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Saturday, August 6, 2016

El auto que no murió

Aquella mañana cuando estaba escribiendo en la computadora, como todas las mañanas, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea estaba mi amigo de toda la vida, Beto. “Quiero que veas un auto que seguro te va a interesar”, me dijo. Ahí comenzó una historia que no estaba en mis planes vivir.



“No puedo tengo mucho para escribir y el tiempo me corre”, le respondí, cosa que era cierta y me pasaba todo el tiempo. Siempre estaba corriendo tras las notas diarias que se publican en mi sitio. Trabajo solo y eso es una gran carga.

“Venite esta tarde después del almuerzo y vamos a verlo”, sentenció mi amigo del otro lado del teléfono. Conozco a Beto desde la infancia, para ser exacto desde el jardín de infantes “Las Palomitas”. El primer día que me vio su pregunta fue: ¿qué auto te gusta? Como ven estamos marcados a fuego desde los 3 o 4 años. Somos incurables, apasionados por los autos. Aquellos autos de nuestra infancia.

Cuando a Beto se le cruza una idea en la cabeza no hay forma de extirpársela. Si no le decía que iba a ver el bendito auto lo tendría toda la mañana torturándome por el teléfono. En parte para sacármelo de encima y poder escribir tranquilo le dije que iría.

Luego, pensé ingenuamente, que se me ocurriría una excusa. Soy el rey de las excusas. Algún día, cuando tenga tiempo, escribiré un libro que se llamará “Mil y una excusas”. Creo que tengo más, pero con 1.001 está bien para empezar.

Corté y Beto se quedó tranquilo que pasaría a las 2 de la tarde por su casa. Iríamos juntos a ver ese auto tan especial que me contaba vía telefónica. Volví a mi escritura que estaba más que atrasada. Eran recién las 9 y media y tenía que apurarme si me decidía ir a la casa de mi amigo.

El tiempo pasó volando como si estuviera de vacaciones. El tiempo tiene unos parámetros de medición que no siempre se ajustan a nuestras necesidades. A veces pienso que las horas son de goma, por como se pueden estirar más de 60 minutos…

Almorcé algo a las apuradas porque ya el reloj marcaba la 1 y cuarto. Por suerte la casa de Beto solo queda a unos 15 minutos de caminata de mi casa. No pensaba sacar mi auto, que me lleve él si está tan interesado en que vea el dichoso auto. Comí y salí a las disparadas. Ya eran un poco más de las 2 menos cuarto.

Casi al trote llegué a la casa de Beto y toqué su timbre cuando mi reloj marcaba las 2 de la tarde. De un invierno que era invierno en mucho tiempo. Otra vez el tiempo. Siempre es un tic tac. Si no es climático, es horario. Pero siempre algo nos marca el paso. A veces pienso que estamos caminando sobre un viejo LP de vinilo negro y nunca llegamos a ninguna parte. Pero no se preocupen son ideas que se me ocurren cuando estoy algo alterado, como en esta tarde de invierno frente a la puerta de la casa de mi amigo.

“¡Llegaste puntual! ¡Como siempre!, gritó Beto con la puerta entreabierta. “Ya veo que no trajiste tu auto. Tendremos que ir en el mío”, refunfuñó mi amigo. “Es que me gusta ir en un Di Tella”, le respondí en broma. No le gusta sacarlo si no es un fin de semana. Tiene sus mañas, como todos las tenemos, pero somos hábiles escondedores.

“Esperame en la vereda que ahora lo saco del garaje”, me dijo Beto todavía algo enojado. Esperé un rato a que lo destapara, lo pusiera en marcha y templara el motor. Conocía a mi amigo desde chico, ¿se los dije, ya? Es muy bueno pero algo mañoso como caballo tuerto, como dirían en el campo.

Al rato salió con su Di Tella que está impecable como si lo hubiera traído del concesionario el día anterior. “Me parece que la pintura está un poco opaca”, le dije serio. Beto me fusiló con la mirada y me dijo: “siempre jodiendo vos”. Puso primera y nos encaminamos a conocer el bendito auto que me había dicho por la mañana.

Como siempre fuimos charlando de las pavadas que hablan dos tipos que se conocen desde el jardín de infantes. La primera: de autos. Creo que los autos nos unieron desde que nos conocimos en la tierna infancia. Con la pregunta que me hizo Beto, apenas, nos conocimos.

Después hablamos de todo lo demás incluidas las mujeres propias y ajenas. En esos menesteres estábamos cuando frena mi amigo y me dice: “llegamos”. La casa no me decía nada. Un barrio más en la ciudad y una cuadra que no tenía la menor particularidad para llamar la atención de nadie.

Estacionó el Di Tella justo enfrente de la puerta de la casa a la que nos dirigíamos. Eso porque en parte era un barrio alejado del centro, sino estacionar es una tarea titánica. Cerró su Di Tella y se encaminó a tocar el timbre. Yo detrás como perrito faldero. Ahora me tocaba ser el segundón en esto.

“Hola buenas tardes. ¿Está Don Cosme?”, le dijo a la señora mayor que se asomó por el vidrio de la puerta. “Sí, ya se lo llamo”, respondió la señora. Y se vino el grito, “¡Cosmeeee, te buscan!”. En pocos instantes se oyeron los pasos de un anciano acercándose a la puerta. “¡Pero si es Beto!”, gritó Don Cosme. Ya me daba cuenta que mi amigo tenía cierta fama con este anciano.

“Pasen, pasen”, dijo el hombre y nos introdujo en su hogar. Beto me presentó como mi amigo e interesado en su auto. Lo miré a mi amigo con un interrogante en la cara. ¿Yo interesado en el auto de Don Cosme? Ni siquiera sabía que marca de auto tenía este hombre, ni en qué estado lo podría encontrar.

Pero la vida nos da sorpresa como dice la canción de Rubén Blades. Y vaya sorpresa que me llevé esa tarde de invierno en un viejo barrio de la ciudad. En ese momento quería terminar con este asunto de la visita a la casa de este hombre. Y retornar detrás del teclado de mi computadora para concluir con mi trabajo en la nota que había dejado a medio camino.

La nota quedaría sin terminar, al menos ese día. No lo sabía en ese momento y menos me lo imaginaba. Y eso que imaginación me sobra. ¿Les dije que suelo escribir relatos de ficción para el sitio que administro? Pero una vez más la realidad me pasó por arriba. Como digo algunas veces, cualquier parecido con la ficción es pura realidad…

Don Cosme nos llevó hasta el garaje de su casa, que estaba pegado al comedor. Ahí totalmente tapado estaba la silueta de un Siam Di Tella. Para un conocedor de autos clásicos no era nada difícil deducir el auto debajo de esa tela que lo cubría.

En parte pensé que no debía estar en tan mal estado si lo tenía cubierto dentro del garaje. “Es para que no se llene de tierra”, dijo el anciano a modo de escusa. “Si sabía que venían a verlo lo destapaba temprano y lo limpiaba. Algo de tierra siempre le queda por el color”, dijo Don Cosme.

Cuando el anciano descorrió el velo que cubría el auto lo primero que vi ya me indicó que estaba delante de una verdadera maravilla. Ese trozo de pintura me dio la pauta en qué estado se encontraba ese Di Tella en ese garaje de un barrio de la ciudad.

Al terminar de descorrer esa tela no podía salir del asombro. Detrás la voz de Beto diciéndome “¿¡Y qué te dije!?”. Nada podía responderle porque todavía no me recuperaba del asombro. Estaba delante de un auto que ni siguiera parecía que lo hubieran sacado de la concesionaria.

Pero faltaban más detalles para completar el cuadro en ese garaje. Al abrir la puerta de lado del conductor un olor a tapizado nuevo inundó mis narinas y mis ojos se embelesaron con las texturas. Era como viajar 50 años atrás. Como si Don Cosme fuera un vendedor de una agencia de la marca Di Tella y estuviéramos viendo con Beto un auto que nos interesara comprar.

