Francia se desarrolló en la localidad de Dieppe. En esa oportunidad tuvieron como rivales a los automóviles Fiat, representando a Italia, y los Sunbeam, haciendo su parte por Gran Bretaña.

En aquellos años de pre guerra mundial las carreras eran difíciles. Eran pocas durante el año y duras de correr. A eso había que sumarle el tamaño de los automóviles de carrera que no eran nada dóciles de conducir. Los caminos apenas estaban asfaltados y las carreras, como ese Gran Premio de Francia, tenían pocas vueltas. Pero cada vuelta implicaba recorrer varias decenas de kilómetros.

Para que tengan una idea les cuento que la Targa Florio, una de las carreras emblemáticas de Europa, que se corrían en Italia, solo tenía tres vueltas en total. Pero no quería decir que era una competencia corta, sino todo lo contrario.

Por eso se ve en el Peugeot L 76 tres ruedas de auxilio y una rejilla protectora en el radiador de agua. La dureza de la prueba era para las máquinas y los pilotos. Los copilotos eran los mecánicos que debían resolver problemas sobre la marcha de la competencia. Nada de equipo en los boxes y filmados por decenas de cámaras de televisión. La tecnología tardaría muchas décadas en llegar.

La rudeza de estas pruebas era parte de la aureola que rodeaba a estos valientes pilotos. Se los podría comparar con los pilotos de los biplanos de la Primera Guerra Mundial. Algo de esa valentía, mezclada con osadía, en el aire se daba en las pistas, o circuitos de mera tierra.

Su mejor carrera fue una que no ganó. En el año 1914 se disputó el Gran Premio del Automóvil Club de Francia donde se impusieron los Mercedes, que eran muy superiores. El único automóvil de otra marca, que les hizo frente, fue el Peugeot que manejaba Boillot.

Al mando de un Peugeot de 4,5 litros se mantuvo a la cabeza hasta la mitad de la prueba a 1 minuto del Mercedes de Lautenschlager. Pero en la última vuelta el Peugeot dijo basta y le abandonaron los frenos, el motor, la dirección y la suspensión casi todo al mismo tiempo.

Eso fue el 4 de julio de 1914 y poco tiempo antes, el 28 de junio, con el asesinato del príncipe heredero del imperio Austro-Húngaro, Francisco Fernando, y su esposa Sofía Hohenberg, Europa entra en la guerra mundial. Georges Boillot se alistó como voluntario en la fuerza aérea francesa. En el año 1916 su avión biplano fue derribado.

El Peugeot L 76 del año 1912 al mando de Georges Boillot, con el cual ganó el Gran Premio del Automóvil Club de Francia, lo tomé de la Enciclopedia Salvat del Automóvil.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, August 27, 2016

Alfa Romeo de carrera: los Grand Prix P

El domingo 3 de agosto de 2014 publiqué una nota histórica hablando de los autos de carrera Alfa Romeo Grand Prix P1, P2 y P3. Esta nota es un complemento de los orígenes de la automotriz lombarda. Les dejo el enlace:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Wednesday, August 10, 2016

Un deportivo llamado Blood Mary

El jueves 23 de abril de 2015 publiqué una nota sobre un pequeño automóvil deportivo inglés que se lo bautizó Blood Mary. Además tenía un motor de motocicleta para movilizarlo. Les dejo el enlace para que pueda leer la vieja nota del blog de Archivo de autos:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos 

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Wednesday, July 27, 2016

Ford T de carrera

Vimos la largada de los viejos Ford T de carrera. Donde uno de ellos era de mi abuelo paterno. Hoy veremos de cerca ese auto que supo correr Don José Uldane, mi abuelo que era mecánico y corredor amateur. Allá en un pueblo bonaerense, cerca de la provincia de La Pampa.


El Alfa Romeo P2

El proyectista Vittorio Jano desarrolló para la empresa italiana Alfa Romeo el Grand Prix o Gran Premio P2 en 1924. Este auto de carreras le traería una gran cantidad de triunfos a la empresa Alfa Romeo.


Saturday, July 16, 2016

El Auto Union de carrera

La historia de Auto Union se remonta al año 1928 cuando la Zschopauer Motorenwerke J.S. Rasmussen AG (Aktiengesellschaft, sociedad por acciones), que fabricaba los automóviles DKW, absorbe a la empresa Audi-Werke AG. En agosto de 1932estas dos empresas fusionadas se unen a otra empresa alemana: laHorch, fabricante de autos de lujo, que competía en el mercado alemán con la Daimler-Benz. Durante ese año se suma al consorcio la empresa Wanderer-Werke AG que tiene el gran aporte de agregar al grupo al Ingeniero Ferdinand Porsche. Quien será uno de los responsables del diseño del  Auto Union Grand Prix tipo A.



