Showing posts with label amigo. Show all posts
Showing posts with label amigo. Show all posts

Saturday, August 20, 2016

¡No arranca!

Hacía varios días que intentábamos, con Beto, arrancar el Kaiser Carabela del año 1958 de los primeros que se fabricaron. Lo había encontrado en un garaje casi olvidado. Después de 45 años de estar sin funcionar tratábamos de ponerlo en marcha. “El Bote” como lo bautizó mi amigo Beto, mi mecánico de cabecera.



Nada de lo que habíamos hecho sirvió para arrancarlo y eso que mi amigo se da maña con los autos clásicos. Pero no había caso El Bote no quería marchar. Al menos no ese día. Ambos no lo sabíamos, como tantas cosas en la vida. Si supiéramos todo creo no nos levantaríamos por la mañana de nuestras camas.
Me levanté como todos los días a las ocho de la mañana para encarar mi día de trabajo. Por la tardecita pasaría por el taller de Beto para ver si El Bote había arrancado. Un día más en mi vida. Hasta ahí todo rutinario.

Al sentarme a desayunar por la radio dieron una noticia de un robo en un banco del microcentro porteño que me sonó conocida. ¡Qué raro, esa noticia ya la escuché! Pero rápidamente esa idea abandonó mi cabeza. Al robo no le di importancia. En el transcurso del día volvería a tener que cruzarme con la misma noticia, una y otra vez. En la noche ese robo parecería que fueron cien…

Salí de mi casa rumbo a mi trabajo en la oficina de hace años. Al caminar las cuadras que me separaban de la estación de subte. Noté algo raro. Un choque de un auto con una camioneta que me parecía conocido. Esto ya lo viví, pensé para mis adentros, pero nuevamente no le di importancia.

Cuando el subte se detuvo en la tercera estación y no arrancó. Algo dentro de mi mente me dijo que en unos instantes por los altavoces dirían que había un accidente fatal en la estación siguiente. Justo en la que me tenía que bajar. Bueno, tendría que caminar las seis cuadras que me faltaban más las cuatro que me separaban de mi oficina.

También sabía de antemano que al salir a la superficie pasaría junto a mí, cerca de la vereda, una Rambler Ambassador Cross Country como salida de una vieja publicidad. ¿Cómo sabía todo eso? ¿Lo habré soñado? No podía dilucidarlo y eso me estaba carcomiendo mi mente.

Seguí caminando disfrutando de la hermosa y templada mañana en un invierno que lentamente nos dejaba por este año. La primavera estaba a un tiro de piedra como dicen en el campo. Campo que estaría brotando por todas partes. Arrancando con el tiempo cálido y los días más largos. Arrancar esa era mi preocupación principal. Que arrancara El Bote era en ese momento de mi vida el tema crucial.

Lo demás me parecía sin mucha importancia. Estaba enamorado de ese Kaiser Carabela del año 1958. O mejor dicho apasionado. Pero más estaba mi amigo Beto que le metía mano y no lograba que el sonido de sus seis cilindros inundara su taller.

Al llegar a mi oficina, con el retraso por el accidente en el subte, me topé con mi jefe. Antes que me hablara sabía que me iba a pedir que lo acompañara a un almuerzo de trabajo. “De eso no va a salir nada en limpio”, le dije. Mi jefe me miró con sorpresa. La misma que tenía por dentro al pronunciar esas palabras sin pensarlas.

Algo dentro de mí me decía que ese almuerzo de trabajo no sería productivo en ningún aspecto. A esa altura de la mañana y solo dentro de mi oficina me puse a pensar qué estaba pasando. Eran muchas cosas que ya parecía que las había vivido de alguna forma y el almuerzo de trabajo fue la luz roja del tablero.

Había que parar y ver qué cuernos estaba pasando. Estaba en eso cuando los nudillos de Elvira, mi compañera de trabajo de la oficina lindera, golpearon la puerta. Sabía que me iba preguntar por el almuerzo de trabajo antes que abriera la boca. “No tengo idea que saldrá de esa reunión”, le dije casi en forma automática.

Ya era preocupante y no mejoró hasta la hora del almuerzo. Todo absolutamente todo me parecía que lo había vivido antes. En la comida de trabajo fue peor porque hasta me conocía los diálogos. Ajenos y propios. Necesitaba estar solo nuevamente en mi oficina para entender qué estaba pasando conmigo, o con el día.