Esa fugaz escena en mi cabeza ha estado dándome vueltas por mucho tiempo y por eso me animé a contarles esta historia. Porque ese auto se merece una historia por cómo ese hombre, ya anciano, dedicó parte de su vida a cuidarlo para que llegara hasta el siglo XXI en ese estado. Es una joya sobre ruedas.

Luego de reponerme de la emoción de encontrarme con semejante pedazo de la historia de los autos que supimos conocer en el pasado. Le pregunté a Don Cosme si lo quería vender. A lo que el anciano me respondió que sí, pero que lo haría solo a alguien que demostrara que lo iba a cuidar como lo cuidó él desde que lo compró en el siglo pasado.

Lo miré a Beto y él que ya tenía su Di Tella conocía a personas que podían estar interesadas en adquirirlo. Por mi parte me imaginaba que Don Cosme pediría una fortuna por ese auto. Pero no fue así el precio que puso era acorde y racional. Lo que ese hombre buscaba era alguien que cuidara “su auto” más que un comprador.

Quedamos en contestarle en la semana y nos fuimos con mi amigo. No paramos de hablar del auto. No había manera de hacerlo. Era inevitable. Lo analizamos. Ambos no teníamos por nuestra cuenta el dinero para comprarlo, pero si juntábamos los ahorros de ambos llegábamos al precio.

Nos tomamos dos días para pensarlo. Y le contestamos a Don Cosme. El hombre quedó muy contento que su Di Tella, ahora, tuviera dos personas que lo cuidarían. Nuevamente los autos nos habían unidos, si es que alguna vez estuvimos separados.

“Me gusta el Di Tella”, le dije a Beto. “¿Qué me decís?”, me respondió con un interrogante en su cara, cuando ya lo habíamos acomodado en mi casa que tiene lugar de sobra. “Lo que me preguntaste cuando nos conocimos en Las Palomitas: me gusta el Di Tella”. Beto comenzó a reírse y me dio un abrazo que casi me quiebra.

Lo que puede hacer un auto clásico en una amistad, eso es pasión por los fierros viejos. Solo eso y nada más que eso. El resto es historia que hacemos los amigos fierreros y los ancianos que cuidan autos por más de 30 años…

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

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Saturday, April 30, 2016

Mi vida con el Falcon

Lo conocí a Don Juan de casualidad. Hace tiempo que me pregunto si realmente fue una casualidad. Esa tarde en el bar de la esquina tomando un café me crucé con él. Desde ese momento mi vida cambió para siempre. No creo que fuera una casualidad.



El Bar La Amistad era mi punto de reunión a diario y mi base de operaciones, por así decirlo. Usaba la mesa del bar como un apéndice de mi oficina, aunque oficina no tenía y atendía mis negocios en mi casa a la vuelta de la esquina.

Todo quedaba circunscripto a una manzana. La manzana de mi vida, se podría decir. Esa tarde vino Don Juan a tomarse un cafecito y nos conocimos. Él no me buscaba y yo tampoco quería comprar un auto clásico. Pero una cosa lleva a la otra y pasó.

Pero no avancemos en la historia tan rápido que tiene sus bemoles. Para empezar Don Juan se enteró de mi pasión por los autos antiguos y clásicos. Estuvimos más de dos horas hablando de autos del pasado. Hasta que me soltó la bomba.

“¿Sabe qué tengo un Falcon desde cero kilómetro?, me dijo con una sonrisa pícara. La verdad que no tenía tanto tiempo de vivir en ese barrio para conocer su historia. Me había mudado no hacía más de tres meses, harto del anterior barrio más céntrico, ruidoso y multitudinario.

Amaba este nuevo barrio por muchas cosas. Por sus vecinos, sus veredas, sus sonidos y sus pájaros. Había perdido de la memoria el canto de los zorzales temprano por las mañanas. Ahora los tenía frente a mi ventana y eso ya era un buen síntoma para encarar el nuevo día.

Me interesó conocer un poco más del Falcon de Don Juan. Así que le fui haciendo preguntas para saber en qué estado se encontraba. “Si quiere verlo arreglamos un día y se viene para mi casa”, fue la invitación de este hombre ya anciano que parecía estar buscándolo un nuevo dueño a su Falcon.

Le dije que le avisaba cuando iría a verlo. En ese momento no pensaba comprar un auto clásico. No porque no tuviera el dinero, ni el lugar para guardarlo. Tenía ambas cosas. La casa que había comprado con la venta de mi departamento era bastante grande y con garaje.

Pero lo mejor de todo era que me había sobrado un resto de guita de la venta y no la había tocado, ni pensaba tocarla en ese momento de mi vida. Ya aparecerá algo en que invertirla. Pensé. No sabía dónde terminaría ese dinero, ni cómo cambiaría mi vida en un futuro no tan lejano.

Uno traza planes que la vida desbarata con una facilidad increíble. A veces me pregunto para qué carajos programamos con antelación ciertas cosas. Si suelen salir al revés de cómo pensábamos que saldrán. Por eso la vida me hizo entender cómo navegar en sus aguas, sin esforzarme tanto por salirme de la corriente.

No quiere decir que hiciera cualquier cosa, sino a tener una mejor predisposición para los cambios que nos tiene reservados la vida. Contra eso es casi imposible luchar. Mejor dejar que las cosas fluyan como dicen nuestros hermanos del Caribe. Si dejamos correr la vida, las cosas suelen encaminarse.

Una mañana que estaba en casa, luego de desayunar en el Bar La Amistad, suena el teléfono. Atendí pensando que era un cliente de los que llamaba para averiguar los precios y luego desaparecen como por arte de magia. Eran Don Juan preguntándome porqué no había ido a visitarlo.

“Mañana paso sin falta”, le respondí. “De ninguna manera. Después a la tarde, a la hora del mate, se viene para mi casa. Quiero mostrarle el Falcon”, casi me ordenó desde el otro lado del teléfono. No me quedó alternativa que cumplir su mandato. Era un anciano y con ellos nunca se saben si estarán mañana.

A la tarde con unos bizcochos de grasa, que compré en la Panadería La Ideal, caminé las casi cinco cuadras que me separaban de la casa de Don Juan. Me recibió con alegría y mate. Además de presentarme a su esposa, Doña Esther. Un encanto de señora que más de uno la hubiéramos querido de abuela.

Don Juan me contó la historia del Falcon de cuándo lo había comprado en el año 1966 y lo trajo por primera vez a esa casa donde mateábamos tranquilos. Por dentro me preguntaba porqué me contaba esta historia. Algo dentro de mí había descubierto las intenciones del anciano. Pero era prematuro formularme una teoría.

Luego que me contó la historia de su vida con el Falcon, Don Juan, me dijo: “Ahora quiero que lo vea y me diga que le parece”. Acepté y caminamos hasta el garaje donde descansaba su amado Ford Falcon modelo 1966. Estaba totalmente tapado con un excelente cobertor de plástico. Tranquilamente podría haber estado a la intemperie con semejante protección.

Encendió la luz del garaje y corrió la funda. Ante mí apareció un auto como salido de la concesionaria, no el día anterior, sino unos segundos más tarde. Estaba en un estado de conservación increíble. Todo parecía nuevo y sin uso. Pero en realidad estaba usado y tenía unos 90.000 kilómetros caminados.

Para un auto de 1966 era nada por la cantidad de años transcurridos. Casi, casi 50 años. Esto que les cuento ocurrió hace muy poco tiempo. He perdido un poco la noción de lo sucedido. Fueron muchos cambios en mi vida en pocos, poquísimos meses desde que conocí al Falcon de Don Juan.