Sunday, May 29, 2016

Torino a la Crespi

El automovilismo deportivo no es un tema que se trate a menudo en las notas de Archivo de autos. Pero de vez en vez nos acercamos a alguna historia deportiva del pasado. Hoy conoceremos el Crespi-Torino TC de Nasif Estéfano que surgió luego de un accidente del piloto del TC (Turismo Carretera). Eso fue a mediados del año 1967 cuando los Torino de IKA (Industrias Kaiser Argentina SA) ganaban carreras sin parar.

Crespi-Torino TC del año 1967 realizado por Tulio Crespi
para el piloto Nasif Estéfano. Fotografía de la revista Automundo
número 114 del 11 de julio de 1967.


Tenemos que remontarnos a la tarde del sábado 3 de junio de 1967 cuando en las pruebas de clasificación del Segundo Premio Juan Gálvez, que se disputarían en el autódromo municipal de la ciudad de Buenos Aires, el Torino de Nasif Estéfano quedó con graves daños.

Luego de tomar el curvón que sigue a la recta principal, del autódromo porteño, el Torino de Estéfano perdió la línea en la pista de asfalto hizo un trompo y fue a dar de lleno contra el murallón que limita el autódromo.

Vista de la trompa del Crespi-Torino TC de 1967.
Fotografía de la revista Automundo número 114 del 11 de julio de 1967.
 
El Torino pertenecía al equipo de competencia de Donati, uno de los concesionarios de la empresa IKA. De esta forma el automóvil de carrera no pudo participar de la competencia que se realizó el domingo 4 de junio y que organizaba el Vicente López Automóvil Club.

El Torino siniestrado fue llevado al taller del artesano Tulio Crespi en el barrio de Chacarita, en la ciudad de Buenos Aires, que se ubicaba en la calle Santos Dumont. Ahí el Torino chocado quedó por 12 días a la espera de una decisión del piloto Nasif Estéfano.

El jueves 15 de junio llegó la decisión del piloto de TC: le daba vía libre a Tulio Crespi para reformar su Torino de carrera. Al parecer Crespi dijo: “a mi juego me llamaron” y de puso a transformar el Torino de Estéfano según lo que rezaba el reglamento de Turismo de Carretera de la época.

Los trabajos en el taller de Tulio Crespi en el Torino TC.
Fotografía de la revista Automundo número 114 del 11 de julio de 1967.

La idea era tener listo el automóvil de carrera para el domingo 9 de julio y solo faltan 23 días para llegar a ese día. Se llegó con la realización del Crespi-Torino TC, pero la ACTC (Asociación Corredores Turismo Carretera), entidad organizadora de la carrera, postergó la fecha para domingo 16 de julio, es decir una semana más adelante.

Semana que se usó para ajustar algunos detalles y experimentar más con el nuevo Torino TC de Nasif Estéfano. El diseño logrado por Tulio Crespi recordaba, por aquellos días, al Lamborghini Miura que diseñara el italiano Nuccio Bertone. Pero al parecer, Crespi al ser consultado, no tuvo en cuenta al Miura a la hora de perfilar el Torino de Estéfano.

Vista de ¾ de perfil trasero izquierdo del Crespi-Torino TC.
Fotografía de la revista Automundo número 114 del 11 de julio de 1967.

La trompa, que era totalmente de chapa, albergaba dos salidas de aire que dejaban pasar el aire caliente que salía del radiador de agua que estaba detrás de la parrilla de Crespi-Torino TC. Esa parrilla baja debía contener la que traía originalmente el Torino de calle.

El motor se corrió 15 centímetros hacia atrás para lograr un mejor equilibrio de pesos. También el puesto del piloto se había desplazado 25 centímetros hacia la cola del Torino. Completaba el cambio del habitáculo el parabrisas que ahora tenía una inclinación de 53º. Tanto el motor como la caja de cambios eran de un Torino TC común.

La suspensión delantera había sido modificada en la parrilla inferior que en su anclaje a la carrocería se subió 40 milímetros. Se aumentó el ángulo de avance y la geometría de la suspensión permitía el cambio de los resortes helicoidales. Además permitía usar resortes más largos para las carreras en ruta.

Comparación entre un Torino 380 de calle, a la izquierda, y del
Crespi-Torino TC realizado para Nasif Estéfano. Fotografía de la revista
Automundo número 114 del 11 de julio de 1967.

De esta forma se podía tener un Torino para pista o para ruta según fuera la necesidad de la competencia a disputar. Recuerden los lectores que ya hacía varios años que en Argentina el TC se disputaba en circuitos cerrados, además de las carreras en ruta.

En la suspensión trasera se habían alargados los tensores superiores del diferencial. Y detrás del diferencial, en la cola del Crespi-Torino TC, no había nada más. Además la cola se acortó 40 centímetros con respecto al Torino 380 original.

La altura final, con el auto completo, sería de 1.270 milímetros. Que se descomponía en 1.150 milímetros del piso de la carrocería al techo de la misma y que se le sumaban 120 milímetros de despeje. Una enorme luneta que caía hacia la cola acortada era el remate final de la carrocería de este Torino reformado.