Nada pude entender. Llegó la tardecita y enfilé para el taller de Beto. Al entrar le dije a mi amigo: “no me digas nada. No arrancó”. Este asintió con la cabeza como derrotado por El Bote. Literalmente había naufragado con ese auto sin encontrar una tabla de salvación. Y eso que le había hecho todo lo que tenía a su alcance.

“¿No será el carburador?”, le dije para sacarlo del pozo en que estaba. “Puede ser. Pero lo desarmé todo y está bien. No le falta nada”, me respondió completamente abatido. Le dije que no se preocupara, que trataría de  conseguir un carburador nuevo. Me respondió que costaría caro. Por dentro pensé que habría que afrontar el gasto.

Me fui a cenar al Bar La Amistad, que queda en el barrio del taller de Beto, ya que no tenía ganas de cocinarme. Ahí vi por la tele que había salido a la cabeza de la quiniela nacional el número 1958. Justamente el año de El Bote. ¡Qué coincidencia! Pero eso no lo recordaba. Lo que sí recordaba era el robo de la mañana en la radio. Por enésima vez en el día lo estaban difundiendo en el noticiero de la noche por la tele del bar.

Cuando regresé a la paz de mi hogar me puse a buscar en Internet el valor del dichoso carburador. Antes de encontrarlo sabía el precio. ¿Cómo podía ser? Todo el día me estuve preguntado porqué tengo la sensación de haber vivido todo lo que me sucede.

Con ese pensamiento me dormí hasta el otro día. Al despertarme sabía de antemano que la noticia repetitiva a lo largo del día sería el robo en el banco. El choque en la calle. Sabía que el subte me dejaría a una estación antes de mi descenso. La Cross Country pasaría a mi lado.  El almuerzo sería de trabajo y que una vez más El Bote no arrancaría. Todo absolutamente, todo, lo conocía de antemano. Como la cabeza de Elvira asomándose y preguntándome sobre el almuerzo que iría.

Lo que no sabía era que pasaba, pero recordaba que ya lo había vivido. En la noche cuando buscaba por Internet, una vez más el precio del carburador me acordé de algo que había visto. Unos 20 años antes una película me resultó curiosa: “Hechizo del tiempo”. Ese estancamiento en el tiempo parecía estar pasándome a mí y solo yo me estaba dando cuenta de lo que sucedía.

Ni siquiera podía contar con mi amigo de toda la vida, Beto, que no recordaba nada del día anterior. Que por supuesto era igual a este y a los que vendrían por el resto de nuestras vidas. Y lo peor de todo: El Bote que no arrancaba. Eso creo que me preocupaba más que nada en el mundo. Locura fierrera diagnosticaría mi doctora de cabecera.

Pero si pedía un turno y hablaba de este rulo en el tiempo terminaría ingresado en un hospital psiquiátrico. Y sin poder cambiar el tiempo, no solo para mí sino para el resto del mundo que me rodeaba. Que parecía estar en el más completo desconocimiento de esta rara situación.

Al cuarto día de repetir, y recordar, los mismos acontecimientos decidí modificar algo para que todo cambie. No se bien porque me desperté con una frase del Einstein en la cabeza: “es inútil pretender cambiar algo si siempre hacemos lo mismo”. O algo parecido. Pero había comprendido el mensaje de mi mente o vaya a saber de quién.

Tomé cartas en el asunto y no encendí la radio para escuchar el robo en el banco. Tampoco me tomé el subte. Saqué mi bicicleta verde que suelo usar los fines de semana. Iría al trabajo pedaleando y hasta llegaría antes de hora. Tanto que llegué temprano y esperé a mi jefe con la noticia del almuerzo de trabajo.

En la comida le hice una pregunta a mi interlocutor que lo puso en alerta y mi jefe se dio cuenta que nada bueno saldría en ese mediodía. ¡Vamos que lo tenemos pensé por adentro! No por el acuerdo comercial de mi jefe sino para cambiar algo en el rulo temporal.

El resto del día siguió como lo esperado y a la tardecita en el taller de Beto le dije que le compraría el carburador nuevo. Ya había visto uno en un sitio on line de ventas y tenía el valor, algo caro, pero tenía un as en la manga. O algo parecido. Lo invité a mi amigo a cenar en el bar del barrio. En la tele apareció nuevamente el año de El Bote a la cabeza.

“¡Mirá!”, gritó Beto al ver en la pantalla el número 1958. Yo me hice el sorprendido con una risa socarrona. Tenía la solución para mi carburador. En realidad el carburador para El Bote. Ya tenía decidido que haría en el mediodía del otro día, el quinto del rulo temporal.