Esa no fue la última visita a la casa donde vivía el Falcon. El anciano me hizo ir más de cinco veces para entrenarme, luego me di cuenta, para ser el nuevo propietario del Falcon. Un vendedor de una concesionaria diría: “segunda mano”. Así fue, Don Juan, quería que fuera el dueño de su Falcon.

Todavía no entiendo porqué me eligió a mí. Que ni siquiera era del barrio. Era un forastero si se quiere en ese lugar tranquilo. Me terminó vendiendo el Falcon y lo pagué con la guita que me sobró de la venta del departamento. Era el feliz poseedor de un auto clásico argentino. Uno de los más amados y  vendidos en el país.

Pero me lo vendió con la condición que todas las semanas lo llevara a dar una vuelta con su querido Falcon. Por supuesto que acepté. No le quedaba mucho tiempo de vida. Aunque yo no lo sabía en ese momento. Tenía una enfermedad terminal y antes de irse de este mundo quería que “su” Falcon estuviera en buenas manos.

Un día le pregunté porqué no se los dejaba a algunos de sus tres hijos, dos varones y una mujer. “Son tres pelotudos que lo van a cagar vendiendo a cualquiera”, me contestó. Comprendí que sus hijos no entendían el valor del Falcon para Don Juan. Yo que era un extraño de la familia tenía ese honor.

Los paseos semanales fueron muy interesantes para conocer la historia de ese anciano con el auto. El auto de su vida, que ahora empezaba a ser la mía de a poquito como quien no quiere la cosa. Yo no quería en un principio y ahora tenía casa con auto en un barrio periférico de la gran ciudad.

Llegó el día. Una mañana temprano recibí el llamado de Doña Esther: “Murió Juan”, simplemente me dijo del otro lado de la línea. Era de esperar. En el último tiempo había empeorado mucho y tuvimos que suspender los paseos en el Falcon. “Cuente conmigo para lo que necesite”, le dije a la ahora viuda.

Así fue como el Falcon estuvo presente en el velorio de Don Juan y el posterior cortejo fúnebre. Llevé a los deudos. Doña Esther con sus tres hijos, todos a bordo del Falcon, el último viaje para su antiguo dueño. Creo que en el camino al cementerio uno de los hijos comprendió el valor que tenía el Falcon para su padre.

“Por suerte el viejo te lo vendió a vos. Va a estar en buenas manos”, dijo desde el asiento de atrás. Lo miré por el espejo retrovisor y asentí con la cabeza. A mi lado Doña Esther me sonreía. Parecía como que la última voluntad de Don Juan se cumplía al pie de la letra. Como si él hubiera escrito el guión de una película.

Todo terminó por la tardecita con un fuerte abrazo de Doña Esther y la promesa que fuera a tomar mate una de esas tardes. Debía reponerme de la muerte de Don Juan. Sabía que pasaría, pero me costaba asumirlo. Los días siguientes fueron como nebulosos y poco recuerdo de lo que pasó.

Hasta que un sábado a la tarde que salí con el Falcon, como hacía con Don Juan, una mujer morocha, muy linda, me saludó desde la vereda. Le respondí el saludo, pero la verdad que no la había visto en mi vida. Una lástima porque la morocha, ya madura, merecía más que una mirada.

Pasaron los días y seguía nebulosa mi mente. En el medio un estudio por la mañana que me obligó a estar en ayunas y de regreso paré en el Bar La Amistad a desayunar. Serían más de las diez y media y la morocha que entra al bar.

No solo entra sino que me sonríe y se encamina hacia mi mesa. “Hola. ¿No es un poco tarde para desayunar?”, me dice. Pero qué le pasa a esta mina. Entró para retarme. La sonrisa la delata y rápidamente me di cuenta que me está tomado el pelo.

Lo único que falta que ahora las minas del barrio me tomen para el churrete. “Lo que pasa es que me tuve que hacer un estudio en ayunas y recién pude desayunar”, le respondí. Una sombra oscureció la sonrisa de la morocha. “¿Algo grave?”, me preguntó en un susurro y con un tono de voz que hizo que varias alarmas hormonales se sacudieran en algunas partes de mi cuerpo.

Le conté que era un examen de rutina nada más. Eso la tranquilizó y arremetió con: “Me enteré que le compraste el Falcon a Don Juan”. Le respondí que sí que antes de morir me lo vendió. “Sí, los hijos son unos pelotudos”, me dijo suelta de cuerpo. Hay algo dentro de mí que se sacude cada vez que una mujer hermosa putea.

No sé, pero las veo más hermosas. Se que estoy un poco tocado y no tiene arreglo, pero bueno, así me armaron de fábrica. “¿No querés tomar un café? Yo invito”, le dije. No quería quedarme solo con un saludo y un par de preguntas. La morocha bien valía la pena para una larga charla, café de por medio.

“Me llamo Susana”, me dijo dándome un beso en la mejilla. Luego de recuperarme de su calidez y su perfume le dije mi nombre. Estuvimos más de una hora charlando y le conté de mi relación con Don Juan y el Falcon. También ella me contó algo de su vida.

Para empezar no estaba en el país sino en México. Resultó que era antropóloga y había pasado los últimos seis meses conviviendo con una tribu en un trabajo de campo. Me acordé de la esposa de un compañero de trabajo, cuando los tenía, hace años que no pasa. También era antropóloga y en uno de sus viajes trajo una foto de un rancho que era la vivienda de unos tobas.

Instintivamente me salió decirle que parecía un country. Esto fue hace casi 30 años atrás cuando ese tipo de emprendimiento inmobiliario se estaba poniendo de moda en los alrededores de la gran ciudad. Lo que se rió Susana con mi ocurrencia de la juventud no tiene nombre. Bien a mi favor, un punto en humorismo.

No fue la única anotación. Fueron varias. Como las salidas con el Falcon o las visitas a la casa de Doña Esther. Resultó que Susana era vecina y conocía el Falcon desde chica. Además Don Juan la llevaba de paseo junto con sus hijos. Para Susana, el anciano muerto, era como un tío. Y lamentó mucho no poder estar presente para el funeral.

Comenzamos a salir más seguido, incluso fuimos a varios encuentros de auto con Susana y el Falcon. Hasta la dejé que lo manejara. Tendrían que ver cómo maneja. Es tan buena que en un viaje la dejé que manejara ella sola y yo dormí todo el trayecto de lo cansado que estaba por mi laburo.

A esta altura del partido debo decirles que el nuevo barrio no solo me dio una nueva casa, sino un auto clásico, amigos que parecen de toda la vida y lo más importante a Susana. Mi compañera de ruta. Todo porque Don Juan se sentó en mi mesa a tomar un cafecito en el Bar La Amistad. Recién ahora me di cuenta porqué se llama así.

Mauricio Uldane

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Saturday, April 2, 2016

El Galleguito Rodríguez

La casa cuando la vimos con Marta, mi esposa, nos enamoramos de ella de inmediato. Cuando conocimos a los Pérez, sus dueños, enseguida entramos en sintonía. Lo que no entendíamos era porque la vendían a tan bajo precio. Nos dijeron que necesitaban mudarse por razones laborales. Les creímos. Yo enseguida vi que el garaje tenía lugar para dos autos, el de Marta y el clásico que pensaba comprarme. Pero lo barato tiene una razón de ser.



Compramos la casa con el dinero que teníamos ahorrado, que pensábamos, solo sería una parte del valor. Con lo cual no tuvimos que financiar nada. Estábamos libres de deudas, que en los tiempos que corren no es poco decir. Para mí la casa nueva era ideal. No solo porque era vieja, cómoda y linda. Sino que tenía espacio para mi escritorio donde escribía las notas para mi sitio de autos viejos. Eso que comenzó como un entretenimiento y se convirtió en un trabajo. Que gracias a la tecnología podía hacer desde mi casa para el mundo.

Así que luego de desayunar con Marta, y despedirla hacia su trabajo, me sentaba frente al monitor de la computadora a escribir alguna de las notas diarias que publico en mi sitio. En esa tarea estaba cuando lo escuché. El clásico sonido del motor de un auto de carreras, pero no nuevo sino con algunos años.