El Crespi-Torino TC en las pruebas de clasificación el sábado
15 de julio de 1967 en el autódromo de Buenos Aires. Fotografía de la
revista Automundo número 115 del 18 de julio de 1967.

La carrocería en su parte baja había sido encarenada totalmente y el caño de escape compartía el túnel con el cardán para realizar su recorrido desde el motor hasta la salida. De esta forma se tenía una superficie plana en la parte baja del Crespi-Torino TC.

Detrás de los asientos se ubicaban los tanques de combustible que totalizaban una capacidad de 120 litros. El peso total del Torino de Estéfano estaba en el orden de los 1.050 kilogramos. Hay una foto donde se puede apreciar las colas de un Torino 380, de calle, y el Torino de TC modificado por Tulio Crespi.

En el equipo de trabajo estaban las siguientes personas: Carlos Bozyk, Alfredo Di Giano y Rafael N. Sergio que se encargaron del trabajo de la chapa; Salvador Grosso realizó la pintura y Humberto Muzzio, integrante de la empresa Donati y mecánico de Nasif Estéfano.

Largada de la carrera del domingo 20 de agosto en el autódromo
de Buenos Aires. Fotografía de la revista Automundo
número 120 del 22 de agosto de 1967.

La primera carrera del Crespi-Torino TC se corrió el domingo 16 de julio en el autódromo de la ciudad de Buenos Aires. Por un cambio de diferencial Nasif Estéfano, el sábado 15 de julio, no logró una mejor posición de largada. Cuando realizó el cambio acertado mejoró los tiempos.

En la tercera serie que corrió, el domingo mencionado, llegó en tercer lugar con el número 14 pintado en su Torino y en la serie final quedó en cuarto puesto con un tiempo de 26 minutos con 9 segundos y 1 décimo completando 20 vueltas.

Hay una fotografía que muestra la largada del domingo 20 de agosto de 1967, donde Estéfano ganó la primera serie, con el número 15 pintado en su auto, y que terminó en sexto lugar en la serie final a 20 vueltas. Lo interesante de esa imagen es que podemos comparar el Crespi-Torino TC con los Torino Liebre II y los Torino con carrocería normal.

Además de apreciar cómo todavía, en el año 1967, el TC seguía con cupecitas y el cuadrado de Peduzzi en carrera. Lentamente era una categoría que se estaba modernizando y los Torino, con su debut el domingo 26 de febrero en la Vuelta de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires, venían ganando sin parar.

Las fotografías que ilustran esta nota fueron tomadas de la revista Automundo. Del número 114, del 11 julio de 1967, de donde tomé el trabajo de transformación del Crespi-Torino TC. Del número 115, del 18 de julio de 1967, saqué la foto de la primera carrera realizada y del número 120, del 22 de agosto de 1967,  tomé la largada de la carrera del domingo 20 de agosto.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, April 23, 2016

El auto de carrera de Castano

César Castano llegó a la Argentina de su Italia natal en el año 1912 contando con 19 años. Había nacido el 30 de agosto de 1893 en la ciudad italiana de Milán. Durante dos años trabajó para construir su automóvil de carrera para competir en el país que presentó en sociedad en el año 1923.

El auto de carrera de César Castano del año 1923.
La fotografía fue tomada de la Historia Deportiva del
Automovilismo Argentino de Alfredo Parga.


El automóvil de Castano, que pasó a llamarse con el apellido de su creador, llevaba un motor SPA (Società Ligure Piemontese Automobili) de avión de cuatro tiempos y 6 cilindros en línea que otorgaba una potencia de 210 a 220 HP.

El encendido del motor estaba a cargo de dos magnetos Marelli y era un carburador de la marca Zenith el encargado de la alimentación de combustible. El chasis era doble muy bajo con refuerzos en la parte delantera.

El tablero contaba con un acelerador de mano, una bomba para el tanque de combustible, el accionamiento de las válvulas de descarga y un recipiente pequeño con mezcla para los arranques en frío.

El motor giraba a unas 2.000 revoluciones por minuto y según César Castano podía alcanzar los 170 kilómetros por hora en el año 1923. Fue presentado en el 6º Salón del Automóvil de Buenos Aires y luego expuesto en el taller que Castano tenía en la calle Canning en el porteño barrio de Palermo.

En la presentación del Castano causó muy buena impresión. Lo que llamó mucho la atención era el largo total del auto de carrera que era de 5.800 milímetros. También el largo del capot produjo las miradas del público: 2.100 milímetros. Y la larga cola despertó el interés de la gente.

En el año 1925 la empresa automotriz turinesa Fiat envió a su piloto de carrera oficial, Pietro Bordino, para realizar demostraciones en América del Sur con una unidad Grand Prix de 2 litros de cilindrada.