En la mañana siguiente en la radio dieron la noticia del robo al banco. Para mis adentros pensé que todo estaba en orden. Al almuerzo de trabajo no fui le dije a mi jefe que tenía que ir al médico. Mentira me fui a la agencia de quiniela a jugar a la cabeza, en el sorteo nocturno de la nacional, el 1958. Sabía de antemano que ganaría. Solo jugué un peso. Si haría una trampa temporal no quería abusar.

Con 3.500 pesos tenía suficiente para comprar ese carburador nuevo que había visto en Internet para El Bote. Salí de la agencia con mi boleta y la puse a buen resguardo. Quería encontrarla en la mañana siguiente dentro de la mesita de luz. Si eso pasaba el rulo temporal habría desaparecido y tendría el dinero para comprar el carburador.

En la tardecita todo se repitió y en la noche en el Bar La Amistad el 1958 salió a la cabeza y me gané los 3.500 pesos. Mañana los cobraría y El Bote tendría un carburador nuevo. Eso siempre y cuando la boleta de la quiniela estuviera dentro del cajón de mi mesita de luz.

Un nuevo día llegó y todo fue más claro. Lo primero que hice fue abrir el cajón de la mesita de luz y buscar la boleta de la quiniela. Ahí estaba. Con el 1958 jugado a la cabeza de la nacional. Tenía la plata para comprar el nuevo carburador de El Bote. Salté de la cama y cerré la compra en Internet.

Arreglé que al mediodía lo iría a buscar. Tendría que inventar una excusa para no ir al almuerzo de trabajo. Al menos eso pensaba mientras encendía la radio para conocer la temperatura y atormentarme un poco con las noticias de la mañana. Nadie habló de un robo en un banco. Algo comenzaba a cambiar. Al menos eso deseaba en lo más profundo de mí ser.

El subte llegó a horario sin inconvenientes. Ningún accidente fatal que lamentar, como dicen en las noticias. Mi jefe entró junto conmigo al ascensor del edificio y no mencionó ningún almuerzo de trabajo. Mejor tengo el tiempo para cobrar mi premio.

Así fue, cobré el premio al mediodía y me fui a buscar el carburador para El Bote. Regresé justo a la hora para recomenzar las tareas durante la tarde. A la tardecita le di la sorpresa a Beto. Largó todo lo que estaba haciendo y se dedicó a colocarle el nuevo corazón a El Bote.

Hicimos la cuenta regresiva y le di arranque. Los seis cilindros del Continental inundaron el taller de mi amigo. Él saltaba como un endemoniado alrededor del Kaiser Carabela como si se tratara de una danza aborigen. Había arrancado luego de mucho, pero mucho tiempo. Al menos a mí me pareció más de una semana.

Nunca, pero nunca, nadie se dio cuenta de mi trampa temporal con la quiniela. Al menos hasta el momento de escribir estas líneas. Espero que no me juzguen por esta trampita que hice. Al menos logré que el rulo temporal se enderezara como si se tratara de un alisamiento definitivo para el cabello…

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

Archivo de autos tiene Internet propia financiada por sus seguidores y por publicidad en este blog.

Saturday, August 6, 2016

El auto que no murió

Aquella mañana cuando estaba escribiendo en la computadora, como todas las mañanas, sonó el teléfono. Del otro lado de la línea estaba mi amigo de toda la vida, Beto. “Quiero que veas un auto que seguro te va a interesar”, me dijo. Ahí comenzó una historia que no estaba en mis planes vivir.



“No puedo tengo mucho para escribir y el tiempo me corre”, le respondí, cosa que era cierta y me pasaba todo el tiempo. Siempre estaba corriendo tras las notas diarias que se publican en mi sitio. Trabajo solo y eso es una gran carga.

“Venite esta tarde después del almuerzo y vamos a verlo”, sentenció mi amigo del otro lado del teléfono. Conozco a Beto desde la infancia, para ser exacto desde el jardín de infantes “Las Palomitas”. El primer día que me vio su pregunta fue: ¿qué auto te gusta? Como ven estamos marcados a fuego desde los 3 o 4 años. Somos incurables, apasionados por los autos. Aquellos autos de nuestra infancia.

Cuando a Beto se le cruza una idea en la cabeza no hay forma de extirpársela. Si no le decía que iba a ver el bendito auto lo tendría toda la mañana torturándome por el teléfono. En parte para sacármelo de encima y poder escribir tranquilo le dije que iría.