Pensé que en el barrio alguien estaba preparando algún viejo TC del Ayer o algo parecido. No estaba muy errado, pero no era del todo cierto. El auto pasó por delante de mi casa y se perdió en la tranquilidad de la calle. Debo decirles que la calle de mi casa tiene muy poco tránsito, tanto que si pasan 20 autos por día es mucho.

Es una calle apartada de las avenidas del barrio y los autos que se escuchan, en su gran mayoría son de vecinos que van a sus trabajos o a buscar a sus hijos a la escuela. Cuando no pasan autos se escuchan perfectamente los zorzales con sus cantos. En un principio tenía la radio encendida, como compañía, pero cuando descubrí los sonidos del barrio, opté por ellos.

Como a la media hora otra vez el auto de carrera. Pasó rápido por frente a mi casa. “Debe haber algún taller mecánico que prepara autos por el barrio”, pensé. Todavía no había salido a explorar el nuevo barrio. Ya lo haría. Por ahora las notas diarias me tenían clavado frente al teclado de mi computadora.

Habrán pasado unos 20 minutos y a lo lejos escucho el sonido del auto de carreras. Rápidamente me dirigí a la ventana de la sala de estar que da a una galería y se puede ver con claridad la calle. No llegué a tiempo y el auto ya se perdía por la esquina de mi casa. En algún momento lo voy a ver, pensé, y regresé a mi trabajo de escritura.

Pasó casi una semana y no volví a escuchar al auto de carreras. Incluso una noche, cenando, le conté a Marta. “Tal vez haya un preparador en el barrio”, me dijo con tino. Asentí y le dije que preguntaría en el Bar Madrid donde solía almorzar. Allí había un parroquiano que era el vecino más viejo del barrio: Don Humberto.

Al otro día escuché nuevamente el auto de carrera pero no pude verlo. En el almuerzo lo vi a Don Humberto sentado en su mesa de siempre. Al lado de la ventana que daba a la esquina del Bar Madrid. Era una especia de fonda de barrio donde se podía comer comida casera a muy buen precio. Algunas veces cenábamos con Marta. A mi esposa le encantaba como preparaban las pastas.

Me acerqué a la mesa de Don Humberto mientras tenía la vista perdida en la calle y con la mano derecha revolvía su taza de café. “¿Cómo le va?”, le pregunté para iniciar la conversación. Ya lo habíamos hecho antes. “Muy bien mi hijo”, me respondió. Siempre me decía mi hijo, pero no me tuteaba. Era de otro tiempo.

“¿Le puedo hacer una pregunta?”, le tiré. “Mientras no sea mi edad, cualquier cosa”, me dijo riéndose. Don Humberto tenía un manejo del humor espectacular. Y la ironía parecía que había nacido con él. Le pregunté si sabía de algún taller mecánico en el barrio que preparara autos de carrera. Me respondió que no. Que ahora no.

“¿Ahora no?”, fue la pregunta que me asaltó a la boca. Por adentro pensé que antes sí había existido algo parecido. “En la época del autódromo había varios talleres”, me dijo mirándome a los ojos. Notó mi sorpresa y enseguida agregó: “usted es nuevo en el barrio y no lo sabe, pero acá hubo un autódromo”, me dijo y tomó un sorbo de su café humeante.

Me tuve que sentar en su mesa. No podía creer que había ido a parar a un barrio que tenía un pasado fierrero. Era como un destino marcado en alguna parte. “Usted vive en la calle de la Recta”, me dijo. “¿No se preguntó por qué tiene ese nombre?”, me lanzó como un cachetazo verbal. “Es en homenaje a la recta principal del autódromo de las Flores”, me dijo.

Entonces como si se abriera un libro de hojas amarillentas por el paso del tiempo comenzó a contarme la historia del autódromo de las Flores. Que el nombre lo recibió porque el predio antes había sido un vivero de claveles para el cementerio de la ciudad. Y que se habían corrido muchas carreras, algunas muy importantes.

No podía salir de mi asombro, menos cuando me dijo que mi casa, esa que acababa de comprar, con Marta, era el lugar donde se levantaban las tribunas, justamente en la recta principal. También me dio el dato, por si me interesaba, que en la biblioteca del barrio encontraría diarios y revistas de la época que hablaban del autódromo de las Flores. “Le va a servir para las notas que escribe”, me dijo Don Humberto. En las charlas que había tenido, cafecito mediante, le había contado de mí trabajo.

Luego que me saqué las notas que tenía para publicar, dos días después, me fui a la biblioteca en búsqueda de datos sobre el autódromo del barrio. Y encontré material. Bastante para escribir una nota. Mucho más que eso. Me topé con algo que Don Humberto no me había contado. Por omisión, o para que lo descubriera investigando. Me sentía del otro lado del mostrador como los seguidores de mi sitio cuando les hago una pregunta jodida.

Lo que encontré fue el motivo por el cual el autódromo de las Flores fue cerrado definitivamente: un trágico accidente el domingo 27 de septiembre de 1925. Es decir casi 90 años atrás, en ese momento de los acontecimientos. Según las crónicas se hablaba de 20 muertos por un incendio provocado por un auto de carrera, una bacquet para ser exactos, que literalmente se incrustó en la tribuna. Justo donde estaba ahora mi casa recién adquirida.

Cuando regresó Marta, por la noche, mientras cenábamos le conté de la historia del autódromo de las Flores. No podía creerlo. Pero menos entendía porqué había llegado a ese dato histórico del barrio. “¿Te acordás del auto de carrera que escuché la semana pasada?”, le dije. Entonces le conté de mi charla con Don Humberto y que fue él quien me dijo dónde encontrar más información de la pista de carrera.

“¿Vas a escribir algo sobre el asunto?”, me preguntó mi esposa. Debo decirles que es mi primera lectora y crítica de lo que escribo. Suele dar en el clavo con críticas y elogios. Para mí es una palabra valiosa a la hora de producir nuevos textos de mi autoría. Su opinión pesa y cuando no le hice caso tuve que reconocer mi error. Aunque alguna que otra vez también ella falló. Como la vida misma.

Le dije que todavía no y que quería indagar más con Don Humberto. Cosa que hice a la mañana siguiente. Lo encontré en la mesa de siempre del Bar Madrid del Gallego García. Otra institución en el barrio. Casi más importante que la Parroquia de la Santa Piedad.

Luego del saludo le dije al anciano del accidente y el posterior cierre de la pista. “Sí, lo sabía. Estuve presente ese domingo”, me dijo con una tranquilidad pasmosa mientras mojaba la media luna de grasa en su café con leche. “Tenía 13 años. ¿Sabe que significa en la quiniela?”, me dijo. Lo sabía de sobra mi papá jugaba seguido a la quiniela. El número 13 es la yeta.

“Esa yeta motivó el domingo 27 de septiembre de 1925 una tragedia con mayúsculas”, me contestó Don Humberto. Me contó que el Galleguito Rodríguez fue el causante del incendio y de las posteriores muertes. Pero no eran 20 como dijeron los diarios. “Fueron más de 40”, me dijo. Él había estado en el momento del accidente en los boxes y por eso se salvó de morir en el incendio.

Al parecer el auto del Galleguito Rodríguez, una bacquet de color rojo, como el fuego mismo, se montó sobre las ruedas de otros de los competidores y eso lo hizo, literalmente, volar contra la tribuna principal. Fue chocar y prenderse fuego. Nunca lograron encontrar el cadáver del Galleguito Rodríguez. Los bomberos llegaron a la conclusión que se incineró. Aquella mañana fue recibir un baldazo de agua fría tirado desde 90 años atrás.