Pietro Bordino piloto italiano de la empresa Fiat.
La fotografía fue tomada de Enciclopedia Salvat del Automóvil.

Estando en el país vecino de Brasil en una prueba de kilómetro lanzado el Fiat al mando de Bordino alcanzó los 191,280 kilómetros por hora y causó asombro entre los espectadores. Llegado a Argentina se quiso repetir la prueba en la calle Blandengues de la ciudad de Buenos Aires. Pero las malas condiciones de la calle hicieron cambiar de escenario.

Así la pista para la prueba que se eligió fue la recta que unía las localidades de Morón y Bella Vista en lo que ahora es el Gran Buenos Aires en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires.  La salida del Fiat de Bordino se dio desde el almacén de Cagnone. En la primera pasada el piloto italiano alcanzó los 192 kilómetros por hora.

Alguien entre el público dijo que el Castano podía correr igual o mucho más. Y como pasa con estas cosas el dicho comenzó su derrotero. Pero la empresa Fiat no aceptó la invitación para realizar la prueba entre los autos de carrera. Hay que aclarar que por aquellos años era una cosa habitual esas carreras de dos autos.

Ya sea para batir un récord de velocidad o solo por una apuesta o un desafío planteado entre dos pilotos. Se podrían comparar con los duelos a pistola o espada que estuvieron vigentes hasta entrado el siglo XX y luego prohibidos. Eran duelos automovilísticos que podían congregar muchos espectadores y eso que no existían las redes sociales…

Pero no fue el caso y César Castano decidió llevar su auto de carrera al mismo escenario para correr solo. Pero para esa época el motor era de la marca Caproni con 250 HP de potencia y 16 litros de cilindrada. Las propias palabras de Castano nos cuentan que usaron un diferencial 1 a 1 y que el auto podía alcanzar los 180 kilómetros por hora.

Castano cuenta lo siguiente: “El piso no estaba tan bien como cuando los usó el italiano. Cuando él caminó allí, se habían tapado hasta los pozos más chicos. Cuando fuimos nosotros, estaba todo roto. Salimos a probar primero para un lado, después para el otro”.

En ese momento de la prueba y cuando el auto de Castano había alcanzado más de mil revoluciones por minuto en directa el piloto local descubrió que no tenía frenos. “Afortunadamente lo pude detener en medio del campo, sin pisar a nadie. Allí terminó nuestro desafío”, contó César Castano a los periodistas de la revista El Gráfico el 8 de enero de 1964.

También les contó: “Cuando yo sentía nostalgia de aquel fierro, entraba al garaje y lo ponía en marcha. Bramaba tan sano como el primer día”, recordaba César Castano. Con el correr de los años crearía su propia empresa automotriz para fabricar el Castanito, una pequeña camioneta a mediados de la década del cuarenta.

Las fotografías fueron tomadas de la Historia Deportiva del Automovilismo Argentino de Alfredo Parga y publicada por el diario La Nación en el año 1994 en Buenos Aires, Argentina, para el auto de carrera de Castano y de la Enciclopedia Salvat del Automóvil del año 1974 para la imagen de Pietro Bordino.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, April 2, 2016

El Galleguito Rodríguez

La casa cuando la vimos con Marta, mi esposa, nos enamoramos de ella de inmediato. Cuando conocimos a los Pérez, sus dueños, enseguida entramos en sintonía. Lo que no entendíamos era porque la vendían a tan bajo precio. Nos dijeron que necesitaban mudarse por razones laborales. Les creímos. Yo enseguida vi que el garaje tenía lugar para dos autos, el de Marta y el clásico que pensaba comprarme. Pero lo barato tiene una razón de ser.



Compramos la casa con el dinero que teníamos ahorrado, que pensábamos, solo sería una parte del valor. Con lo cual no tuvimos que financiar nada. Estábamos libres de deudas, que en los tiempos que corren no es poco decir. Para mí la casa nueva era ideal. No solo porque era vieja, cómoda y linda. Sino que tenía espacio para mi escritorio donde escribía las notas para mi sitio de autos viejos. Eso que comenzó como un entretenimiento y se convirtió en un trabajo. Que gracias a la tecnología podía hacer desde mi casa para el mundo.

Así que luego de desayunar con Marta, y despedirla hacia su trabajo, me sentaba frente al monitor de la computadora a escribir alguna de las notas diarias que publico en mi sitio. En esa tarea estaba cuando lo escuché. El clásico sonido del motor de un auto de carreras, pero no nuevo sino con algunos años.

Pensé que en el barrio alguien estaba preparando algún viejo TC del Ayer o algo parecido. No estaba muy errado, pero no era del todo cierto. El auto pasó por delante de mi casa y se perdió en la tranquilidad de la calle. Debo decirles que la calle de mi casa tiene muy poco tránsito, tanto que si pasan 20 autos por día es mucho.