Luego, pensé ingenuamente, que se me ocurriría una excusa. Soy el rey de las excusas. Algún día, cuando tenga tiempo, escribiré un libro que se llamará “Mil y una excusas”. Creo que tengo más, pero con 1.001 está bien para empezar.

Corté y Beto se quedó tranquilo que pasaría a las 2 de la tarde por su casa. Iríamos juntos a ver ese auto tan especial que me contaba vía telefónica. Volví a mi escritura que estaba más que atrasada. Eran recién las 9 y media y tenía que apurarme si me decidía ir a la casa de mi amigo.

El tiempo pasó volando como si estuviera de vacaciones. El tiempo tiene unos parámetros de medición que no siempre se ajustan a nuestras necesidades. A veces pienso que las horas son de goma, por como se pueden estirar más de 60 minutos…

Almorcé algo a las apuradas porque ya el reloj marcaba la 1 y cuarto. Por suerte la casa de Beto solo queda a unos 15 minutos de caminata de mi casa. No pensaba sacar mi auto, que me lleve él si está tan interesado en que vea el dichoso auto. Comí y salí a las disparadas. Ya eran un poco más de las 2 menos cuarto.

Casi al trote llegué a la casa de Beto y toqué su timbre cuando mi reloj marcaba las 2 de la tarde. De un invierno que era invierno en mucho tiempo. Otra vez el tiempo. Siempre es un tic tac. Si no es climático, es horario. Pero siempre algo nos marca el paso. A veces pienso que estamos caminando sobre un viejo LP de vinilo negro y nunca llegamos a ninguna parte. Pero no se preocupen son ideas que se me ocurren cuando estoy algo alterado, como en esta tarde de invierno frente a la puerta de la casa de mi amigo.

“¡Llegaste puntual! ¡Como siempre!, gritó Beto con la puerta entreabierta. “Ya veo que no trajiste tu auto. Tendremos que ir en el mío”, refunfuñó mi amigo. “Es que me gusta ir en un Di Tella”, le respondí en broma. No le gusta sacarlo si no es un fin de semana. Tiene sus mañas, como todos las tenemos, pero somos hábiles escondedores.

“Esperame en la vereda que ahora lo saco del garaje”, me dijo Beto todavía algo enojado. Esperé un rato a que lo destapara, lo pusiera en marcha y templara el motor. Conocía a mi amigo desde chico, ¿se los dije, ya? Es muy bueno pero algo mañoso como caballo tuerto, como dirían en el campo.

Al rato salió con su Di Tella que está impecable como si lo hubiera traído del concesionario el día anterior. “Me parece que la pintura está un poco opaca”, le dije serio. Beto me fusiló con la mirada y me dijo: “siempre jodiendo vos”. Puso primera y nos encaminamos a conocer el bendito auto que me había dicho por la mañana.

Como siempre fuimos charlando de las pavadas que hablan dos tipos que se conocen desde el jardín de infantes. La primera: de autos. Creo que los autos nos unieron desde que nos conocimos en la tierna infancia. Con la pregunta que me hizo Beto, apenas, nos conocimos.

Después hablamos de todo lo demás incluidas las mujeres propias y ajenas. En esos menesteres estábamos cuando frena mi amigo y me dice: “llegamos”. La casa no me decía nada. Un barrio más en la ciudad y una cuadra que no tenía la menor particularidad para llamar la atención de nadie.

Estacionó el Di Tella justo enfrente de la puerta de la casa a la que nos dirigíamos. Eso porque en parte era un barrio alejado del centro, sino estacionar es una tarea titánica. Cerró su Di Tella y se encaminó a tocar el timbre. Yo detrás como perrito faldero. Ahora me tocaba ser el segundón en esto.

“Hola buenas tardes. ¿Está Don Cosme?”, le dijo a la señora mayor que se asomó por el vidrio de la puerta. “Sí, ya se lo llamo”, respondió la señora. Y se vino el grito, “¡Cosmeeee, te buscan!”. En pocos instantes se oyeron los pasos de un anciano acercándose a la puerta. “¡Pero si es Beto!”, gritó Don Cosme. Ya me daba cuenta que mi amigo tenía cierta fama con este anciano.

“Pasen, pasen”, dijo el hombre y nos introdujo en su hogar. Beto me presentó como mi amigo e interesado en su auto. Lo miré a mi amigo con un interrogante en la cara. ¿Yo interesado en el auto de Don Cosme? Ni siquiera sabía que marca de auto tenía este hombre, ni en qué estado lo podría encontrar.