“Cerraron el autódromo luego del accidente y nunca más lo abrieron”, me dijo Don Humberto. Fue el fin de la pista y todo su entorno. Para poder recuperar la inversión el propietario de las tierras comenzó con el loteo y así nació el barrio. El único recuerdo era la calle de la Recta y la memoria viviente del anciano, solo él sobrevivía de aquella época con sus 103 años de edad. Se le estaba por vencer la garantía del Magiclick…

Volví a mi casa y las notas diarias para mi sitio. Eso me mantuvo alejado del recuerdo de la tragedia en el barrio en el pasado. Estaba en eso cuando nuevamente escucho el auto de carrera. Recordé que ese sonido me había llevado a todo el descubrimiento del autódromo de las Flores. Salí corriendo para la ventana, pero no vi nada. Un presentimiento me golpeó el pecho.

Busqué un almanaque, a veces no sé en qué día vivo. Era 24 de septiembre, hacía tres días que había comenzado la primavera y faltaban otros tres para que se conmemoraran los 90 años de la tragedia del autódromo de las Flores…

Me cayó la ficha. Y decidí realizar una acción algo loca. No le dije nada de mi teoría ni a Marta, ni a Don Humberto. Al otro día por la mañana luego de despedir a mi esposa para su trabajo me preparé el equipo fotográfico con trípode y todo. Había bastante neblina, pero igual me aposté en la galería de mi casa que da a calle de la Recta.

Tenía que esperar. Esperar ¿qué? Al auto de carrera que casi toda esa semana, previa al día de la tragedia, pasaba por mi casa sin verlo. Ya pensaba que era un pelotudo perdiendo el tiempo, pero, lo escuché. Era el auto de carrera que venía desde la avenida del barrio. No podía creerlo pero el sonido se hacía más fuerte y la neblina no me dejaba ver nada.

Acomodé la cámara en disparo seriado. No me quería perder detalle. El bramido del auto se hizo más fuerte y entre la bruma matinal apareció una bacquet de color rojo furioso. Disparé la cámara y seguí la trayectoria del auto. Fueron escasos segundos. Mi corazón parecía desbocado. Las manos me temblaban y recién ahí me di cuenta de sacar el dedo del disparador.

No podía accionar el botón para ver las imágenes tomadas de cómo me temblaban las manos. Cuando logré apretar el botón la bacquet roja con el número 2 de color blanco, pintado en su radiador, apareció con toda nitidez en mi cámara. No podía creer lo que veía. Estaba viendo un fantasma y lo tenía documentado.

Recogí todo el equipo y pronto estaba enfrente de la computadora descargando las fotos recién tomadas. En la pantalla del monitor se apreciaban detalles increíbles como el casco de cuero marrón del piloto y su pañuelo de seda de color azul. Era ver a un piloto de otra época que encima estaba muerto. Todo indicaba que estaba viendo al Galleguito Rodríguez.

Imprimí dos copias de la foto. Una en colores y la otra la pasé a color sepia en papel fotográfico. Avejenté la foto tal que parecía sacada de un álbum de tiempos idos. Al mediodía me fui a comer al Bar Madrid con las dos fotos. Como era de esperar Don Humberto estaba sentado en su mesa.

“Mire lo que conseguí”, le dije mientras le deslicé sobre la mesa la foto avejentada. “¡El Galleguito Rodríguez!”, gritó. “¿De dónde sacaste la foto pibe”?, me dijo tuteándome por primera vez desde que nos conocíamos. Le sonreí y le dije: “tengo una mejor”. Le pasé la foto real a colores y la cara del anciano se iluminó. “¡Qué buena foto!”, de dónde la sacaste.

“No es de ‘dónde’ la saqué, sino ‘cuándo’ la saqué”, le respondí de manera enigmática. En la cara de Don Humberto se dibujó la sorpresa. “Fue esta mañana”, le dije. Sacó un almanaque de su billetera y se golpeó la cabeza. “Estamos a tres días de la tragedia”, me dijo. Claro le dije y por eso está probando el auto en la recta principal que es la calle en donde vivo.

Ya lo había comprendido cuando me senté a esperar en la galería de mi casa. Era un alma vagando en este mundo sin poder abandonarlo. Un fantasma que busca su descanso con auto y todo. Con bacquet y todo, en este caso. “¿Qué hacemos?”, le pregunté al ser más viejo del barrio y testigo presencial de aquella horrible tragedia.

“Conozco a alguien que nos puede ayudar: el padre Eduardo, es el cura de la Parroquia de la Santa Piedad”, me dijo Don Humberto. Al parecer el padre Eduardo, pese a sus cuarenta y tantos años, era un exorcista reconocido. Por esas cosas de la vida había ido a parar a la parroquia de mi barrio. “Don Humberto en mi casa gracias a Dios somos todos ateos”, le dije. Cómo se rió ese hombre con mi ocurrencia. “Pibe, yo también soy ateo. Pero el cura nos va ayudar a que el Galleguito descanse en paz”, me dijo todavía con carcajadas.

Así fue como el anciano lo fue a ver al padre Eduardo y este se comprometió en pasar por mi casa para charlar del tema. Vino el 26 de septiembre, un día antes de cumplirse los 90 años de accidente. Le conté todo y le mostré las fotos. Me dijo que al otro día vendría hacer el exorcismo. Nada le dije a Marta, no quería que se atemorizara por toda esta situación paranormal.

El padre Eduardo resultó ser una persona encantadora que me enteré jugaba los viernes a la noche, en el club del barrio, al truco con Don Humberto. “Gran mentiroso el curita”, me dijo el viejo. A la mañana temprano y luego que se fuera Marta apareció el padre Eduardo. Vino preparado para hacer su exorcismo. Lo estaba saludando cuando lo veo a Don Humberto, que bastón en mano se acercaba a mi casa.

“No me quise perder el espectáculo”, nos dijo. Mientras yo le acercaba una silla para que se ubicara en la galería de casa. Por un instante se volvería a convertir en la tribuna del autódromo de las Flores. Esperamos un rato en silencio que pareció un siglo cuando el sonido de la bacquet del Galleguito Rodríguez se escuchó en toda su intensidad.

El padre Eduardo se preparó de inmediato y todos nos tensamos esperando la aparición del auto de carrera rojo. Ahí estaba como en su esplendor. Tal como lo había fotografiada tres días atrás. Nada más que ahora era la carrera de verdad y no meras pruebas de entrenamiento. Comenzaron los rezos del cura y el auto se hizo visible para los tres.

Justo cuando pasaba por delante nuestro Don Humberto gritó con todas las fuerzas de sus pulmones: “¡Vamos Galleguito carajo”! Lo increíble fue ver al piloto de la bacquet roja levantar la mano derecha a modo de saludo. Me heló la sangre. Un fantasma nos estaba saludando. O agradeciendo lo que estábamos haciendo para que dejara este mundo.

Y resultó que lentamente el auto pareció elevarse en parte y en parte desvanecerse delante nuestro también se apagaba el sonido del motor. Se convirtió en una estela de humo que se fue elevando hasta desaparecer por completo. Don Humberto lloraba como un chico y yo no estaba muy lejos de eso. Hasta el padre Eduardo, ya curtido, se secó lágrimas de sus ojos.

Ahora el Galleguito Rodríguez descansaba en paz. Lo iba extrañar por las mañanas mientras escribo las notas para mi sitio de autos viejos. Pero estaba contento de darle un descanso al alma de ese piloto pionero del automovilismo.

Con el padre Eduardo nos hicimos amigos, él no me convenció de sus creencias y yo no le inculqué mis descreencias. Nos reunimos a charlar, con Don Humberto, de autos viejos, que a esta altura comienzo a creer que es inmortal, ya cumplió 104 años. Muy fierrero resultó el padre Eduardo. Hasta le enseñamos a usar una computadora a Don Humberto para que pueda leer las notas que publico.