Es una calle apartada de las avenidas del barrio y los autos que se escuchan, en su gran mayoría son de vecinos que van a sus trabajos o a buscar a sus hijos a la escuela. Cuando no pasan autos se escuchan perfectamente los zorzales con sus cantos. En un principio tenía la radio encendida, como compañía, pero cuando descubrí los sonidos del barrio, opté por ellos.

Como a la media hora otra vez el auto de carrera. Pasó rápido por frente a mi casa. “Debe haber algún taller mecánico que prepara autos por el barrio”, pensé. Todavía no había salido a explorar el nuevo barrio. Ya lo haría. Por ahora las notas diarias me tenían clavado frente al teclado de mi computadora.

Habrán pasado unos 20 minutos y a lo lejos escucho el sonido del auto de carreras. Rápidamente me dirigí a la ventana de la sala de estar que da a una galería y se puede ver con claridad la calle. No llegué a tiempo y el auto ya se perdía por la esquina de mi casa. En algún momento lo voy a ver, pensé, y regresé a mi trabajo de escritura.

Pasó casi una semana y no volví a escuchar al auto de carreras. Incluso una noche, cenando, le conté a Marta. “Tal vez haya un preparador en el barrio”, me dijo con tino. Asentí y le dije que preguntaría en el Bar Madrid donde solía almorzar. Allí había un parroquiano que era el vecino más viejo del barrio: Don Humberto.

Al otro día escuché nuevamente el auto de carrera pero no pude verlo. En el almuerzo lo vi a Don Humberto sentado en su mesa de siempre. Al lado de la ventana que daba a la esquina del Bar Madrid. Era una especia de fonda de barrio donde se podía comer comida casera a muy buen precio. Algunas veces cenábamos con Marta. A mi esposa le encantaba como preparaban las pastas.

Me acerqué a la mesa de Don Humberto mientras tenía la vista perdida en la calle y con la mano derecha revolvía su taza de café. “¿Cómo le va?”, le pregunté para iniciar la conversación. Ya lo habíamos hecho antes. “Muy bien mi hijo”, me respondió. Siempre me decía mi hijo, pero no me tuteaba. Era de otro tiempo.

“¿Le puedo hacer una pregunta?”, le tiré. “Mientras no sea mi edad, cualquier cosa”, me dijo riéndose. Don Humberto tenía un manejo del humor espectacular. Y la ironía parecía que había nacido con él. Le pregunté si sabía de algún taller mecánico en el barrio que preparara autos de carrera. Me respondió que no. Que ahora no.

“¿Ahora no?”, fue la pregunta que me asaltó a la boca. Por adentro pensé que antes sí había existido algo parecido. “En la época del autódromo había varios talleres”, me dijo mirándome a los ojos. Notó mi sorpresa y enseguida agregó: “usted es nuevo en el barrio y no lo sabe, pero acá hubo un autódromo”, me dijo y tomó un sorbo de su café humeante.

Me tuve que sentar en su mesa. No podía creer que había ido a parar a un barrio que tenía un pasado fierrero. Era como un destino marcado en alguna parte. “Usted vive en la calle de la Recta”, me dijo. “¿No se preguntó por qué tiene ese nombre?”, me lanzó como un cachetazo verbal. “Es en homenaje a la recta principal del autódromo de las Flores”, me dijo.

Entonces como si se abriera un libro de hojas amarillentas por el paso del tiempo comenzó a contarme la historia del autódromo de las Flores. Que el nombre lo recibió porque el predio antes había sido un vivero de claveles para el cementerio de la ciudad. Y que se habían corrido muchas carreras, algunas muy importantes.

No podía salir de mi asombro, menos cuando me dijo que mi casa, esa que acababa de comprar, con Marta, era el lugar donde se levantaban las tribunas, justamente en la recta principal. También me dio el dato, por si me interesaba, que en la biblioteca del barrio encontraría diarios y revistas de la época que hablaban del autódromo de las Flores. “Le va a servir para las notas que escribe”, me dijo Don Humberto. En las charlas que había tenido, cafecito mediante, le había contado de mí trabajo.

Luego que me saqué las notas que tenía para publicar, dos días después, me fui a la biblioteca en búsqueda de datos sobre el autódromo del barrio. Y encontré material. Bastante para escribir una nota. Mucho más que eso. Me topé con algo que Don Humberto no me había contado. Por omisión, o para que lo descubriera investigando. Me sentía del otro lado del mostrador como los seguidores de mi sitio cuando les hago una pregunta jodida.

Lo que encontré fue el motivo por el cual el autódromo de las Flores fue cerrado definitivamente: un trágico accidente el domingo 27 de septiembre de 1925. Es decir casi 90 años atrás, en ese momento de los acontecimientos. Según las crónicas se hablaba de 20 muertos por un incendio provocado por un auto de carrera, una bacquet para ser exactos, que literalmente se incrustó en la tribuna. Justo donde estaba ahora mi casa recién adquirida.