Pero la vida nos da sorpresa como dice la canción de Rubén Blades. Y vaya sorpresa que me llevé esa tarde de invierno en un viejo barrio de la ciudad. En ese momento quería terminar con este asunto de la visita a la casa de este hombre. Y retornar detrás del teclado de mi computadora para concluir con mi trabajo en la nota que había dejado a medio camino.

La nota quedaría sin terminar, al menos ese día. No lo sabía en ese momento y menos me lo imaginaba. Y eso que imaginación me sobra. ¿Les dije que suelo escribir relatos de ficción para el sitio que administro? Pero una vez más la realidad me pasó por arriba. Como digo algunas veces, cualquier parecido con la ficción es pura realidad…

Don Cosme nos llevó hasta el garaje de su casa, que estaba pegado al comedor. Ahí totalmente tapado estaba la silueta de un Siam Di Tella. Para un conocedor de autos clásicos no era nada difícil deducir el auto debajo de esa tela que lo cubría.

En parte pensé que no debía estar en tan mal estado si lo tenía cubierto dentro del garaje. “Es para que no se llene de tierra”, dijo el anciano a modo de escusa. “Si sabía que venían a verlo lo destapaba temprano y lo limpiaba. Algo de tierra siempre le queda por el color”, dijo Don Cosme.

Cuando el anciano descorrió el velo que cubría el auto lo primero que vi ya me indicó que estaba delante de una verdadera maravilla. Ese trozo de pintura me dio la pauta en qué estado se encontraba ese Di Tella en ese garaje de un barrio de la ciudad.

Al terminar de descorrer esa tela no podía salir del asombro. Detrás la voz de Beto diciéndome “¿¡Y qué te dije!?”. Nada podía responderle porque todavía no me recuperaba del asombro. Estaba delante de un auto que ni siguiera parecía que lo hubieran sacado de la concesionaria.

Pero faltaban más detalles para completar el cuadro en ese garaje. Al abrir la puerta de lado del conductor un olor a tapizado nuevo inundó mis narinas y mis ojos se embelesaron con las texturas. Era como viajar 50 años atrás. Como si Don Cosme fuera un vendedor de una agencia de la marca Di Tella y estuviéramos viendo con Beto un auto que nos interesara comprar.

Esa fugaz escena en mi cabeza ha estado dándome vueltas por mucho tiempo y por eso me animé a contarles esta historia. Porque ese auto se merece una historia por cómo ese hombre, ya anciano, dedicó parte de su vida a cuidarlo para que llegara hasta el siglo XXI en ese estado. Es una joya sobre ruedas.

Luego de reponerme de la emoción de encontrarme con semejante pedazo de la historia de los autos que supimos conocer en el pasado. Le pregunté a Don Cosme si lo quería vender. A lo que el anciano me respondió que sí, pero que lo haría solo a alguien que demostrara que lo iba a cuidar como lo cuidó él desde que lo compró en el siglo pasado.

Lo miré a Beto y él que ya tenía su Di Tella conocía a personas que podían estar interesadas en adquirirlo. Por mi parte me imaginaba que Don Cosme pediría una fortuna por ese auto. Pero no fue así el precio que puso era acorde y racional. Lo que ese hombre buscaba era alguien que cuidara “su auto” más que un comprador.

Quedamos en contestarle en la semana y nos fuimos con mi amigo. No paramos de hablar del auto. No había manera de hacerlo. Era inevitable. Lo analizamos. Ambos no teníamos por nuestra cuenta el dinero para comprarlo, pero si juntábamos los ahorros de ambos llegábamos al precio.

Nos tomamos dos días para pensarlo. Y le contestamos a Don Cosme. El hombre quedó muy contento que su Di Tella, ahora, tuviera dos personas que lo cuidarían. Nuevamente los autos nos habían unidos, si es que alguna vez estuvimos separados.

“Me gusta el Di Tella”, le dije a Beto. “¿Qué me decís?”, me respondió con un interrogante en su cara, cuando ya lo habíamos acomodado en mi casa que tiene lugar de sobra. “Lo que me preguntaste cuando nos conocimos en Las Palomitas: me gusta el Di Tella”. Beto comenzó a reírse y me dio un abrazo que casi me quiebra.

Lo que puede hacer un auto clásico en una amistad, eso es pasión por los fierros viejos. Solo eso y nada más que eso. El resto es historia que hacemos los amigos fierreros y los ancianos que cuidan autos por más de 30 años…

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

Archivo de autos tiene Internet propia financiada por sus seguidores y por publicidad en este blog.

Popular Posts