Tanto se entusiasmó que con el padre Eduardo le regalamos una notebook para cuando cumplió los 104 años. No nos aguantamos y le hicimos el chiste del Magiclick, nos puteó toda la mañana de su cumpleaños.

Mauricio Uldane

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Saturday, March 19, 2016

“A vos te lo vendo”

A Don Pedro lo conocía desde siempre. Del barrio y de pibe. Vi con mis propios ojos cuando trajo de la concesionaria al 504. Era una belleza y me enamoré desde ese primer momento que lo vi. Un día le dije a Don Pedro: “cuando sea grande me voy a comprar un auto como el suyo”. Don Pedro me sonrió. Nunca me imaginé la historia que vendría detrás.



Pasaron los años y fui creciendo. Pero siempre veía al 504 de Don Pedro impecable como el primer día que lo trajo al barrio. Los años habían pasado para todos, menos, para el 504. Porque siempre fue 504. Ni Yeyo o Peugeot o 54, siempre, para todos los pibes del barrio fue el 504. Y decir El 504 hacía inmediata referencia al auto de Don Pedro. No había otro. Ni lo habrá.

Claro eso lo sé ahora que conozco toda la historia pero no en esa época de juegos en las calles del barrio. Se podía jugar a la pelota, al poliladron o a la bolita. La calle era el patio de nuestras casas. Barrio periférico de la ciudad alejado del mundanal ruido. Ahora todo cambió, pero El 504 sigue igual que cuando aquella tarde Don Pedro dio vuelta en la esquina de su casa.

Un día me fui para la casa de Don Pedro y le dije que le compraba el auto. Me miró y me dijo que pasara. Ya era un hombre grande, anciano, diríamos. Pero lúcido como cualquiera de nosotros. Me dijo que me sentara en una de las sillas de su mesa diaria en la cocina, donde él se sentía más cómodo. “El living es para las visitas, vos sos como de la casa”, me dijo mirándome a los ojos y ofreciéndome un mate recién cebado y espumoso.

Ahí fue cuando me sentí un hombre maduro. Y eso que apenas tenía 20 años de edad. “Pibe, a vos te lo vendo”, fueron las palabras de Don Pedro. Siempre me había dicho pibe desde que comencé a ir los sábados a ayudarle a lavar El 504. Era la excusa para que más tarde me llevara a dar una vuelta por el barrio.

A ningún otro pibe del barrio lo llevó nunca en El 504. Siempre tuve ese privilegio. Por eso pibe era yo, y solo yo. Me sentía como un elegido. En realidad lo era pero no lo sabía. Nunca lo supe hasta mucho tiempo más tarde. Pero, antes, hay más historia para contar.

Esa tarde tomando mates con Don Pedro acordamos el precio y cómo pagárselo. Yo no tenía el dinero al contado. Así que fijamos un plan de pago que con la última cuota El 504 sería mío. Durante ese tiempo de pago en mensualidades, como se decía antes, fue un entrenamiento sobre los cuidados de El 504. Me preparaba sin que yo lo supiera.

Llegó el día que completé el total de la suma del valor El 504, luego de muchos meses. No solo me dio las llaves sino que me acompañó para hacer la transferencia. “Todo tiene que ser legal”, me dijo Don Pedro. Y así fue. Pero puso una condición. “Ahora que El 504 es tuyo lo que te pido es que los sábados me vengas a buscar para dar una vuelta. Yo ya estoy viejo para manejar y otro auto no voy a comprar”, fue la petición de Don Pedro.

No me podía negar. Fueron muchos años donde muchas personas quisieron comprarle El 504. Por el estado de originalidad y porque parecía que el tiempo no le hacía mella. Hasta vino un coleccionista de Francia que se enteró de la existencia El 504. Le ofreció una suma increíble para rechazar. Pero Don Pedro se negó a venderlo y menos aún que se fuera del país. Así que sin saberlo era el elegido. Pero durante muchos años no lo supe.

Todos los sábados por la mañana, ya que ese día no trabajaba, lo pasaba a buscar a Don Pedro por su casa y salíamos a pasear. Nos íbamos lejos de la ciudad para regresar al caer la tarde. De nochecita volvíamos al barrio con El 504. Fueron días inolvidables. Hasta que un sábado me lo dijo.

“Pibe me queda poco tiempo de vida. Tengo cáncer y con suerte puedo tirar un año más”, me dijo Don Pedro. El alma se me vino a los pies. Una profunda tristeza se apoderó de mí. Don Pedro se dio cuenta y me dijo: “Pibe no te pongas triste yo te voy a acompañar siempre. Además tenés al El 504 que te hará compañía”, dijo para calmarme.

Pero pensaba que una parte de mi vida se iría con Don Pedro. Para mí era como mi abuelo. Ese que no tuve para que me contara cuentos o me llevara a la calesita de la plaza del barrio. Cierto que me había dejado comprar a El 504 y eso me hacía sentir muy feliz.

“Pibe tenés que saber todo sobre El 504”, me dijo muy serio Don Pedro. Le dije que ya me lo había dicho todo. En especial a lo largo de los años cuando iba a su casa a ayudarlo a lavarlo. “No pibe, no sabes nada sobre El 504”, me dijo. En ese momento pensé que el cáncer lo hacía desvariar. Pero no era así.

“Te lo voy a contar de a poco para que lo puedas entender. A mí me llevó algún tiempo terminar de entenderlo. Pero lo que te diga no podes decírselo a nadie. Salvo la persona que elijas para que cuide El 504 cuando vos te vayas de este mundo”, dijo Don Pedro en una forma enigmática que no entendí ese sábado de otoño.

Vino el invierno con su crudo clima. Antes hacía frío en los inviernos, ¿se acuerdan de eso? Seguimos saliendo los sábados pero con cierta tristeza de mi parte. Saber que Don Pedro no estaría para el próximo invierno me estrujaba el corazón. Pero la vida tiene esas cosas. A veces alegre, y otras no. Una tarde de finales del invierno me dijo algo que fue trascendente.

“Pibe hoy te voy a contar la verdad de El 504”, me dijo muy serio mientras comíamos unos ricos sándwiches de salame y queso. “Habrás notado que El 504 está como el primer día que lo traje al barrio”, me dijo entre bocado y bocado de salame y queso. Le respondí que sí que era mérito suyo por cuidarlo muy bien.

La revelación que oí ese día jamás la olvidaré mientras viva. Entonces comenzó a contarme una historia, pero antes me prohibió que lo interrumpiera. “Me llevó mucho tiempo asimilarla y sino te lo digo de corrido creo que nunca se lo contaré a otro ser humano”, me dijo Don Pedro. No me tranquilizó para nada porque inmediatamente pensé que había hecho un pacto con el diablo o algo parecido.

Pero no era eso sino algo mucho más complejo y raro, muy pero, muy raro. En uno de esos paseos que solía hacer solo, porque Don Pedro enviudó muy joven, de hecho nunca conocí a su esposa, solo por las fotos de su casa, vivió una situación paranormal o de otro mundo.

Estando alejado en el campo una tormenta se perfiló en el horizonte y antes que atinara a subirse a El 504 y salir corriendo al asfalto. Un rayo cayó sobre El 504. Don Pedro creyó que era un rayo y pensó “adiós Peugeot”. Pero no fue un rayo lo que le cayó de ese cielo negro, ni siquiera una gota de agua cayó de arriba.

Lo que le cayó al El 504 nunca lo supo. Pero si que fue una descarga de algún tipo que no afectó en lo más mínimo al auto, sino que lo preservó del tiempo. Sí, lo congeló a unos meses de haberlo comprado. Tres para ser exactos. Lo único que seguía marcando los kilómetros, pero el motor no sufría el paso del tiempo. Ni los tapizados se estropeaban o la pintura se rayaba.