Cuando regresó Marta, por la noche, mientras cenábamos le conté de la historia del autódromo de las Flores. No podía creerlo. Pero menos entendía porqué había llegado a ese dato histórico del barrio. “¿Te acordás del auto de carrera que escuché la semana pasada?”, le dije. Entonces le conté de mi charla con Don Humberto y que fue él quien me dijo dónde encontrar más información de la pista de carrera.

“¿Vas a escribir algo sobre el asunto?”, me preguntó mi esposa. Debo decirles que es mi primera lectora y crítica de lo que escribo. Suele dar en el clavo con críticas y elogios. Para mí es una palabra valiosa a la hora de producir nuevos textos de mi autoría. Su opinión pesa y cuando no le hice caso tuve que reconocer mi error. Aunque alguna que otra vez también ella falló. Como la vida misma.

Le dije que todavía no y que quería indagar más con Don Humberto. Cosa que hice a la mañana siguiente. Lo encontré en la mesa de siempre del Bar Madrid del Gallego García. Otra institución en el barrio. Casi más importante que la Parroquia de la Santa Piedad.

Luego del saludo le dije al anciano del accidente y el posterior cierre de la pista. “Sí, lo sabía. Estuve presente ese domingo”, me dijo con una tranquilidad pasmosa mientras mojaba la media luna de grasa en su café con leche. “Tenía 13 años. ¿Sabe que significa en la quiniela?”, me dijo. Lo sabía de sobra mi papá jugaba seguido a la quiniela. El número 13 es la yeta.

“Esa yeta motivó el domingo 27 de septiembre de 1925 una tragedia con mayúsculas”, me contestó Don Humberto. Me contó que el Galleguito Rodríguez fue el causante del incendio y de las posteriores muertes. Pero no eran 20 como dijeron los diarios. “Fueron más de 40”, me dijo. Él había estado en el momento del accidente en los boxes y por eso se salvó de morir en el incendio.

Al parecer el auto del Galleguito Rodríguez, una bacquet de color rojo, como el fuego mismo, se montó sobre las ruedas de otros de los competidores y eso lo hizo, literalmente, volar contra la tribuna principal. Fue chocar y prenderse fuego. Nunca lograron encontrar el cadáver del Galleguito Rodríguez. Los bomberos llegaron a la conclusión que se incineró. Aquella mañana fue recibir un baldazo de agua fría tirado desde 90 años atrás.

“Cerraron el autódromo luego del accidente y nunca más lo abrieron”, me dijo Don Humberto. Fue el fin de la pista y todo su entorno. Para poder recuperar la inversión el propietario de las tierras comenzó con el loteo y así nació el barrio. El único recuerdo era la calle de la Recta y la memoria viviente del anciano, solo él sobrevivía de aquella época con sus 103 años de edad. Se le estaba por vencer la garantía del Magiclick…

Volví a mi casa y las notas diarias para mi sitio. Eso me mantuvo alejado del recuerdo de la tragedia en el barrio en el pasado. Estaba en eso cuando nuevamente escucho el auto de carrera. Recordé que ese sonido me había llevado a todo el descubrimiento del autódromo de las Flores. Salí corriendo para la ventana, pero no vi nada. Un presentimiento me golpeó el pecho.

Busqué un almanaque, a veces no sé en qué día vivo. Era 24 de septiembre, hacía tres días que había comenzado la primavera y faltaban otros tres para que se conmemoraran los 90 años de la tragedia del autódromo de las Flores…

Me cayó la ficha. Y decidí realizar una acción algo loca. No le dije nada de mi teoría ni a Marta, ni a Don Humberto. Al otro día por la mañana luego de despedir a mi esposa para su trabajo me preparé el equipo fotográfico con trípode y todo. Había bastante neblina, pero igual me aposté en la galería de mi casa que da a calle de la Recta.

Tenía que esperar. Esperar ¿qué? Al auto de carrera que casi toda esa semana, previa al día de la tragedia, pasaba por mi casa sin verlo. Ya pensaba que era un pelotudo perdiendo el tiempo, pero, lo escuché. Era el auto de carrera que venía desde la avenida del barrio. No podía creerlo pero el sonido se hacía más fuerte y la neblina no me dejaba ver nada.

Acomodé la cámara en disparo seriado. No me quería perder detalle. El bramido del auto se hizo más fuerte y entre la bruma matinal apareció una bacquet de color rojo furioso. Disparé la cámara y seguí la trayectoria del auto. Fueron escasos segundos. Mi corazón parecía desbocado. Las manos me temblaban y recién ahí me di cuenta de sacar el dedo del disparador.

No podía accionar el botón para ver las imágenes tomadas de cómo me temblaban las manos. Cuando logré apretar el botón la bacquet roja con el número 2 de color blanco, pintado en su radiador, apareció con toda nitidez en mi cámara. No podía creer lo que veía. Estaba viendo un fantasma y lo tenía documentado.

Recogí todo el equipo y pronto estaba enfrente de la computadora descargando las fotos recién tomadas. En la pantalla del monitor se apreciaban detalles increíbles como el casco de cuero marrón del piloto y su pañuelo de seda de color azul. Era ver a un piloto de otra época que encima estaba muerto. Todo indicaba que estaba viendo al Galleguito Rodríguez.

Imprimí dos copias de la foto. Una en colores y la otra la pasé a color sepia en papel fotográfico. Avejenté la foto tal que parecía sacada de un álbum de tiempos idos. Al mediodía me fui a comer al Bar Madrid con las dos fotos. Como era de esperar Don Humberto estaba sentado en su mesa.

“Mire lo que conseguí”, le dije mientras le deslicé sobre la mesa la foto avejentada. “¡El Galleguito Rodríguez!”, gritó. “¿De dónde sacaste la foto pibe”?, me dijo tuteándome por primera vez desde que nos conocíamos. Le sonreí y le dije: “tengo una mejor”. Le pasé la foto real a colores y la cara del anciano se iluminó. “¡Qué buena foto!”, de dónde la sacaste.

“No es de ‘dónde’ la saqué, sino ‘cuándo’ la saqué”, le respondí de manera enigmática. En la cara de Don Humberto se dibujó la sorpresa. “Fue esta mañana”, le dije. Sacó un almanaque de su billetera y se golpeó la cabeza. “Estamos a tres días de la tragedia”, me dijo. Claro le dije y por eso está probando el auto en la recta principal que es la calle en donde vivo.

Ya lo había comprendido cuando me senté a esperar en la galería de mi casa. Era un alma vagando en este mundo sin poder abandonarlo. Un fantasma que busca su descanso con auto y todo. Con bacquet y todo, en este caso. “¿Qué hacemos?”, le pregunté al ser más viejo del barrio y testigo presencial de aquella horrible tragedia.

“Conozco a alguien que nos puede ayudar: el padre Eduardo, es el cura de la Parroquia de la Santa Piedad”, me dijo Don Humberto. Al parecer el padre Eduardo, pese a sus cuarenta y tantos años, era un exorcista reconocido. Por esas cosas de la vida había ido a parar a la parroquia de mi barrio. “Don Humberto en mi casa gracias a Dios somos todos ateos”, le dije. Cómo se rió ese hombre con mi ocurrencia. “Pibe, yo también soy ateo. Pero el cura nos va ayudar a que el Galleguito descanse en paz”, me dijo todavía con carcajadas.

Así fue como el anciano lo fue a ver al padre Eduardo y este se comprometió en pasar por mi casa para charlar del tema. Vino el 26 de septiembre, un día antes de cumplirse los 90 años de accidente. Le conté todo y le mostré las fotos. Me dijo que al otro día vendría hacer el exorcismo. Nada le dije a Marta, no quería que se atemorizara por toda esta situación paranormal.

El padre Eduardo resultó ser una persona encantadora que me enteré jugaba los viernes a la noche, en el club del barrio, al truco con Don Humberto. “Gran mentiroso el curita”, me dijo el viejo. A la mañana temprano y luego que se fuera Marta apareció el padre Eduardo. Vino preparado para hacer su exorcismo. Lo estaba saludando cuando lo veo a Don Humberto, que bastón en mano se acercaba a mi casa.

“No me quise perder el espectáculo”, nos dijo. Mientras yo le acercaba una silla para que se ubicara en la galería de casa. Por un instante se volvería a convertir en la tribuna del autódromo de las Flores. Esperamos un rato en silencio que pareció un siglo cuando el sonido de la bacquet del Galleguito Rodríguez se escuchó en toda su intensidad.

El padre Eduardo se preparó de inmediato y todos nos tensamos esperando la aparición del auto de carrera rojo. Ahí estaba como en su esplendor. Tal como lo había fotografiada tres días atrás. Nada más que ahora era la carrera de verdad y no meras pruebas de entrenamiento. Comenzaron los rezos del cura y el auto se hizo visible para los tres.

Justo cuando pasaba por delante nuestro Don Humberto gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: “¡Vamos Galleguito carajo”! Lo increíble fue ver al piloto de la bacquet roja levantar la mano derecha a modo de saludo. Me heló la sangre. Un fantasma nos estaba saludando. O agradeciendo lo que estábamos haciendo para que dejara este mundo.

Y resultó que lentamente el auto pareció elevarse en parte y en parte desvanecerse delante nuestro también se apagaba el sonido del motor. Se convirtió en una estela de humo que se fue elevando hasta desaparecer por completo. Don Humberto lloraba como un chico y yo no estaba muy lejos de eso. Hasta el padre Eduardo, ya curtido, se secó lágrimas de sus ojos.

Ahora el Galleguito Rodríguez descansaba en paz. Lo iba extrañar por las mañanas mientras escribo las notas para mi sitio de autos viejos. Pero estaba contento de darle un descanso al alma de ese piloto pionero del automovilismo.