Nunca Don Pedro se pudo explicar lo que pasó aquella tarde en el campo. Lo que sí sabía era que El 504 no era un auto común y normal. Nunca, pero nunca envejecería. Siempre sería un auto como salido de la concesionaria. Por eso no se lo podía vender a cualquiera. Me eligió a mí porque notó que tenía un especial cariño por el auto.

Además me dijo “hay algo más. Dame las llaves”. En forma automática se las di. Abrió la puerta y se sentó para manejar. “Vení”, me invitó a que subiera junto a él. Lo puso en marcha, primera, segunda y suelta el volante. Pensé, se volvió loco y nos vamos a matar. Nada de eso pasó El 504 siguió por el camino como si lo conociera. Dobló en la curva y tomó por el otro camino.

Dimos toda la vuelta al campo para regresar a donde estábamos comiendo los sándwiches de salame y queso. No podía creer lo que había vivido: El 504 andaba solo sin necesidad de manejarlo. “Y si lo pones en la ruta podes dormir mientras el se maneja solo. Encima sabe a dónde vas. No me preguntes cómo lo hace nunca lo supe y ya estoy viejo para averiguarlo”, me dijo con una sonrisa en los labios.

Los demás sábados con Don Pedro fueron los mejores, aunque su destino final estaba cada vez más cerca. La pasamos muy bien y logramos conectarnos de una manera increíble. Incluso sabiendo que él moriría. Eso no había forma de evitarlo. Tal vez si hubiera estado dentro de El 504 cuando cayó ese rayo…

El último pedido de Don Pedro fue que llevara sus cenizas, no quería ni velorio, ni cortejo de ninguna clase, en El 504. Le dije que sería un honor para mí hacerlo. Quería que sus cenizas  las esparciera en el campo donde le cayó el rayo a El 504. Fuimos un día a conocer el lugar y volvimos muchas veces más. Ahora vuelvo seguido a ese lugar.

Cuando Don Pedro murió cumplí la promesa de llevar sus cenizas al campo para esparcirlas. Me creerían que cuando fuimos con El 504 a llevar las cenizas de Don Pedro, el auto hizo sonar la bocina a modo de despedida. Tengo ese sonido dándome vueltas por la cabeza pese a los años que han pasado.

Por supuesto que El 504 sigue igual que el primer día que lo compré y son varios los que andan atrás de él. Pero a todos les digo lo mismo: “no se vende”. Ahora ya tengo algunos años y me doy el lujo de ir a encuentros de autos con El 504. Por supuesto casi siempre es el mejor auto expuesto. Pero no lo hago por eso sino para despejarme un poco de mis obligaciones. A veces extraño a Don Pedro.

No puedo olvidarme de lo que me dijo una vez, varias veces en realidad: “tenés que encontrarle un nuevo dueño a El 504. No lo puede tener cualquier persona”. Cada día que pasa pienso en ello y me acuerdo de cómo me eligió Don Pedro entre todos los pibes del barrio.

Ahora las cosas cambiaron y mucho en este siglo XXI que nos toca vivir. Así que he visto una pibita en el barrio, creo que es nueva, que le encantan los autos clásicos. Cada vez que lavo El 504, los sábados, se aparece para hacerme preguntas. No debe tener más de 11 años. Los tiempos cambian. Me parece que la próxima dueña de El 504 vive cerca de casa. Espero que Don Pedro no se enoje, esté donde esté.

Mauricio Uldane

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Saturday, February 20, 2016

Carreras de autos

Durante mucho tiempo fuimos un equipo con el Gordo Horacio. Ambos nos dedicábamos a correr carreras de autos. Claro que éramos más amateurs que profesionales, pero nos desempeñábamos bastante bien. Aunque nuestros autos eran diferentes estábamos juntos en el mismo equipo. Algunas carreras las ganaba el Gordo Horacio y otras yo. Muchas veces hicimos el uno-dos. Algunos pensaban que éramos imbatibles.



Pero a pesar de ser del mismo equipo las preparaciones de nuestros respectivos autos eran muy diferentes. También nuestras habilidades a la hora de correr en pista. El Gordo Horacio, a pesar de su tamaño, tenía mucha agilidad y podía sorprender a los competidores rivales. Tenía la habilidad de hacerle creer a los demás que no era nada bueno.

Todo lo contrario, era un as cuando estaba inspirado y ganarle no era nada fácil. Su cupé Chevy amarilla era famosa en todo el barrio y en los barrios linderos. Había ganado tantas carreras que ya había perdido la cuenta. Pero la cuenta la llevaba yo: 72 carreras ganadas desde que empezó a correr.

Su Chevy estaba rellena de plastilina y en la punta usaba una cucharita que siempre, pero siempre, le robaba a su vieja del cajón de los cubiertos. “Un día vas a tener que regalarle una caja de cucharitas a tu vieja”, le decía cada tanto. El Gordo Horacio me miraba y se cagaba de risa.

En cambio mi cupé Torino blanca estaba rellena de masilla de vidriero, creía que así tenía un mejor peso y balanceo. En la punta usaba una bolita de acero que cambiaba según la pista que corriéramos. En el barrio era conocido por manguearle la masilla al Tano Víctor. El era el vidriero del barrio, el único que había en aquellos años.

Un día, el Tano Víctor, cansado que le pidiera masilla para mi Torino me dijo que no me iba a dar más. Entonces fue cuando se me iluminó la mente y le hice una propuesta. Todavía no entiendo como el Tano Víctor aceptó. Yo era un pibe nada más que corría con un autito relleno de masilla.

Pero el Tano Víctor accedió a mi propuesta. No era otra cosa que publicidad, sí una leyenda en la tapa del baúl de mi Torino. “Vidriería Víctor, la de confianza, al mejor del barrio”. El Tano estaba enloquecido con tener publicidad en un auto de carrera. Fui un precursor en eso de tener un sponsor a la hora de correr.

Claro era lo que veía en las revistas semanales de competición. Esa fue la imagen que me vino a la mente cuando el Tano Víctor se había puesto remiso a darme la masilla. El que me proveía de las bolillas de acero era Don Pepe, el mecánico del barrio, también el único. El capot fue para el Taller Don Pepe: “Su mecánico de cabecera en el barrio”, eso decía la leyenda en el capot.

Cuando el Gordo Horacio vio las publicidades me dijo que era una buena idea y se consiguió la publicidad de la Librería del Águila, la que le proveía la plastilina. Y lo mejor fue el Bazar Cosme. Así dejó de robarle las cucharitas a la vieja. Y le regaló una caja con 50 cucharitas. Nunca las llegó a usar todas.

Los otros pibes primero se rieron de las publicidades, pero en poco tiempo la mayoría de los negocios del barrio se veían reflejados en los autos de carrera. Incluso alguno hasta tuvo equipo propio, claro eran los hijos de los comerciantes.

A veces ganaba el Gordo Horacio y otras yo. Otras aparecía un pibe nuevo en el barrio y llegaba primero. Pero aquella tarde de primavera cayó un pibe alto y flaco con un Falcon negro. Nos pidió correr a los pibes que manteníamos la pista de la plaza. La comisión directiva, porque había una organización a esta altura del partido, lo dejó correr como invitado.

El Flaco Luis era nuevo en el barrio se había mudado a un departamentito con los viejos y una hermanita más chica. La primera vez que corrió en la plaza, con el Gordo Horacio, nos dimos cuenta que era una luz. Corrió y ganó. Sin fanfarronerías de su parte en esa primera carrera se ganó la confianza de todos.

La nuestra de inmediato y con el Gordo Horacio le propusimos que integrara nuestro equipo. “¿Cómo se llaman?”, nos preguntó. Con el Gordo nos miramos porque nunca se nos ocurrió un nombre. “¿Los tres?”, preguntó el Gordo al Flaco Luis. “Sí, los tres. Cómo nos llamamos”, le dijo.