Con el padre Eduardo nos hicimos amigos, él no me convenció de sus creencias y yo no le inculqué mis descreencias. Nos reunimos a charlar, con Don Humberto, de autos viejos, que a esta altura comienzo a creer que es inmortal, ya cumplió 104 años. Muy fierrero resultó el padre Eduardo. Hasta le enseñamos a usar una computadora a Don Humberto para que pueda leer las notas que publico.

Tanto se entusiasmó que con el padre Eduardo le regalamos una notebook para cuando cumplió los 104 años. No nos aguantamos y le hicimos el chiste del Magiclick, nos puteó toda la mañana de su cumpleaños.

Mauricio Uldane

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Wednesday, February 3, 2016

Delage de 12 cilindros en V

La empresa francesa Delage siempre hizo automóviles elegantes y de estilo. Pero a su vez incursionó en el mundo de las carreras de automóviles. En el año 1923 presenta en el mes de septiembre su Delage V 12 de 10,5 litros de cilindrada. Automóvil que fue diseñado para establecer récords de velocidad en recorridos cortos.

Delage V 12 del año 1924.


Hoy conoceremos cómo era esa bestia de 350 HP a 3.200 revoluciones por minuto y en otra ocasión conoceremos un poco más de su historia. En el año 1967 se le hizo una prueba en el circuito del MIRA en Gran Bretaña. Allí se alcanzó una velocidad promedio de 229,29 kilómetros por hora.

Conozcamos las características técnicas de este monstruo de las pistas de récord. La cilindrada era de 10.668 centímetros cúbicos con una relación de compresión original de 5,5:1. Que luego de la restauración que sufriera en el año 1952, luego de un accidente, era de 7:1 El diámetro de los cilindros era de 90 milímetros y la carrera de los pistones de 114 milímetros.

El motor de 12 cilindros en V tenía válvulas a la cabeza y se alimentaba de un carburador Zenith de doble cuerpo, aunque en algún momento llegó a tener cuatro carburadores de la misma marca. El tanque de combustible era a presión con bomba manual.

La caja de velocidades era de cuatro marchas y retroceso con un embrague de 30,5 centímetros de diámetro de varios discos con accionamiento mecánico. Las relaciones de las marchas eran las siguientes: primera, 3,10:1; segunda, 1,84:1; tercera, 1,25:1; directa, 1,00:1 y marcha atrás, 3,65:1. La relación final originalmente era de 2,45:1. Aunque se usaron otras relaciones diferentes.

Los frenos eran de tambor que en la restauración pasaron a ser hidráulicos. El diámetro era de 40 centímetros con tambores Alfin. El área de fricción en las ruedas era de 800 centímetros cuadrados y las zapatas actuaban sobre una superficie de 1.277 centímetros cuadrados.

La suspensión delantera era con un eje de sección en doble “T” con elásticos semielípticos con amortiguadores Hartford de fricción. La suspensión trasera era mediante el uso de eje rígido con elásticos semielípticos y amortiguadores Hartford de fricción. La dirección era del tipo de tornillo y sinfín.

El chasis era de dos largueros con cuatro travesaños y cuatro soportes del motor por lado para aumentar la rigidez de todo el conjunto. La carrocería fue modificada en la restauración del año 1952 con una cola diferente, entre otros cambios que se le efectuaron luego del accidente sufrido.

Las medidas del Delage V 12 de 1924 eran las siguientes: largo, 4.406 milímetros; ancho 1.752 milímetros; alto descargado, 1.418 milímetros; distancia entre ejes, 2.815 milímetros; trocha delantera, 1.447 milímetros; trocha trasera, 1.422 milímetros y despeje, 145 milímetros. Los neumáticos eran Dunlop Racing 6.00 x 19 en las ruedas delanteras y 7.00 x 19 en las ruedas traseras. El tanque de combustible tenía una capacidad de 56,7 litros.

Otras capacidades eran: el cárter seco, 22,56 litros de aceite; la caja de cambios, 2,35 litros de aceite.; el diferencial, 1,41 litros, estos tres elementos mecánicos usaban aceite Duckhams Racing R. El sistema de enfriamiento llevaba 38,4 litros.

En las pruebas del año 1967 se estableció un consumo de 32 litros cada 100 kilómetros recorridos a una velocidad crucero de entre 45 y 218 kilómetros por hora. Esas pruebas se realizaron en el circuito perteneciente al MIRA de Gran Bretaña. Y salieron publicadas en la revista Automundo número 100 del 4 de abril de 1967. De donde tomé el dibujo de Alfredo de la María, que fuera la tapa de dicha revista.

Volveremos sobre este Delage de 12 cilindros en V contando su historia y de las pruebas que se le hicieron en el año 1967. Luego del accidente que sufriera en el año 1952 y la posterior restauración a la que se lo sometió. Donde se le hicieron cambios en la carrocería, por mencionar algunas de las modificaciones.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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