Ahí fue cuando se me ocurrió que el nombre para el equipo era ese: “Los tres”. Al Gordo Horacio y al Flaco Luis les pareció genial. Así que nos pasamos a llamar “Los tres”. Hasta hicimos un logo que se lo pintamos a los tres autos. También le dijimos al Flaco Luis que se consiguiera algunos auspiciantes. Lo ayudamos y alguno del Gordo y otro mío, apoyaron al Flaco.

Ahora éramos un equipo y el barrio empezaba a quedarnos chico. Así que comenzamos a correr en los barrios linderos con buen éxito. El Flaco Luis tenía la inmensa habilidad de hacer pasar a su Falcon por lugares que eran impensados. Por adentro, por afuera o entremedio de dos autos rivales, el tipo se las ingeniaba para seguir su ruta como si nada.

Corría con su Falcon como si no les costara esfuerzo. Al menos no lo demostraba. En cambio el Gordo Horacio transpiraba la camiseta en cada carrera. Gritaba, se apasionaba y estallaba. Era un muestrario de estados de ánimo. El Flaco no demostraba nada era como de mármol. Yo estaba a mitad de camino entre los dos. Éramos el equilibrio de tres.

Por eso el nombre del equipo no fue puesto en vano. Pasó hacer nuestra marca en el orillo. En los barrios vecinos se nos comenzó a conocer como los “Imbatibles tres”. Así que en poco tiempo los barrios linderos también nos comenzaron a quedar chicos. Todo hasta que un día el Gordo Horacio vino con la noticia.

Había visto en una revista de deportes, del viejo, que estaba por empezar un campeonato de carreras de autos de masilla en el centro. “Nos van a comer el hígado”, dijo el Flaco Luis en su parquedad habitual. En parte tenía razón. Nosotros solo éramos unos pibes de barrio y esos tipos eran profesionales con auspiciantes de verdad con guita para bancarlos.

“Pero porqué no probamos. Total no tenemos nada que perder y mucho que ganar”, les dije al Gordo y al Flaco. Se miraron y luego me asintieron. Así que nos íbamos a inscribir en ese campeonato con la esperanza de al menos no hacer un mal papel.

Una tarde nos tomamos el colectivo hasta el centro y nos anotamos como equipo con nuestro nombre. Nos dieron un formulario a cada uno para completar con una pila de casilleros para llenar. Esto iba en serio y no eran carreritas de barrio. Nos estábamos metiendo en las grandes ligas. Al menos nos dejaron esa sensación en aquella tarde en una oficina del centro.

La primera carrera fue el último sábado de febrero en un circuito con todas las letras. Era perfecto. Nada de tiza en el suelo. No señor. Estaba pintado perfectamente con todos los detalles y hasta los pianitos. No lo podíamos creer. Nosotros que corríamos en la vereda con irregularidades y todo tipo de interferencias. Ver esa pista lisita era como tocar el cielo con las manos.

“La pista nos favorece mucho a nosotros”, sentenció el Flaco Luis ni bien vio la pista. “No será fácil ganarle a los locales, pero no vamos a desentonar”, dijo para cerrar su pensamiento. Con el Gordo Horacio nos miramos y comprendimos que teníamos ganado un lugar en el podio. Al menos alguno de los tres estaría entre los tres primeros.

Los autos se alinearon en sus puestos de largada. Por las pruebas de clasificación estábamos justo en el medio. Ni tan atrás, ni tan adelante. Los corredores comenzaron a mover sus autos según el orden de largada. Esperamos nuestro turno. El Flaco Luis fue el primero en salir. Con el tiro que hizo ya había avanzado tres posiciones.

El Gordo Horacio logré pasar a dos en el primer tiro, lo mismo que yo. Y así fue hasta la mitad de la carrera. Había que tener mano porque descubrimos que nuestros autos podían caminar más rápido por el tipo de suelo. En la mitad del total de vueltas ya estábamos entre los diez primeros. Ahí comenzaba la verdadera carrera.

El Flaco Luis hizo un par de tiros que logró que los locales lo aplaudieran. Ya estaba ubicado en tercer lugar. En quinto estaba el Gordo Horacio y sexto venía yo. Nada mal para tres pibes de barrio en una pista del centro.

Cuando el Flaco Luis quedó segundo arrancó nuevamente aplausos y gritos de la concurrencia. Algunos de los corredores no podían creer lo que estaba haciendo el Flaco con su Falcon negro. Para eso el Gordo estaba cuarto y yo quinto. Con el Gordo éramos como un trencito. Nadie se podía meter entremedio. Era una manera de cuidarle las espaldas al Flaco Luis.

Esto lo ponía seguro de seguir adelante tratando de lograr el primer puesto. Y no estaba tan lejos de lograrlo. Claro que delante tenía a los mejores créditos locales que no le iban a ser nada fácil la tarea.

En uno de los tiros el segundo y el tercero se colocaron de tal forma que iba a ser difícil pasarlos y era la última vuelta. Pero el Flaco estaba inspirado. Tiró de tal manera al Falcon que pasó por el huequito que habían dejado el segundo y el tercero sin tocarlos. Se adelantó tanto que alcanzarlo era muy difícil.

Mientras el tiro del Gordo lo dejó en tercer lugar y cuarto estaba yo. Pegado a la Chevy amarilla. Así que el único crédito local estaba en segundo lugar. Ahora comenzaba la batalla final. Y fue muy divertida con aplausos del público presente y vítores que nunca pensamos en escuchar.

El Flaco Luis estaba inalcanzable y el segundo prefirió conservar el lugar. Lo que no esperaba fue el ataque del Gordo Horacio que en un tiro lo dejó en tercer lugar sin posibilidades de alcanzarlo. Eso creo que lo desconcentró. Ahí apareció mi oportunidad.

Empezó mi batalla por lograr el tercer puesto en esa primera carrera del equipo “Los tres”. No era fácil de engañar y menos de pasarlo. Pero esa última vuelta fue la que concentró la atención de todos. El primero y el segundo lugar ya estaban definidos y no había forma de cambiarlo. Las actuaciones del Flaco Luis y el Gordo Horacio habían sido para el aplauso.

Ahora llegaba mi minuto de fama. Y esperaba estar a la altura de las circunstancias. Así que usé todo lo que había aprendido para llegar en tercer lugar. Por un lado y por el otro seguía mi acoso por el tercer lugar. Un tiro que no le salió bien al crédito local fue mi oportunidad. No era nada malo el pibe con su Mustang rojo, pero todos metemos la pata alguna vez en la vida.

Se quedó corto con el tiro por miedo a pasarse en la última curva y ahí fue donde lo pasé por un tramo largo. Tanto que para pasarme tenía que ser casi un mago. Pero no estaba todo dicho y en la última recta fue la batalla final. En el último tiro quedó a menos de un metro de la llegada. Yo tenía que pasarlo y cruzar la meta, era la última oportunidad que tenía.

Medí bien la distancia esperando mi turno. Calculé que si pasaba muy cerca del auto de él estaba en mejor condición de cruzar la meta con este último tiro. Ahora la distancia era larga y el Torino tenía que pasar al Mustang y cruzar la meta para llegar en tercer lugar. Se hizo un silencio mortal. Todos estaban mirando mi tiro. Una carga infernal. Pero eso no iba de a ser un impedimento para que lograra llegar antes a la meta.

Simplemente me concentré olvidándome de todo y me aislé para lograr que mi tiro fuera perfecto. Y lo fue tanto que no solo pasé al crédito local, relegándolo al cuarto puesto, sino que el Torino blanco cruzó la meta y siguió caminando por más de un metro más adelante. El aplauso del público no se hizo esperar, ni tampoco los gritos.

Lo habíamos logrado: tres pibes de barrio les habían ganado a los pibes del centro en la primera carrera y jugando de visitantes. La ovación a los tres no se hizo esperar. Y no fue la primera en ese campeonato de la ciudad de autos de masilla. Pero claro eso es otra historia.

Mauricio Uldane

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